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Reportaje:El idioma en las ciudades

En A Coruña, sin embargo se habla

Pese al elevado número de hablantes, el gallego desaparece en el centro

"-Póñame un café con leite.

-¿Con leche?

-Si, con leite.

-No le entiendo, ¿con leche?

-Póñamo como queira, pero quentiño".

Éste era el diálogo que mantenía en A Coruña un personaje del folletín Unha espía no reino de Galicia publicado a finales de los años 90 por Manuel Rivas. Rivas reconoce que él fue el protagonista real de la anécdota, pero reivindica el papel de la ciudad en la historia del galleguismo. "Aquí se fundó la Real Academia Galega; las Irmandades da Fala, con el doble de afiliados que en el resto de Galicia; también la primera escuela en gallego. Y el primer alcalde de la democracia fue nacionalista". Lo cierto es que quizás a causa de 30 años de veraneos de Franco, y después de 20 de política local hostil a lo gallego, A Coruña se ganó la fama de la ciudad más desgalleguizada del país.

"Hay vida más allá de los Cantones", ironiza el músico Xurxo Souto

María Yáñez: "Los jóvenes cumplen el tópico de que no se habla gallego"

De hecho, anécdotas para sustentar esa fama hay donde escoger. En una empresa de comunicaciones cuyo idioma vehicular es el gallego, la mayoría de las numerosas protestas que reciben por ello proceden de A Coruña. Y el propio topónimo, oficial desde 1984, no se normalizó hasta hace poco. Y sigue siendo un tema político recurrente cuando no hay otra cosa a mano. "Cada ciudad va generando una imagen en la que sus habitantes se ven identificados, como un espejo que les devuelve la imagen de su identidad colectiva. Y naturalmente, durante la pax vazquista se desarrolló y exacerbó una política pública local antigallega que influyó en la modulación de las conciencias de los ciudadanos", asegura el lingüista Gabriel Rei-Doval, autor de una tesis sobre el idioma en las urbes.

Una fama que niega el escritor, músico y coruñés profesional Xurxo Souto. "Ésta es la ciudad con más gallegohablantes de Galicia, en términos absolutos". De hecho, según los datos del Mapa Sociolingüístico de Galicia, incluso en términos relativos se habla más gallego que en Vigo, y por supuesto que en Ferrol. "Hay vida más allá de los Cantones, se habla gallego en el Agra do Orzán, en Monte Alto, en Os Mallos, Os Castros... yo vivo en O Ventorrillo y desayuno en el bar de abajo a las siete y media. A esa hora es monolingüe en gallego, y el castellano va apareciendo según pasan las horas. A Coruña madruga en gallego", manifiesta Souto.

El Agra do Orzán, la antigua huerta de la ciudad, se convirtió en lo que se llama un barrio populoso en los años 60, en el que se asentaron principalmente los llegados de Bergantiños y Costa da Morte. Ahora es destino preferente de los nuevos emigrantes, subsaharianos y sudamericanos. En la calle Entrepeñas, los rótulos de los bares acreditan el patchwork de procedencias: O Fidalgo, Galiza 17, Imaxinarium, A Ponte, Airiños, Cabo Verde... El kebab Newroz está debajo de la Clínica Dental Galega. En una chocolatería de la peatonal calle Barcelona, las parejas de edad se hablan en el idioma de cuando eran novios, y en él bromean en la barra un cliente y una camarera, que sin embargo me cobra en castellano. Pregunto, en gallego, por una calle a dos señoras y un caballero que conversan en lo mismo a la puerta de una tienda, y el resultado es otra vez el cambio de lengua. En Monte Alto, en la plaza de abastos, las vendedoras hablan entre sí en gallego, pero con el cliente permutan el registro idiomático: "¿Qué te pongo, neno?".

"En el Agra o en Monte Alto, el gallego tiene una fuerte presencia, sobre todo a nivel doméstico, pero esa misma gente posiblemente no lo hable si baja al centro", considera Ermitas Valencia, la concejala del BNG que se encarga de Normalización Lingüística. Desde luego, en el centro no es muy habitual escuchar otra cosa que castellano, salvo a trabajadores, jóvenes concienciados o gente con la suficiente edad como para no cambiar de registro por el qué dirán. En Alfredo Vicenti, cerca de Riazor, lo habla un joven percebeiro que ofrece en la acera lo que ha capturado en la Torre. En el corazón del superfino Ensanche, se le escucha a dos chicas.

Ermitas Valencia asegura que no ha habido problemas en ninguna de las actividades de promoción lingüística, desde las de informática para mayores a las destinadas a inmigrantes o a niños y familias. Y en A Coruña es donde hay más usuarios (40 parejas) de Galicia del programa de voluntariado lingüístico: gente que desea practicar en gallego, y que se reúne una hora a la semana con gallegohablantes. Ana es brasileña, y está en lista de espera. "Yo llevo nueve años aquí, y ya al principio me interesé por aprenderlo, pero todos me decían que para qué. Hice el CELGA

[el certificado de aptitud lingüística] y me encontré que el portugués no me ayudaba mucho, en el trabajo uso sobre todo inglés e italiano, y no tengo con quien practicar gallego", asegura. Senén, teleoperador de 32 años que se declara neofalante, es un voluntario que ya ha tenido dos "parejas" y con una de ellas, "una señora de aquí que estuvo años en Estados Unidos y quería recuperar el idioma", desarrolló una gran amistad.

"El tópico de que en A Coruña no se habla gallego se cumple totalmente entre los jóvenes", asegura María Yáñez, codirectora del documental Linguas cruzadas. "Lo sorprendente es que hay un sentimiento de que es una carencia. Unas adolescentes que hacían botellón aseguraban que envidiaban a la gente que lo hablaba. En un grupo de universitarios nos decían que si los que entraban hablando gallego en el instituto renunciaban después a él, o sus padres lo utilizaban entre sí, pero no con ellos, no se iban a poner a hablarlo, aunque también reconocían que a veces se metían con sus compañeros que lo usaban", recuerda. Exagerando, los que no lo hablan querrían hacerlo y los que lo hablan lo esconden. Desde la Universidad de Milwaukee, en donde da clases, Rei-Doval es optimista: "Hay base social suficiente para una imagen más gallega de la ciudad. Es una deuda histórica. Depende de todos. Y sí, podemos. Yes, we can".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de junio de 2009