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COLUMNA

Ira civil

"Cuando era niño me gustaba la caza. Un día maté una perdiz. Y me curé. No he olvidado su agonía, cómo por mi culpa se extinguió una vida". El hombre hizo una pausa y prosiguió, con los ojos clavados en el camino: "Pensará usted que a qué viene que un taxista le cuente estas cosas, que lo mío es permanecer callado. Pero la he oído comentar ese asunto con su amiga, y no puedo dejar de meterme. Perdóneme, pero no tengo con quién hablar. Mis hijos van a lo suyo, la gente, en general, dice sí o no, y pasa a otra cosa. ¿Nadie se da cuenta? No es sólo la cacería, todos esos hermosos ciervos muertos, esos pomposos cazadores indiferentes al dolor que han causado, al paisaje que han roto. Me pregunto qué es lo que nos pasa. La indiferencia. La superioridad. ¿Quién nos creemos que somos? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Mejor dicho, ¿por qué no salimos de lo peor que somos? Perdóneme, estoy indignado".

Le dije que era un honor para nosotras hablar con él, que tiene razón y que somos bastantes los que compartimos su indignación, su ira ante la arrogancia y la indiferencia.

No ira como para salir a liquidar vidas. Ira civil.

"¿Ha visto la película The Queen?", continuó el hombre, más calmado. "¿Recuerda el momento en que la mujer y el ciervo se miran, de reina a rey?".

Asentí, sin poder evitar un añadido maléfico: "Bueno, los reyes de dos patas, incluido el nuestro, cazan mucho. Parece que ninguno de ellos haya llorado en su niñez, en el cine, por la muerte del padre de Bambi".

Sonrió el hombre por primera vez, pero con tristeza.

"¿Tiene usted alguna afición que le dé un poco de sosiego?", inquirí. "Mis flores. Cultivo flores".

Ojalá le consuelen.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de febrero de 2009