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OPINIÓN

Patente omisión

La primera patente de la historia se concedió en 1449 por un método de fabricación de vidrio tintado. Su inventor, el artesano inglés John de Utynam, disfrutó durante 20 años de la exclusiva para utilizarlo en las vidrieras de las iglesias. Una pasta. El primer sacacorchos se inspiró en un artilugio preexistente que servía para extraer las balas atascadas en las armas de fuego, pero sus sucesores han dado lugar a más de 350 patentes a lo largo de 300 años.

Las patentes estrella de nuestro tiempo incluyen los bloques de hormigón prefabricado (Portugal), las cerraduras de Abloy Oy (Finlandia), una pintura que simula las vetas de la madera (Reino Unido), el café soluble (Suiza), el cierre de vacío para botellas de vino (Holanda), el descapotable de techo rígido (Alemania), las fijaciones para los esquís (Austria), el cortacésped alimentado por energía solar (Bélgica) y el tubo amarillo para meter cables (Grecia). España ha aportado el cochecito Jané, la fregona y el chupa-chups.

El Concorde se patentó en 1976. El ordenador Apple, en 1978. El walkman, en 1979. Y el aparato portátil de videojuegos, en 1989. Habrá ahora en vigor unos cinco millones de patentes en todo el mundo, pero la patente europea número 300.000 sólo se alcanzó en la década pasada.

En España se patenta poco por tradición, pero el país cuenta con algunos clásicos históricos. El ingeniero Leonardo Torres Quevedo, por ejemplo, patentó en 1887 un nuevo sistema de "camino funicular" -un teleférico, en la jerga moderna- que todavía está en uso en las cataratas del Niágara. Le llaman el Spanish Niagara Aerocar.

El mismo ingeniero registró en 1903 el "telekino", el primer aparato de radiodirección a distancia, y tres años después patentó un globo dirigible semirrígido que llegó a competir con los zeppelin alemanes. El primer submarino español tripulado fue registrado en 1858 por el maquinista logroñés Cosme García Sáez. Y el primer motor de gasógeno aspirado del mundo fue patentado en 1861 por el catedrático barcelonés Jaime Arbós y Tor.

Thomas Edison patentó 1.093 inventos, entre ellos el fonógrafo, el altavoz y el micrófono del teléfono, las piezas clave del cinematógrafo, el primer generador eficaz y el ferrocarril eléctrico.

Pero las mejores ideas suelen ser justo las que nadie patenta. El científico de la computación Jacob Ziv no patentó su LZ, el primer "algoritmo de compresión sin pérdida": una operación que permite reducir las imágenes o los sonidos a una fórmula, y después recuperarlos de la fórmula tal y como eran. Es el fundamento de los actuales programas PDF, JPG, MP3 y demás sistemas de compresión de imagen y sonido, y de gran parte del avance en la capacidad de memoria de los discos duros y las transmisiones de datos.

Erno Rubik no patentó el cubo de Rubik que ha quebrado la cabeza de medio mundo desde los años setenta. A Ray Tomlinson tampoco se le ocurrió patentar el correo electrónico. Watson y Crick no patentaron la doble hélice del ADN, ni Einstein registró su explicación del efecto fotoeléctrico, y eso que era oficinista de patentes en la época. George Gamow ni siquiera registró el Big Bang, aunque pocos inventos habrá a su altura. Las grandes innovaciones parecen ser no sólo imprevisibles, sino también impatentables.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 27 de diciembre de 2009