Reportaje:FUERA DE RUTA

Cachalote a babor

Las portuguesas islas Azores son un lugar ideal para el avistamiento de los cetáceos que inspiraron a Melville su 'Moby Dick'. Gigantes del mar en las profundidades del Atlántico

Ballena a la vista!". El vocear de los vigías desde las torres de madera apostadas en la costa suena trasnochado, pero en las islas Azores todavía se escucha esa letanía que ponía en marcha a todos los marineros de la zona. Ya no son rudos navegantes armados de arpones los que saltan a las embarcaciones en busca del gigante del mar, ahora son turistas, cámara en ristre y guiados por biólogos, los que ponen rumbo al horizonte, allá donde resoplan los vapores.

Las áreas litorales del noroeste peninsular, junto con las inmediaciones de las islas Azores, agrupan los puntos de observación del cetáceo más singular que se acerca a las costas europeas. Famoso protagonista de la extraordinaria novela de Herman Melville Moby Dick, el cachalote ha dado lugar a innumerables leyendas de marineros y cazadores de ballenas tragados por este coloso del mar. El cachalote no es un comedor de plancton y krill marino como la mayoría de las ballenas; él es un carnívoro con una enorme mandíbula provista de dientes cónicos que le permiten masticar y tragar grandes presas. El tamaño del cetáceo oscila entre 10 y 25 metros de longitud, y su peso, entre 30 y 50 toneladas.

Acercarse a un cachalote en una embarcación de poco más de seis metros, como lo hacían los balleneros tradicionales, se convierte en una experiencia difícil de definir. A una distancia prudencial del objetivo se paran los motores y la media docena de turistas que ocupan la lancha contiene la respiración, mientras el biólogo pide silencio. Un grupo familiar de hembras de unos veinte miembros rodea el bote en actitud de descanso, pero cada clan tiene un macho dominante que cuida de la seguridad del grupo y la cercanía de los visitantes puede alterarle. Las cámaras no cesan de disparar mientras las jorobas o humps, que les abultan la espalda, aparecen y desaparecen. El momento estelar sucede cuando cogen impulso para sumergirse y sacan su aleta caudal fuera del agua. El cachalote destaca por ser el rey de la inmersión, es capaz de sumergirse a más de 1.500 metros de profundidad en busca de calamares gigantes, enormes cefalópodos que llegan a pesar más de 200 kilos con tentáculos de 10 metros. La piel rugosa de los cachalotes suele estar llena de cicatrices producidas por las peleas entre ellos, y por los encuentros con los calamares y con los únicos carnívoros que les hacen la competencia en el mar, las orcas.

Hasta finales del siglo XIX, los balleneros americanos y europeos acudían a la isla de Pico, en las Azores, a reclutar arponeros para capturar cachalotes. Más tarde los propios marineros de la isla idearon su propio sistema de caza avistando a los cetáceos desde las torres vigías que instalaban en la costa. Tras otear al gigante, partían en su busca armados de arpones, en grandes canoas de remos. Una lucha que con frecuencia acababa en tragedia, y que se mantuvo activa hasta el acuerdo internacional de prohibición de caza de ballenas de 1981. Hoy, la isla de Pico continúa su tradición ballenera de forma pacífica, utilizando el mismo sistema de avistamiento y seguimiento de los animales. También se observan en estas aguas otras siete especies diferentes de ballenas y cinco de delfines que viajan en manadas de hasta 500 ejemplares. La isla cuenta con dos museos que dan a conocer la historia, las leyendas y la artesanía del cachalote.

Las nueve islas en medio del océano Atlántico, a 1.280 kilómetros del continente, ofrecen algo más. Tranquilidad, paz, silencio y montañas de lava tapizadas de herbajes donde pastorean miles de vacas lecheras. Muros de piedra macizados de hortensias. Corrales de roca y viñas cuadriculando las laderas hasta el filo de los acantilados. Pueblos de peñón volcánico encalados de blanco. El sol en la orilla del mar y las nieblas agarradas a las montañas. Lagos de cuento rodeados de una selva fantástica de helechos, faiales y cedros. Una costa quebrada de precipicios y salpicada de calas y arenales. Carreteras estrechas, senderos perdidos y la sensación de que aún no ha llegado la masificación turística. Éste es uno de los últimos rincones ligados al viejo continente que aún no ha sido globalizado.

