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Crítica:

Mutaciones de la mirada humana

En el párrafo final de su ensayo Los hijos del limo, Octavio Paz escribe que "entre el pasado abigarrado y el futuro deshabitado, la poesía es el presente". La germinación del arte abstracto (un siglo redondo nos contempla, tomando la referencia canónica inaugural: el libro De lo espiritual en el arte, de Kandinsky, escrito en 1910, y su Primera acuarela abstracta, que algunos datan en ese mismo año) tuvo mucho que ver con esa voluntad de instaurar una mirada nueva, atemporal y autónoma, sobre el arte y el mundo. Aparecía una contemplación que se quería poéticamente pura, en la que la tradición dejaba de pesar como un lastre y el porvenir, con sus temidos presagios, quedaba suspendido, encerrado en una suma de presentes sin término.

Los sitios de la abstracción latinoamericana

Colección Ella Fontanals-Cisneros

Museo Es Baluard

Plaza Puerta de Santa Catalina, s/n

Palma de Mallorca

Hasta el 20 de junio

Transitar sin prisas por la muestra titulada Los sitios de la abstracción latinoamericana, procedente de la imponente colección atesorada por la cubano-venezolana Ella Fontanals-Cisneros, equivale a recorrer todas las preguntas que el arte abstracto le ha venido haciendo a la cultura y a la sociedad a lo largo de este primer siglo de existencia oficial. Con una interesante particularidad añadida, que no es otra que hacerlo desde un ángulo excéntrico para lo que ha sido el canon occidental: desde Latinoamérica.

La exposición requiere un visitante cómplice, activo, a ser posible informado. No es imprescindible que así sea, porque hay piezas que atraviesan vistosamente las puertas de la percepción, desde Tteia (1976-2004), la sutilísima escultura/partitura como hilos de seda de Lygia Pape, hasta los agradecidos coloritmos cinéticos de Alejandro Otero, inteligentemente ubicados como apertura del recorrido de la muestra, pasando por las lúdicas Formes Virtuelles par Déplacement du Spectateur (1966) de Julio Le Parc, esculturas que el propio visitante activa presionando unos botones.

Ahora bien, toda la riqueza desplegada se amplifica si se realiza, siquiera sea como acercamiento, una inmersión paciente en la ambiciosa propuesta teórica elaborada por el comisario Juan Ledezma. Su argumento está contenido en el mismo montaje y parte de los pictogramas de Torres García (Grafismo inciso con dos figuras, 1930), reminiscentes aún de las fuentes iconográficas del arte indígena, hasta desembocar en la fotografía urbana como núcleo de reunión del arte abstracto con el realismo brusco de la ciudad contemporánea.

Por el camino (compuesto por 132 obras de 66 artistas, la mayor parte vinculados a la abstracción geométrica), nos esperan piezas envolventes. Como Physichromie nº 91 (1963), de Carlos Cruz-Díez, una de sus mejores pinturas cinéticas, en la que el espectador crea la obra con su movimiento, o como Concetto Spaziale (1960), de Lucio Fontana, tela, cómo no, tan equilibradamente rasgada. Por tramos, el montaje se articula en torno a emparejamientos pintura/fotografía estratégicamente situados, como hitos de la exposición, a modo de ritornello musical, que van fijando su tesis, la de la nueva mirada sobre la realidad que la abstracción abrió y consolidó en la subjetividad humana.

Un círculo parece cerrarse: la fotografía, que hace un siglo dinamitó los últimos vestigios de naturalismo en el arte y dio paso a la abstracción, acaba hermanándose con unas artes plásticas transformadas. Se diluyen las fronteras visuales entre una escultura abstracta en alambre de Gego como Reticulárea (1969-1970) y una fotografía constructivista de Leo Matiz como Estructura de petróleo (1950). La mirada humana se ha metamorfoseado. Esta muestra levanta acta de cómo ha tenido lugar tan inmensa mutación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 22 de mayo de 2010