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Análisis:El día de la danza

Baile de ciegos

Día Internacional de la Danza. Tampoco es que esté la cosa como para celebrar nada; en la región madrileña menos. Por arte de birlibirloque, la política cultural regional ha conseguido cabrear y crispar a todos los sectores de la especialidad. A saber: los de la danza española en sí misma (flamencos incluidos), los de los modos contemporáneos, y cómo no, los clásicos o académicos.

Todos asisten al desconcierto de unas actuaciones de relumbrón y de unos palos de ciego a los que se pueden sumar rozando el esperpento, sin duda, las actuaciones propias de la política estatal desde el Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música. Es como si, para terminar de hundir a la danza (representada por una diosa Tepsícore mesetaria que no sabe nadar y guardar la ropa), las diferencias políticas se aparcaran a un lado.

Es como si para terminar de hundir a la danza, las diferencias políticas se aparcaran a un lado

Con amargura se ven desaparecer cada día compañías de trayectoria; persiste la emigración laboral forzosa de bailarines de alta calidad; cantan muchísimo los proyectos recurrentes y hasta oportunistas de pequeño formato que no son otra cosa que desesperada supervivencia, y un festival modesto anual (Madrid en Danza, que ahora llega a su recta final) armado con cierta dignidad y una programación irregular pero con sus cosas buenas, no puede tapar la falta de una organicidad en el proceder para con los profesionales y las consideraciones hacia un público que existe. ¡Claro que existe! La letanía es cansinamente la misma: ayudas magras, estructuras deficientes, burócratas ineptos.

Sin el menor rubor, Comunidad de Madrid y Ministerio de Cultura han firmado un convenio para recrear una compañía de ballet clásico que no puede llevar la palabra ballet en su nominación oficial. Alguien debería explicar tal despropósito, por no decir pecado de lesa cultura elemental, ya que unos hablan de "códigos de buenas prácticas" y otros simplemente se hacen la foto (que se paga con dinero público). Se trata de pisar esmeradamente sobre las huellas de los mismos errores que se han cometido en los últimos 25 o 30 años en todas las instancias y niveles.

Para rematar, el asunto se concreta en la importación masiva de bailarines y maestros cubanos que ensayarán en los salones del Canal para que, dicen, veamos en 2010 un Lago de los cisnes, lo que resulta escandaloso tanto en lo político como en lo estrictamente cultural. Hasta ahora, la profesión ha estado callada: tiene miedo a perder las migajas y algún que otro plato de lentejas. No se les puede culpar o responsabilizar, como torticeramente han apuntado algunos gestores.

Los flamantes Teatros del Canal debían albergar un centro coreográfico en toda regla. Dudo que la señora Esperanza Aguirre y su corte a lo Catalina de Médicis sepa lo que es eso. Los coreógrafos y los bailarines están que echan las muelas ante la propuesta de una empresa privada interpuesta (¡cómo iba a ser de otro modo!: la privatización, encubierta o no, es una religión para algunos) para alquilar los estudios del Canal a precio de mercado. Resulta cuando menos inmoral por mor de lo inaceptable. Ya no se trata de bailar con la más fea, sino de danzar con un cadáver que huele y perdió las plumas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 30 de abril de 2009