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Crítica:EXTRAVÍOS

Armario

Arrastrado por la resaca de la edad, que indeclinablemente te lleva a los profundos adentros del pasado, el poeta Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) ha publicado la memoria de sus primeros años, infancia y comienzo de adolescencia, con el título Un armario lleno de sombra (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores). Con tan sólo contextualizar esos primeros catorce años de la vida de Gamoneda, que discurren en el trágico tramo histórico español que va de 1931 a 1945; esto es: desde la proclamación de la Segunda República, tan repleta de esperanzas como de una sucesión continuada de inquietantes lances, hasta la Guerra Civil y sus inmediatas terribles secuelas de una prolongada posguerra, ya se siente, de entrada, un escalofrío. Esas fechas además fueron particularmente duras en Asturias y en León, donde Gamoneda inició el curso de su existencia, que estuvo encima lastrada por la prematura muerte de su progenitor. No creo, en fin, que haya que seguir escarbando para calificar como espantoso el paisaje de los primeros años de Gamoneda, hecha, no obstante, la salvedad de que él, entonces, recién incorporado a un mundo mayoritariamente afligido, tenía muy escasos términos de comparación.

De todas formas, ya el título avisa que no nos enfrentamos con un simple memorial de agravios y penalidades, aunque abunden en este relato rememorativo imágenes aleccionadoras, que estremecen. Pero Gamoneda no se zambulle en el pasado con intención vindicativa, sino porque, a cierta altura de la vida, es el único don con el que se cuenta. Es el momento en que se comienza a comprender que la experiencia de la soledad está en relación directa con la ausencia de futuro. Pues bien, aunque etimológicamente el término castellano "armario" procede del latino "armarium" y éste, a su vez, de "arma", lo que le puede hacer equivalente a lo que hoy se entiende como "armería", no se puede obviar que el genuino armario de las familias romanas antiguas era la alacena donde se custodiaban en efigie las almas de los antepasados; es decir: que el armario fue, y todo lo impremeditadamente que se quiera, lo sigue siendo hoy, un genuino "almario", y, no digamos, si quien apela a él, como es el caso, lo describe como "lleno de sombra". Es el lugar donde se ha fraguado nuestro ser y donde no hay más remedio que ir tanteando en busca de todas las almas que configuran la nuestra.

Pero ¿qué es lo que personalmente más me ha conmovido de esta evocación mediante la que Gamoneda, desde la última vuelta del camino, reconstruye, como puede, que es tenebrosamente, sus primeros pasos, los que le han llevado a ser lo que es y los que alumbran el sentido de su existencia? Me refiero a lo que entonces y ahora ha sido y es su razón de vivir: la revelación de la poesía. En este sentido, hay dos pasajes cruciales: el primero, cuando, siendo todavía muy niño, y con apenas los rudimentos imprescindibles para deletrear un texto escrito, cae en sus manos el libro de poemas que publicó su padre, Otra más alta vida, del que no descifra nada más que lo fundamental: la dimensión musical del lenguaje; el segundo, ya en plena adolescencia, cuando corrobora este asombroso descubrimiento al oírse leer un pasaje de la Segunda antolojía poética, de Juan Ramón Jiménez. De repente, de un punto al otro y para siempre, todo cobra sentido: el armario se transforma en almario; la violencia y la humillación se transfiguran en material luminoso; el mundo deja de estar anclando a su mezquina superchería "normal" y el poeta se adentra en el mar rumbo a lo desconocido. Entra en el armario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de junio de 2009