Columna
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Soy católico

Voy a hablar de mí. Vivo sobre una plaza en la que hay una ermita, en una de las calles principales de un pueblo costero en la frontera entre Málaga y Granada, y a las ocho y media de todos los sábados oigo la campana de la ermita, que llama a misa en honor de la Virgen de las Angustias, tres veces, hasta las nueve. No digo que me despierte la campana, porque a las ocho y media no suelo estar durmiendo. Despertará a otros, supongo, gracias a Dios. ¿Qué pintan durmiendo a esa hora, aunque por trabajo o libertinaje se hayan acostado a las seis?

En la plaza de la ermita estaba prohibido aparcar. Incluso había topes para impedir que los coches se subieran a la plaza, donde jugaban los niños, y hay tres árboles y un sitio para sentarse. Pero las monjas que cuidan la ermita tienen ahora una furgoneta grande, blanca como su hábito, y un permiso especial del Ayuntamiento para aparcar la furgoneta al lado de su ermita. El Ayuntamiento podría haberles reservado uno de los espacios para aparcar que hay en la calle, pero es evidente que esa decisión hubiera provocado disputas civiles. ¿Por qué a las monjas de la ermita se les guarda un aparcamiento y no se hace lo mismo con las señoras y señores de los bares y tiendas de la zona? Sí, estas cosas son más bien ridículas, pero sintomáticas de la existencia perseverante de pequeños privilegios (o grandes, yo sólo hablo de lo que conozco: lo mínimo) para determinados individuos e instituciones, que tienen la costumbre de vivir por encima de la ley común.

La concesión del permiso de aparcamiento a las monjas ha tenido efectos colaterales. La plaza se ha convertido en un aparcamiento, ilegal pero tolerado. Así que gracias al gesto caritativo del municipio, las monjas (que también se dedican a la caridad) no tienen que molestarse en buscar aparcamiento, y algunos vecinos las acompañan y meten también sus coches en la plaza, y el pavimento está sucio, agrietado, hundido, roto, quizá porque nadie pensó que fuera a servir para un aparcamiento público. Este destrozo prueba que las buenas obras son recompensadas: pronto habrá que levantar toda la plaza y volverla a hacer, y se moverá el dinero público, y habrá algo de trabajo, y todos seremos más felices.

Medito sobre estas cosas mundanas asomado al balcón. Hay ahora mismo seis coches en la plaza, y ningún niño jugando. Medito sobre el peso del catolicismo en mi vida. Yo fui un niño católico, redimido por el dolor, no por la alegría, como cantaba la Jim Carroll Band en su Catholic Boy, gran disco. (Leonardo di Caprio interpretó en una película el papel de Jim Carroll, promesa del baloncesto, músico y escritor que murió este verano). El viernes por la noche empezó otra vez la Gran Procesión. Cuando yo era niño, la Gran Procesión empezaba el Domingo de Ramos. Pero cada año, conforme disminuye el número de adeptos a la moralidad católica, la procesión es más larga y más rica. No me quejaré de la trompetería y el tamboreo que están a punto de estallar. No me quejaré de los campanazos sabatinos de las ocho y media de la mañana.

A dos calles de la plaza donde está la ermita hubo en un primer piso un oratorio, o una iglesia, o un local, no sé como llamarlo, de una de las religiones protestantes que siguen provocando tanta irritación en algunos de mis vecinos. Cada mañana de cada domingo salían de aquella capilla los cantos de los fieles. Aquello era insoportable, me dijo uno de los habitantes del barrio, y además cantaban sus himnos en inglés. (Pero era yo amigo de una inglesa que también vivía por allí, y que tampoco aguantaba a los devotos musicales, aunque usaran su lengua). Los protestantes ya no están. Si a mí se me ocurre quejarme de la campana o la trompeta, se me dice que es lo nuestro, nuestras tradiciones, nuestra identidad, y que se vaya quien no lo disfrute y encima proteste. Es una pena no tener identidad, y hablo de mí.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 28 de marzo de 2010.

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