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Análisis:Cosa de dos

Transparencia

Veo a Francisco Camps, señor de apariencia entre suave e inquietante, gesto educado, con tendencia a exhibir media sonrisa y propensión a ese tic tan inequívocamente melifluo y curil de frotarse las manitas, que niega cualquier indicio de que se haya practicado la financiación ilegal en su partido y afirma con tono franciscano: "Asumo con absoluta paz, con absoluta tranquilidad el momento que corresponde. Trabajaré con más fuerza si cabe todos los minutos de todos los días de mi vida". Admito su vocación stajanovista y su nirvana interior, pero me pregunto cómo puede dedicar todo su tiempo a currar por el sagrado bienestar de su partido, por los valencianos, por la humanidad en general. Digo yo que a pesar de su sobrehumana condición tendrá que dormir alguna vez, atender sus funciones fisiológicas y cositas así.

También observo a otro colega de partido, sobre el que existe presunción de trinque, que se identifica hasta la náusea con los conceptos honestidad y transparencia. Como me reconozco deshonesto y opaco me pregunto por qué los políticos se adjudican obsesivamente la honradez y la claridad. Digo yo que al igual que cualquier centro de poder lo lógico es que se practique la intriga, los innombrables pactos, el espionaje, el trapicheo, el navajeo, la estratégica mentira, la doble moral, la manipulación dialéctica, las falsas promesas, la traición, la tentadora cercanía de la corrupción, el cinismo, la doble moral, la apariencia como valor supremo. Pero sólo los reaccionarios estamos empeñados en reconocer esas coherentes esencias. Ellos, a lo suyo, a la honestidad y la transparencia. Como me agotan los virtuosos.

La otra y mareante opción televisiva del día es la de un premiado torero, o paseador de pibones, o ex marido de la nobleza turbulenta, que ha desatado la ira de los dioses y su negativa a compartir el mismo honor con la mediática mediocridad.

Como nunca me he presentado a un premio ni aspiro a hacer meritos para que me los concedan, ignoro qué tipo de orgasmos aportan, aunque algo debe de tener el agua cuando la bendicen. Creo que los desdeñosos e incontaminados artistas se han pasado cantidad con su frívolo colega. No me imagino a los sublimes Faulkner y García Márquez rechazando el Nobel porque también lo recibieron Echegaray y Benavente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de marzo de 2009