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Reportaje:TOUR 2009 | 17ª etapa

Solo e incomprendido, Contador reina

El chico de Pinto se afianza distanciando a Armstrong y Wiggins en un clima envenenado en su equipo

Si Andreas Klöden se volviera loco se iría de vacaciones a los Alpes, a un sitio llamado Le Grand Bornand donde los niños se aburren paseando en burro al atardecer. Y se llevaría de compañeros de apartamento, o de caravana, siendo malvados, a Lance Armstrong y Alberto Contador, con quienes, después de lo de ayer, será muy complicado que comparta podio en París el domingo.

Como si las torvas nubes que envolvieron al sol estuvieran tejidas con vapores envenenados, no había quien respirara en Le Grand Bornand, ni siquiera cuando descargó la tormenta y se abrió el cielo, lluvia ácida. Como si el valle alpino en que terminó ayer la etapa, tan hermoso, tan de tarjeta postal, estuviera abonado con odio y de la tierra sólo surgiera pez tan negra como el mal. Hace cinco años, en lo más alto de su carrera imperial, Lance Armstrong, el boss intocable entonces, el corredor al que nadie se atrevía a toser, se rebajó sprintando, como si le fuera el futuro en ello, y privó a Andreas Klöden -entonces, ayudante de Jan Ullrich, y tan bueno que terminó segundo aquel Tour- de una victoria de etapa merecida por haber cometido el pecado de discutirle a Floyd Landis -entonces ayudante amado de Armstrong, el rey de los menonitas, después ganador despojado de su victoria- el privilegio que le había otorgado su jefe de ganarla.

Asombrado, vio que Klöden, cuarto en la general, sucumbía a su cambio de ritmo

Como si las relaciones imposibles que se entrecruzan en todas direcciones en el Astana, la soledad inevitable, sólo pudieran generar pensamientos tan indignos que hasta las buenas intenciones conducen al desastre, al error, al pecado de orgullo. Cuando aún llovía, al pie de Saisies, el segundo puerto de la etapa de los cinco cols, Contador sufrió un problema mecánico. Se paró y con parsimonia su mecánico belga se lo solucionó. Para reintegrarle al pelotón, que marchaba piano, piano, le esperó un compañero de equipo, Klöden, el cuarto clasificado de la general en aquel momento. Cuando los ataques frenéticos y repetidos, tan duros como esperados y deseados, de los hermanos Schleck en el col de Romme, el cuarto del día más duro, de la etapa reina, habían convertido a la cabeza en un cuarteto magnífico -ellos dos, Andy y Frank, como un dúo musical, de blanco como niños felices y sonrientes que trataran de esconder la dinamita de sus piernas, Contador, de amarillo radiante, y el largo de Klöden, que había hecho un esfuerzo supremo para engancharse al tren, desde el que podía desalojar del podio a Armstrong- que ascendía La Colombière, el quinto puerto, como un cortejo real, Contador tuvo una idea.

Por aquel entonces, el Tour era todo suyo. Wiggins, el inglés anoréxico que había empezado a subir como un grande, había sucumbido a los ataques alternativos de los hermanos luxemburgueses; Armstrong, que había peleado como un bravo por su segunda plaza en el podio, recuperaba fuerzas poco a poco para un acelerón final; y en compañía de los hermanos, peores contrarrelojistas, poca amenaza hoy, y su fiel Klöden, Contador no podía pedirle más a la vida. Un día magnífico, el sol, el amarillo... Y una idea.

Contador, joven, fuerte e inteligente, ama también el riesgo, lo que siempre es un lujo en una cosa como el Tour, pero que en los tiempos que corren, en un equipo que no es el suyo, lo que le amarga la existencia cotidiana -hoy anuncian el nuevo patrocinador de un proyecto en el que no entra el chico de Pinto, su director, Bruyneel, y Armstrong-, en el que su soledad le hace más vulnerable, es un lujo innecesario, asiático. Contador fue capaz de arriesgar, por puro placer, para ver hasta dónde llegaba, en la París-Niza pasada. Se desfondó, debió inclinar el cuello y someterse públicamente a las críticas de su compañero-rival y de su director que ya no lo será. De aquélla salió reforzado en su testarudez.

Ayer, su idea, su riesgo, se concretó en un gesto con las manos a Klöden en La Colombière. Voy a atacar, le dijo. Y luego se hizo pedalada brutal y el acostumbrado hueco a su espalda. Y luego, inesperadamente, se hizo plomo. Asombrado, Contador se volvió, buscó con la mirada, vio a los animosos frères que se acercaban a buen tren, no estaba Klöden, quien había sucumbido al cambio de ritmo. El cielo, el sol luminoso, las nubes altas, el azul puro, se hundió sobre su cabeza.

Su idea, aparte de innecesaria según los que manejan los cánones -adónde iba solo, para qué, si luego había un largo descenso-, se había demostrado catastrófica para aquel a quien más amaba en aquel momento, Klöden, el que le daba agua, el que le ayudaba hasta a quitarse el chubasquero, el que le ayudó a ganar el último Giro y no paró hasta agarrarse una pulmonía. A Klöden le engulló el orgulloso Armstrong, volvió a dejarle atrás de nuevo llegando al Grand Bornand. A Contador, solo e incomprendido, le tragó el semblante más sombrío el día que había casi sentenciado el Tour.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 23 de julio de 2009