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COLUMNA

Un cero a la izquierda

La fatalidad a la que se está abocado cuando se habla o escribe sobre la izquierda partidaria en sus actuales y deprimentes circunstancias -aquí y acullá- consiste en abonar los tópicos sobradamente diagnosticados acerca de su crisis, esto es, acerca de su perplejidad ideológica, ambigüedad estratégica y, en suma, impotencia. Nos referimos, como ya se adivina, a ese conglomerado de siglas más o menos novedosas, y alguna incluso venerable a tenor de su hoja de servicios, que pugnan por conservar, expandir o meramente alcanzar la vitola parlamentaria en los ámbitos municipal y autonómico. No aludimos, pues, al PSPV, titular de otros achaques que no le impiden exhibirse todavía como el partido de la alternativa, aunque al paso que va por estos pagos puede quemar unas cuantas generaciones más antes de cuajar en partido del gobierno.

Ese universo de siglas más o menos acreditadas ha sido noticia estos días debido a un doble o quizá triple pronunciamiento, lo que cuanto menos revela que hay vida más allá de la desesperanza. De un lado, Esquerra Unida ha lanzado una llamada general, una Convocatoria Ciudadana, ha dicho, con el intrépido propósito de refundar una vez más la izquierda valenciana. De otro, la coalición Bloc, Iniciativa y Verds-Esquerra-Ecologista han conseguido tejer un pacto electoral después de no pocos cabildeos, y aún conviene que mantengamos cruzados los dedos nos sea que amanezca alguien reclamando la peana además del santo. Por último, una plataforma cívica y de cuño progresista intitulada En Moviment se postula para galvanizar la sociedad valenciana y a las formaciones políticas.

Bien, ya están todos, o casi, a la caza de ese tercer espacio que las dos fuerzas hegemónicas -PP y PSOE- van achicando sin tropezar apenas con obstáculos. Les basta con que persista la referida fragmentación, esa disuasoria ensalada de grupos y grupúsculos, a menudo enrocados en lo que describen como distintas culturas de partido, cuando lo que realmente se constata es un exceso de personalismo y una tremenda falta de generosidad y de pragmatismo para enterrar viejos contenciosos personales y ser consecuentes con el riesgo de aniquilación que acecha a todo este estamento, al parecer resignado a su estigma de perdedor, no obstante compartir un mismo y elemental ideario. Qué gran asunto para un humorista. Lo malo es que este país solo genera en abundancia sarcasmo, grosería y gracietas, lo que se aviene mal con el patetismo del trance.

Hay tiempo por delante hasta la próxima cita con las urnas y ha de alentarnos el optimismo del corazón, que prescribía no sé quien. El optimismo y la necesidad de una clase social -¿o es que no existe?- damnificada por el sistema en parcelas tan decisivas como la sanidad y la enseñanza públicas, el trabajo e incluso la cultura, que este beaterío ha sacrificado al culto. En nuestro caso se agrava por la corrupción, despilfarro financiero, descrédito político e incapacidad de unos gobernantes más que amortizados. ¿Cómo se puede contribuir a su relevo si no es unidos bajo la misma pancarta de la izquierda, la fetén, y tirando todos al tiempo de la estaca? Por una vez estaría bien que el sentido común se impusiese al mezquino patriotismo de partido y el referido avispero de siglas se aunase en una sola casando así la eficacia con la utopía para dejar de ser poco menos que un cero a la izquierda como viene siendo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de diciembre de 2009