Columna
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Sin Salinger

Recuerdo que hace ya muchos años, cuando estudiaba Periodismo, surgió una duda profesional. Si mañana muriera el hombre invisible, ¿qué foto de portada elegirías para ilustrar la información? Hace pocos días murió el escritor J. D. Salinger y nadie tuvo el acierto de colocar un espacio de foto en blanco. Qué hermoso homenaje habría sido.

Este escritor, celebridad mundial a raíz de la publicación de su novela El guardián entre el centeno, decidió retirarse del ojo público y no someterse a ninguna forma de presencia mediática. El resultado es que tuvo más presencia mediática que la mayoría de los que rabian por sus cinco minutos de fama.

Salinger se convirtió en un símbolo del siglo XX precisamente por negar lo que el siglo XX impuso como normal: la presencia pública. Sus personajes, desde Holden Caulfield a los hermanos Glass, que fueron celebridades cuando críos gracias a un concurso de radio, son adolescentes decepcionados por lo real, inadaptados que justifican muchos rencores equivocados, y que se confunden con el desafío antisistema de su autor. Pero pocos recuerdan que uno de sus hermosos libros de cuentos lo dedicó Salinger al lector amateur, al que lee sin más, quizá en prevención de tantos lectores prejuiciados que fabricaría el siglo de la sobreinfor-mación.

Salinger salía en los medios con constancia por el hecho de no querer salir. Tan pronto era una amante que desvelaba detalles, un rumor de fallecimiento, un supuesto manuscrito entregado para publicación, un juicio para impedir la secuela de su libro más famoso, una biografía turbia, el relato de un familiar y finalmente la foto de él mismo negándose a ser fotografiado a la salida de un supermercado, foto que es ya retrato oficial de quien no quiere salir en la foto.

Es interesante esa lucha entre la no presencia y la presencia. Nadie escapa a la vulgaridad de la vida, al vampirismo del tiempo que nos ha tocado vivir. No en vano, al día siguiente de morir un escritor tan leído, la prensa destapó el cotilleo de que de joven estuvo enamorado de Oona O'Neill, pero Charlie Chaplin se la levantó. Bueno, pues vale. Qué terca es nuestra civilización, nuestra forma de ser. Sólo hay una cosa clara: sea quien sea el muerto necesitamos una foto para la portada.

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