Tres lagos muy distintos

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Todo en las Azores tiene su distintivo, y haber sabido conservar su tradición cultural y preservar sus ecosistemas las ha convertido en las joyas del Atlántico cinco siglos después de haber sido pisadas por los portugueses. São Miguel, la isla más grande, mantiene la capitalidad y se encarga de recibir a los viajeros del continente en su pequeño aeropuerto de Ponta Delgada. Tiene tres lagos volcánicos de inusitada belleza: el de Sete Cidades, que aflora en medio de un gigantesco cráter con dos espejos de agua, uno de color verde por el reflejo de la laurisilva que lo rodea y otro de color azul por el destello del cielo; en la otra punta de la isla se halla el Vale das Furnas y su lago, que, aunque su última erupción data de 1630, mantiene humeantes fumarolas, aguas en ebullición y barros que borbotean en las caldeiras, donde se cocinan durante seis horas los cocidos más sabrosos de las islas; en el territorio central se localiza la espectacular caldera de Lagoa do Fogo.

Santa María, la más descolgada y sureña, posee las mejores playas del archipiélago y el mayor número de horas de insolación, siendo la preferida por surfistas y submarinistas. De Terceira hay que mencionar su pequeña capital, Agra do Heroísmo, declarada patrimonio mundial y ejemplo intacto del urbanismo europeo del siglo XVI. En su puerto atracaban los galeones que venían de América cargados de oro y plata. Los corrais de paredes de lava donde se resguardan las viñas son típicos de todas las islas, pero se prodigan más en la Graciosa, donde además de degustar sus vinos se puede penetrar en el interior de un volcán por la Furna do Enxofre, una caverna que se adentra en la montaña hasta un misterioso lago subterráneo. Los viajeros que arriban en sus barcos se decantan por la isla de Faial, la más cosmopolita. En el puerto de Horta atracan veleros de todo el mundo en una visita que se ha convertido en tradición para todo aquel que cruza el Atlántico. En el malecón del puerto dejan sus dibujos y firmas las tripulaciones, creando un atracadero multicolor que casi parece una obra de arte. El centro de reunión de estos lobos marinos modernos es el Peter's Café Sport, una vieja taberna con casi un siglo de antigüedad y todo el sabor marinero de los azorianos. São Jorge, Flores y Corvo son las otras tres islas que faltan, cada una con su propia magia, enmarcadas entre el verde y el negro de su naturaleza volcánica.

Más información en la Guía de Portugal

un grupo de turistas  a la <i>caza visual </i>de los cachalotes.
un grupo de turistas a la <i>caza visual </i>de los cachalotes.JUAN CARLOS MUÑOZ
Un recorrido desde su majestuoso volcán a la ciudad ballenera, Cais do Pico en las islas Azores, donde la caza de este animal era el modo de vida. Este cono volcánico transformado en viñedos y tierras de cultivo ofrece la oportunidad de observar a los cachalotes en plena naturaleza.Vídeo: CANAL VIAJAR

Guía

Cómo ir

La compañía aérea de las Azores, SATA (www.sata.pt; 00 35 12 96 20 97 20) realiza vuelos regulares entre Lisboa y Ponta Delgada desde 146 euros, ida y vuelta con todo incluido. Entre los meses de julio y septiembre se pueden encontrar vuelos que conectan Madrid y Barcelona con las islas (con escala en Lisboa), pero el billete se encarece. Con Easyjet (www.easyjet.com) se puede volar a Lisboa desde 60 euros, ida y vuelta con todo incluido.

Información

» Asociación de Turismo de las Azores (www.visitazores.org). Información en castellano de las islas.

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