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Análisis:EL ACENTO

Una Puerta agonizante

Un viandante que se sitúe en cualquiera de las calles fronterizas de la Puerta del Sol y trace una línea visual hacia los confines de la plaza se encontrará con un catálogo consumado de horrores urbanísticos acumulados durante muchos decenios de incuria municipal. Si se coloca en la carrera de San Jerónimo y mira hacia la calle del Arenal, la vista se sobresalta con la entrada a la estación de cercanías, una gibosa semicaracola de cristal antirreflectante -que, milagros de la ingeniería moderna, lanza destellos contra las fachadas de los edificios circundantes-, sobre la que se superpone ridículamente la figura de la estatua ecuestre de Carlos III; si el peatón mira desde la calle Mayor hacia la de Alcalá, descubre las deformidades del mobiliario urbano, la concha tumoral que ya domina toda la perspectiva de la plaza, y las torres de los ascensores del metro. Se mire por donde se mire, la Puerta del Sol está ya en el catálogo de las plazas más torturadas de España, socavada por dentro por túneles y estaciones, y agonizante por fuera, asfixiada por el acarreo de obras sin orden ni concierto.

Sostenía un amoscado Azorín que, por algún sortilegio maligno, los alcaldes españoles, en cuanto recibían el bastón municipal, se dedicaban furiosamente a arrancar árboles, como si fueran incompatibles con el progreso. En el caso de Madrid, la autoridad se dedica además a acumular cachivaches, trastos y desperdicios de variado pelaje en cualquier espacio público tocado con la dignidad de lo vacío. En la Puerta del Sol hoy se amontonan farolas del XIX, bancos del siglo XX, cúpulas vidriadas del XXI y estatuas plantadas deprisa y corriendo en una esquina con ese carácter "provisional para siempre" que con tanto celo aplica la Administración española de cualquier nivel.

Todo superpuesto en feroz desarmonía, sin respeto hacia la estética, la proporción o la mirada del viandante, que en la ciudad es la medida de todas las cosas. Ramón de Mesonero Romanos o Pedro de Répide, padrinos literarios de Madrid, repudiarían el caos que hoy azota la Puerta del Sol, primer límite oriental del Madrid antiguo. Y, como los madrileños de hoy, clamarían por una estética elemental, prueba de ética ciudadana.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 21 de julio de 2009