EL RINCÓN

Las cómodas alfombras de Donna Leon

"Reinaba tranquilidad hogareña". El arranque de una de sus novelas más famosas, Acqua alta (Seix Barral, 2001), también puede funcionar como bienvenida para quien cruce el umbral de su casa. Quedaría bien escrito encima del portal hinchado por la humedad o en la alfombrilla, indispensable en una ciudad donde difícilmente las suelas llegan secas a casa. Donna Leon vive en Venecia desde 1981, en un típico palazzo de ventanas góticas y fachada desteñida por la salobridad, a un paso del puente de Rialto, pero a salvo de la horda turística. Nacida en Nueva Jersey en 1942, trabajó como guía turística en Roma, como redactora de textos publicitarios en Londres y como profesora de literatura en Europa, Irán, China y Arabia Saudí, antes de recalar en la Laguna y de inventar a Guido Brunetti, el comisario que protagoniza sus novelas policiacas. Vive de alquiler "porque la especulación inmobiliaria aquí toca picos inauditos", en la última planta, "pues los pisos bajos están infestados por ratas", sin ascensor ya que los edificios apiñados y antiguos no dejan mucho sitio para esos inventos modernos. Desgrana sus máximas de plácido realismo mientras supera el patio comido por el musgo, sube la escalera, gira la llave y se quita los zapatos: "Es una costumbre que cogí en los países árabes", explica. El suelo está cubierto de alfombras orientales y la escritora, que se ha quedado en calcetines amarillos, con serena eficiencia escoge un disco de Händel y prepara un café.

El manuscrito de la decimonovena entrega de Brunetti está encima del escritorio. "Saldrá en 2010. He publicado una al año desde 1992. Mi comisario y yo llevamos juntos toda la vida". Unos libros, algunas fotocopias, el ordenador: la mesa de madera antigua refleja un pragmatismo sin redundancias. Alrededor, centenares de CD de música clásica, su gran pasión junto con la escritura. Las ventanas enmarcan, al fondo, el campanario de San Marco, símbolo de la ciudad que inspira su obra. El último libro va de tarot y justicia. Como los otros, no será traducido al italiano: "Para vivir bien, necesito ser una más del barrio". Lo dice a pesar de que al verla unos turistas barrigudos y rubios se den media vuelta y saquen el móvil. "Los vecinos son la fuente de mis historias, nuestra relación tiene que ser genuina". Al entrar en la cafetería de abajo levanta la barbilla en ademán de saludo y se informa sobre el plato del día, lanza un ciao al señor que pasea a un perro, declina cortés la invitación a un cumpleaños. Ligera, sonriente, con despejada espontaneidad, por la calle como en casa. Con los calcetines amarillos sobre las alfombras persas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 12 de diciembre de 2009.

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