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Reportaje:

Un 'vitrasa' en el desierto

Los autobuses urbanos que Vigo donó al Sáhara, protagonistas de un documental

Entre la arena y el cielo, justo por donde se dibuja el horizonte del desierto, cruza el Sáhara una oruga verde, brillante como una manzana. La cámara la atrapa y persigue el recorrido de la criatura motorizada, dueña de un perfil que resulta familiar para todos los vigueses debido a su enorme parecido con los autobuses urbanos que circulan por la ciudad. Aunque los que trepan por las cuestas, Gran Vía arriba Gran Vía abajo, sean más modernos y compactos que los que tragan polvo.

Pero esta no es la ruta de las playas, ni la que une el barrio de Coia con el alto de la Encarnación. Tampoco hace el recorrido de Matamá a Peinador que todavía figura en su frontal. Ni siquiera cabe en un callejero: es la línea del desierto, a pesar de que no figure en el mapa de líneas de Vitrasa.

En ocasiones, los autobuses llevan comida y medicinas a los refugiados

Uno de los rostros del filme estuvo en una familia de acogida en Galicia

El arranque del documental A liña do deserto -una cinta producida por Filmanova cuya grabación ultiman estos días sus directores, los periodistas Eduardo Rolland y Luis Montenegro- se detiene en el rostro de Maimuna. Una joven que viaja a bordo de un vitrasa, el autobús que solía coger para ir al colegio. La chica, nacida en el campamento de refugiados de Dajla, sólo tiene 19 años pero una gran determinación: trabajar en Galicia. Tierra que conoce porque, de niña, pasó en ella varios veranos gracias al programa Vacaciones en paz, que proporciona estancias a los saharauis más pequeños en familias de acogida. Mediante el objetivo de los realizadores, conocemos a su familia, la vemos despedirse de su abuela para, de nuevo, volver al autobús que esta vez recorre las calles de la ciudad pontevedresa. Allí, una Maimuna muy cambiada de aspecto está a punto de conseguir su sueño. Parece otra.

Al igual que otras empresas y entidades, hace algunos años que la concesionaria del transporte público vigués, Vitrasa, comenzó la donación de autobuses a los campamentos de refugiados saharauis situados en medio de la nada arenosa argelina donde habita su condena desde hace tres décadas. Dotados en ocasiones de alimentos y medicinas, los vehículos hacen rutas entre colegios, dispensarios médicos y campamentos. Con la misma apariencia y rotulaciones originales, se internan en la vida cotidiana de los refugiados, como el Sáhara se cuela hasta las tripas de sus motores, diseñados para rugir en las ciudades.

"Lo que queremos contar es que estos autobuses viajan entre dos mundos muy diferentes que, al mismo tiempo, no están tan lejos: el mismo vehículo lleva, en el desierto, a otras personas con otro drama a bordo", explica Rolland. Una noticia en prensa dio al periodista la idea para el documental, que tendrá dos formatos, para cine y televisión.

"Es sorprendente y familiar a la vez; primero, porque no te los imaginas viajando por el desierto, y después porque los autobuses son una realidad cercana para todo el mundo que ayudan a contar este problema de otro modo", apunta Montenegro, quien también destaca la calidad de la experiencia humana que supone este proceso de grabación repartido entre el Sáhara y Galicia. "La del pueblo saharaui es toda una lección de resistencia pacífica mientras esperan que les devuelvan su tierra", añade.

En este retrato coral, los protagonistas son, además de la joven Maimuna, un conductor y una madre que viven en los campamentos, otro conductor de autobuses vigués, un refugiado saharaui residente en Galicia, un voluntario en Tinduf, una familia de acogida y varios miembros de la Asociación Galega de Solidariedade co Pobo Saharaui. "Aquí no existe la voz en off", dice Montenegro, "son los protagonistas quienes hacen avanzar el largometraje dándose paso unos a otros". Además, la estructura narrativa es de contrapunto: las vivencias de unos tienen su espejo en las de los otros, con matices, contrastes y parecidos.

"Se descubren relaciones impensables porque los pasajeros de Vigo, en una sociedad europea desarrollada; y de Tinduf, entre terribles dificultades, parecen no tener nada en común", reflexiona Rolland. Los directores preparan otras dos historias de vidas complicadas que viajan en los autobuses del primer mundo. Se trata de aventuras personales entre Gambia y Barcelona, y entre La Habana y Madrid.

A pesar de la dureza de sus condiciones de vida en el campamento, Maimuna descubre que echa de menos muchas cosas en su nueva vida. Ella, que consiguió dejar atrás toda esa miseria que despoja de cualquier futuro a varias generaciones de chicos y chicas, añora a los suyos. Ahora que vive en un lugar con playa en el que el milagro de encender la luz es un gesto mecánico, sospecha que su existencia anterior era más alegre, menos angustiosa que la de los occidentales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 28 de agosto de 2009