Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:DIOSES Y MONSTRUOS

Leyendas de la transgresión

Que cada uno elija su pirata, su filibustero, su corsario favorito: "¡Guardémonos de condenar a estos vagabundos idealistas extraviados por caminos tortuosos! Merecen nuestro reconocimiento", escribe Laurent Maréchaux en su libro Fuera de la ley

Una persona que conoce demasiado bien mis filias y mitomanías, las leyendas con causa o sin ella que me fascinan ancestralmente, los personajes que por vocación o por las circunstancias, por los tempranos accidentes de su vida o por decisión desesperada, eligieron la acción y los consecuentes peligros de moverse en el límite, me regala un libro que desconocía, primorosamente editado, poblado por litografías, mapas, pinturas, ilustraciones, fotografías de época, documentos, viejas portadas de libros y pasquines que desprenden sabor y olor. Un libro cuya fuerza visual es tan atrayente como las historias que cuenta. Se titula Fuera de la ley, lo firma Laurent Maréchaux, y viene encabezado por esta cita de Prosper Mérimée: "Soy de aquellos que disfrutan con los bandidos. No es que me guste encontrármelos en mi camino, pero muy a mi pesar, la energía de estos hombres que luchan contra toda la sociedad me suscita una admiración que me avergüenza".

Borges también se ocupó de esa magnética fauna en Historia universal de la infamia. Lo hizo con imaginación y prosa memorables, con sarcasmo e inquietud, con definiciones que puedes saborear una y otra vez. Maréchaux no posee ese deslumbrante estilo. Tiende a la hagiografía y a la idealización de gente en cuyas legendarias señas de identidad figura inevitablemente el reverso tenebroso y el derramamiento de sangre. Da igual. ¿Quién se puede resistir a una temática cuyo contenido está dedicado a 'Los Robin de los Bosques y el cobijo entre los arboles', 'La vela negra y la evasión de alta mar', 'Los ases del gatillo y la nostalgia de los espacios abiertos', 'Los diablos del desierto, entre la península Arábiga y el Cuerno de África', 'Los insumisos, los anarquistas y los revolucionarios' y 'Golfos de ciudad y bandas del extrarradio'? Es negociable compartir el incondicional entusiasmo de Maréchaux hacia la tribu de los supuestos rebeldes, pero su fe y los panfletarios argumentos con los que construye su loa rebosan datos, entusiasmo y sinceridad. Los defiende así: "¡Guardémonos de condenar a estos vagabundos idealistas extraviados por caminos tortuosos! Merecen nuestro reconocimiento. Sin ellos, los mapas del mundo tendrían menos color, los derechos y los impuestos serían inhumanos, la democracia iniciada en Libertalia o en la isla de la Tortuga carecería de imaginación y la búsqueda permanente de un mundo mejor se habría convertido en una locura anticuada. Mientras la llama de la revolución vacila y la desesperación nos acecha, es muy importante que conservemos su leyenda y honremos su recuerdo. Emprendamos el galope para, sable en ristre, seguir sus pasos".

Además, los protagonistas de cada uno de estos apasionantes gremios son muy eclécticos. La agrupación que hace Maréchaux responde más a la heterodoxia que al capricho. Entre los que buscaron cobijo entre los arboles, entre los eternamente proscritos, puede juntar al arquero de Sherwood con un poeta tan excelso como François Villon, impenitente ladrón, asesino ocasional, eterno desterrado, siempre al borde del cadalso, borracho y putero, capaz de escribir entre palo y palo un poema tan hermoso como La balada de los ahorcados. Entre los forajidos de los bosques, aunque éste no practicara la violencia sino la desobediencia civil, también les acompaña Henry Thoreau, aquel anarquista pacífico y convencido de que "la ley nunca liberará a los hombres, son los hombres los que deben liberar a la ley".

Que cada uno elija su pirata, su filibustero, su corsario favorito. El que más miedo me da es un individuo de apariencia aterradora, de corazón y barba negra, llamado Edward Teach. Es muy elocuente sobre los principios de tan arriesgada profesión la existencialista declaración de uno de ellos. "Hoy vivos, mañana muertos, qué nos importa acumular riquezas o ahorrar. Sólo contamos con el día que vivimos y nunca con el que nos queda por vivir". El que peor me cae es Francis Drake. No concibo a un pirata al servicio de una reina. Cuentan que fue el primer marinero que volvió con vida de una vuelta al mundo, que nadie conocía los secretos del mar como el mayor ladrón del universo. Pero insisto. Un corsario legitimado y bendecido por el poder supremo es forzosamente un traidor a su clase, un funcionario distinguido.

El que más me fascina entre los ases del gatillo (la definición es simplista y barata) se llama Doc Holliday. Tuberculoso y perdedor, culto y brutal, alguien que en el momento de su muerte exige que graben en su tumba: "En toda mi vida, jamás me han matado", alguien que tiene muy clara su condición al afirmar: "Lo que cuenta en toda esta historia es el hecho de doblegarse o no". También me conmueve la soledad de Calamity Jane. Y me resulta mucho más simpático Butch Cassidy que sus perseguidores de la Pinkerton, esa implacable guardia pretoriana de los banqueros, las minas de carbón y el ferrocarril.

Pero los más turbios y complejos son aquellos ilustrados occidentales que se convirtieron en los diablos del desierto. Me refiero a un traficante de armas y de esclavos llamado Rimbaud, el niño terrible que abandona precozmente el barco borracho y la temporada en el infierno que parió su prodigiosa imaginación para vivir en primera persona infiernos reales. O Richard Burton, explorador de las fuentes del Nilo, infiel que se las ingenia para entrar en La Meca, transgresor de todas las prohibiciones. O el militar inglés, conocido como Lawrence de Arabia, que logró algo tan insólito como que los habitantes del desierto le consideraran suyo, el guerrero que tomó Damasco, el autor de ese libro tan incalificable como brillante titulado Los siete pilares de la sabiduría. Un visionario muy lúcido al declarar: "Los que sueñan despiertos son gente peligrosa, ya que pueden vivir su sueño con los ojos abiertos para hacerlo realidad. Es lo que yo hago".

Y, cómo no, también se rinde homenaje a Bakunin, al anarquista que nunca podría ganar, al convencido de que "la revolución tiene siempre tres cuartos de fantasía y un cuarto de realidad. No creo en las constituciones ni en las leyes. Nos hace falta otra cosa: pasiones y vida". Y te despides de Fuera de la ley con pena. También con la inequívoca sensación de que vas a volver con frecuencia a sus páginas. Es un libro raro, muy bonito, con alma.

Fuera de la ley. Piratas anarquistas, insumisos, ases del gatillo y otros rebeldes. Laurent Maréchaux. Traducción de Josep Maria Florit ya Clara Melús. Cristina Rodríguez Fischer, coord. Blume. Barcelona, 2009. 240 páginas. 39,90 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de febrero de 2010