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Tribuna:Laboratorio de ideas

La eurozona, amenazada

Fue en Estados Unidos donde se localizó el epicentro de la crisis financiera que ha precipitado la más severa recesión de la economía mundial desde la Gran Depresión, pero es bastante probable que sea en Europa donde los destrozos ocasionados por una y otra serán mayores. No sólo los más fáciles de cuantificar, sino los que también están menoscabando acuerdos e instituciones esenciales en la dinámica de integración.

El contagio llegó pronto. En realidad fue la infección a un banco europeo la que desató la alarma. También fue el guardián de la estabilidad de la eurozona, el Banco Central Europeo (BCE), el primero que adoptó medidas excepcionales en el verano de 2007. El momento de esa inusual inyección de liquidez a la que siguen los demás bancos centrales define el inicio de la crisis, aun cuando para algunos analistas haya que esperar a la quiebra de Lehman Brothers para delimitar la transición a esa condición bien ganada de la más compleja y severa crisis financiera desde 1929.

Se ha cuestionado más que nunca en once años la identidad y capacidad de supervivencia del euro

Aun cuando sea pronto para concretar cuantitativamente el impacto diferencial de la crisis, un hecho es cierto: los indicadores más directamente expresivos del bienestar de la población evolucionarán probablemente peor en Europa que en EE UU en los dos próximos años. La contracción en el ritmo de crecimiento de la producción agregada de la región ha sido la más intensa de la historia comunitaria. El desempleo agregado también está alcanzando el nivel más elevado de la OCDE. La renta per cápita retrocederá en algunos países a los niveles de hace cinco años. Economías como la británica, la irlandesa o la española, con grados de apertura y de diversificación de exportaciones bien distintos, están sufriendo quizá por compartir con EE UU la particular exposición a activos inmobiliarios financiados con deuda. Las de Grecia y Portugal, sin apenas elementos comunes relevantes con las anteriores, no disponen precisamente de una mayor capacidad defensiva.

Con todo, el impacto de mayor trascendencia sufrido hasta ahora por la región es sobre la Unión Monetaria Europea (UME), considerada con razón como la más firme evidencia de la fortaleza e irreversibilidad de la dinámica de perfeccionamiento de la integración europea. Esta crisis, en efecto, está siendo la prueba más seria para la UME desde su nacimiento en 1999: nos ha recordado algunos de los pecados originales de ese proyecto de ingeniería política sin precedentes.

Echó a andar la UME consciente de la singularidad de su génesis y del desafío que significaba a la teoría económica. Sin necesidad de revisar las prescripciones del enfoque dominante en la literatura, el de las áreas monetarias óptimas, la asimetría que se ha revelado más importante en esta crisis es la definida por la ausencia de una política presupuestaria común que acompañara a la más singular cesión de soberanía monetaria de la historia.

Sin una política fiscal única o la suficiente capacidad de coordinación en ese ámbito, las defensas ante perturbaciones financieras son reducidas. En el origen de la UME se confiaba en que fuera su rodaje el que acabara propiciando esa mayor coordinación de las políticas fiscales, si no se concluía en la existencia de un presupuesto altamente unificado. Se confiaba en aquella emblemática premonición de Jacques Rueff en 1950, "Europa se hará por la moneda o no se hará". Han pasado más de diez años y la unificación monetaria, aun siendo inequívocamente favorable, no ha contribuido tanto como se confiaba a avanzar en la unificación política, para muchos requerida ante el distanciamiento de área óptima. Tampoco se ha avanzado demasiado en convergencia real entras economías integrantes, en crecimiento de la productividad, exponente último de esos cambios en el patrón de crecimiento que ahora se reclaman a las economías consideradas periféricas.

Los avatares por los que ha discurrido la instrumentación del apoyo financiero a Grecia han revelado inconsistencias en la estructura y en el funcionamiento de la propia UME y, por supuesto, las muy desiguales preferencias entre sus principales miembros. Particularmente inquietante ha resultado la deriva introspeccionista de las autoridades alemanas, debilitando una de las dos dimensiones en que se suponía se iba a fundamentar la gestión de la crisis en la eurozona: la solidaridad, aun a costa del otro término del binomio, la estabilidad del conjunto del acuerdo y de la propia moneda única.

Efectivamente, se ha cuestionado más que nunca en los últimos once años la identidad y capacidad de supervivencia de la moneda única. Por primera vez algunos analistas han asignado probabilidades a un escenario de disolución, o al menos dramático de fragmentación, de exclusión de algunos de sus socios o de creación de una geometría variable cuyo criterio de segmentación fuera el endeudamiento agregado de las economías: la capacidad para soportar un más estricto escrutinio de los mercados, para los que la evolución del apalancamiento privado es un indicador tan significativo como el del público.

El compromiso finalmente alcanzado de apoyo a Grecia ha contribuido de forma clara a tranquilizar a los mercados de bonos y de divisas, pero en modo alguno es percibida como una solución definitiva. Por el momento, como señalaba el presidente del BCE, se ha evitado lo que podría haber sido "el Lehman europeo", un precipitador de consecuencias probablemente no menos dañinas que las originadas por el banco de inversión americano, desde luego en lo que a la estabilidad y cohesión de la eurozona y del conjunto de la UE se refiere. Grecia quizá no es demasiado grande para dejarla caer, pero sí está demasiado interconectada, no sólo porque su deuda privada y pública con instituciones europeas sea muy importante, sino porque es un eslabón de la moneda única. El desplome de un país de la eurozona sería, en todo caso, demasiado emblemático, exhibiría la vulnerabilidad de la principal consecución de la dinámica de integración europea.

Ahora, quizá de forma más explícita que antes, la eurozona ha de reducir esa asimetría entre unión monetaria y unión política: la vuelta atrás, hacia la fragmentación o diferenciación de velocidades o geometrías entre países, es una salida que echaría por la borda décadas de cooperación. La otra es fortalecer la capacidad política e institucional del área monetaria. Aquella propuesta del ministro de Finanzas alemán de disponer de un fondo específico para compensar situaciones como las que ahora sufre Grecia no debería echarse en saco roto. Hoy más que nunca es necesario mostrar que los principios de cooperación siguen activos en la UE. No sólo por la singularidad de las amenazas que siguen vigentes sobre la eurozona, sino por la complejidad para gobernar la dinámica de integración con 27 países no precisamente homogéneos. Tampoco pueden hoy pasar por excéntricos los que advierten de que de la capacidad para solucionar la crisis abierta en el área monetaria común va a depender la cohesión del conjunto de Europa como hoy la conocemos.

La inestabilidad financiera no ha concluido con esta crisis. Las advertencias que hiciera Hyman Minsky relativas a la inestabilidad intrínseca al sistema económico, están hoy más vigentes que cuando las formuló. La evidencia aconseja hacer frente a esos episodios de inestabilidad de forma cooperativa, suficientemente coordinada: avanzando de forma suficientemente visible hacia un gobierno económico europeo. Ahora mucho más, si no queremos amparar una dinámica involucionista, no sólo con relación a la integración europea, sino a la integración financiera que gobierna el mundo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de abril de 2010