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Crónica:Vuelta 2009 | Octava etapa

Una mina en Aitana

La cumbre de Alicante premia con el liderato a Evans y con la etapa a Cunego, dos ciclistas muy criticados, mientras el equipo de Valverde controla la montaña

En una zona de roquedales y chaparros, que dominan el Alto de Aitana, había que ser una roca para agarrarse al terreno y encontrar algún premio gordo que justificara tanto espectáculo de sudor tras siete puertos de los que rompen las piernas. Damiano Cunego y Cadel Evans son dos tipos chaparros que, escondidos al principio en el bosque del pelotón, encontraron una mina de oro desconocida. El primero se llevó la etapa cuando parecía que la iba a ganar Moncoutie y el segundo se convirtió en líder cuando se suponía que lo iban a ser Alejandro Valverde o Samuel Sánchez. Las alternativas daban vueltas como los ciclistas por las revueltas de la sierra, subiendo y bajando, bajando y subiendo, en espera de las últimas rampas, las más duras de una carrera que al menos gozó de la indulgencia del calor bajo un cielo que acabó plomizo y con la niebla rodeando a los corredores.

El español podría haber sido líder de arriesgarse más en los dos kilómetros finales

Samuel Sánchez logró llegar con sus rivales pese a un patinazo en un descenso

Evans y Cunego surgieron de allí como dos amigos vapuleados que, por fin, recuperaban la sonrisa. Evans echó un borrón espectacular en el pasado Tour y Cunego reconocía que, "después de tantas críticas", uno agradece "una victoria de estas características", la primera que consigue en la Vuelta.

Aitana y todo lo anterior reordenaron la clasificación, aunque no resolvieron duda alguna. Certezas hubo varias: que el Caisse d'Épargne es el equipo llamado a controlar las etapas montañosas y ayer se mostró imperial en apoyo de Valverde hasta que el Liquigas, es decir, el polaco Szmyd, que era el único hombre que le quedó a Ivan Basso a la hora de la verdad, tomó un relevo corto, pero brutal, que redujo el pelotón a una pequeña expresión. Hubo más: que los favoritos se temen tanto como se respetan. Entre ellos no hubo guerra abierta, sino guerra de desgaste y Evans salió líder por ser el mejor colocado de los mejores. Lo mismo podía haber sido Valverde si se hubiera arriesgado un poco más en los últimos dos kilómetros. O podía haberlo sido Samuel Sánchez (sin aquellos inoportunos 18 segundos de Holanda). Para el asturiano, habría sido la mejor consolación después de haber sido noticia ayer por la cosa más impensable en su caso: una caída en un descenso. "Me patinó la rueda trasera y me fui al suelo. Luego, la ascensión se me ha hecho muy dura", dijo el ciclista del Euskaltel, que, además, tuvo que cambiar dos veces de bicicleta. Por eso el resultado final le satisfizo al poder llegar con sus rivales. Y Hasta podía haber sido líder Gesink, el más alejado de todos ellos, cuando arrancó en el último kilómetro y pareció que le dejaban ir. Unos segundos de ventaja más la bonificación (al final, pilló ocho segundos).

Pudo haber sido cualquier cosa, incluso que hubiera ganado Moncoutie después de casi 170 kilómetros de escapada junto a otros cinco intrépidos compañeros que, al final, fueron cediendo, primero dos, luego otros dos, y por último el guerrillero Hoogerland (éste no es chaparro, pero se agarra a la tierra como las encinas de Aitana).

Le sobraron dos kilómetros al francés Moncoutie para repetir victoria como el pasado año en Plà de Beret, los que necesitó Cunego para salir del anonimato.

Otros cedieron pronto y mostraron sus limitaciones: Vinokúrov perdió más de ocho minutos y David Herrero, sorprendente en la contrarreloj de Valencia, cedió más de un cuarto de hora. Cancellara y la compañía de ilustres en otros terrenos montaron el autobús y prefrieron aspirar el olor a lentisco, romero y tomillo entre pinos y carrascas. Andy Schleck se lo perdió todo al echar pie a tierra en el kilómetro 88, cuando sólo se habían subido tres puertos. Estaba muy lejos de Aitana. Y de su casa. Y eligió su casa.

Adiós, Andy; gracias, Johnny

La Vuelta siempre plantea dudas sobre la actitud de muchas de las figuras que vienen del Tour. Estar entre la ronda francesa y el Mundial es un bocadillo en el que muchas veces no se sabe lo que hay dentro. El bocadillo de Andy Schleck, el simpático y dicharachero luxemburgués, segundo en el Tour, estaba vacío entre pan y pan. Su calidad y su juventud hacían soñar con una actitud más positiva en la Vuelta, más aún cuando el Mundial de Mendrisio, por duro que es, no parece contar con él entre los máximos favoritos. Aun así, se suponía que Andy, el pequeño de los Schleck, no pisaría Madrid. Vista su actitud en la carrera, pérdida de segundos no forzados en argot tenístico, despistes varios, aguador voluntario, muchos creían que al menos cumpliría la mitad de la Vuelta (eso que algunos consideran la preparación del Mundial). No ha llegado.

Johnny Hoogerland es un holandés desconocido del equipo más intrépido que circula por esta Vuelta, el Vacansoleil, y ayer seguramente inauguró su primer club de fans en España. Su espectáculo baldío en los kilómetros finales, queriéndose agarrar a la rueda de Moncoutie, era tan baldío como entrañable. Retorcido, con las piernas a modo de molinillo, el culo levantado del sillín, los riñones en punta, delgado como un junco y la marca de las gafas resaltando en la cara, tenía esa mezcla de aventurero y ecce homo que tanto se repetía en el ciclismo. Moncoutie le miraba de soslayo, le citaba, le tentaba, y el chico reventó, aunque no se descarta que hoy vuelva a figurar en la fuga que obviamente se producirá a poco de salir. Dos formas de ser. Addi (adiós en luxemburgués), Andy; danku (gracias, en holandés), Johnny.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 7 de septiembre de 2009

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