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COLUMNA

El oso y el dragón

Tú sabes lo que pasó ayer en el Bernabéu, pero yo no tengo ni idea porque cuando esto escribo faltan unas horas para que empiece el partido. Sin embargo, tengo osadía y temeridad suficientes para explicarte a grandes rasgos algunos detalles del encuentro e incluso el marcador final. Si no acierto, quedas invitado a un vino tinto con sifón, y viceversa.

Últimamente tengo visiones. Ayer se me aparecieron en la pantalla San Jordi y San Isidro, ambos en plan fraternal, aunque lanzándose pullas celestiales de vez en cuando. Total, que me contaron de cabo a rabo todo lo que íbamos a ver en el campo horas después. El Bernabéu está a tope de entusiastas en pie de guerra con cánticos asilvestrados. Cuando saltan al campo los jugadores, éxtasis colectivo. Algunos de ellos hacen la señal de la cruz, otros acarician el césped, otros miran al cielo implorando suerte y penaltis; cada uno tiene sus trucos. Cuando el árbitro pita el inicio, en las gradas hay una tormenta de clamores y expectación. Y nos llegó un magnífico gol tempranero. Higuaín pasa la pelota a Van der Vaar que endosa un centro certero a Cristiano Ronaldo, que dribla a Busquets y lanza un trallazo contra el que nada pueden hacer Puyol, Piqué y el gran Valdés.

Messi hace una de las suyas y pone el esférico en la bota de Pedro, que bate al gran Casillas. El estadio es un mar de ansiedad. El ambiente se estremece ante una jugada descomunal. Sergio Ramos cruza el juego al otro extremo; recoge Marcelo, centra un balón a los aledaños de la portería. Sergio Ramos levanta la cabeza y deja plantado a Valdés.

Arde el Bernabéu en la segunda parte. En el minuto 23, Xabi centra a Gago; éste ubica el cuero a los pies de Cristiano, cuyo cañonazo deja atónito al Bernabéu y descolocado a Valdés. San Jordi le dice a San Isidro: "¡Destripaterrones!". El de Madrid contestó: "¡Matadragones!".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de abril de 2010