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Reportaje:EN PORTADA

A LA FELICIDAD POR LA ELECTRÓNICA

Franz Ferdinand elevaron el fashion rock a los estadios. Y desaparecieron temerosos de agotar la fórmula. Con su tercer álbum, más oscuro y bailable, quieren ser millonarios sin traicionarse.

GRAEME le Saux nació en la isla de Jersey allá por 1968. Se formó en la cantera del Chelsea, equipo en el que casi toda su carrera fue lateral izquierdo. En 2003 jugaba en el Southampton. Era un tipo preparado, liberal, lector de The Guardian y de literatura contemporánea, algo que le granjeó fama de gay. El público se ensañó con él. Ese mismo año, en el pop no había espacio para bandas con el lema "hacemos música para que las chicas bailen". Entonces, se llevaba "hacemos música para que la clase media llore".

Y en esas estábamos cuando cuatro tipos de Glasgow editaron un tema llamado Take me out. Era su segundo single. Arrancaba con un minuto de fashion rock al uso, una melodía perfecta que, repetida, hubiese significado un hit planetario al gusto de la época. Pero esa melodía mágica desaparecía y, tras un silencio, arrancaba otra totalmente diferente, una que hizo que durante un lustro ya nada fuera igual. Sonaba a Talking Heads poseídos por Roxy Music. "Cuando surgimos, la escena independiente inglesa era un lugar deprimente. Un páramo lleno de gente de clase media quejándose colgada de una guitarra acústica. Parecía que, en vez de tocar, querían suicidarse con ella", comenta Alex Kapranos, el líder de Franz Ferdinand, horas antes de que su banda presente en Barcelona su tercer largo, Tonight: Franz Ferdinand. Lleva una chaqueta de cuero bien chula, el tío. "Nunca pensamos que lo que hacíamos no encajaría y jamás quisimos seguir el gusto de la época. Las bandas que trascienden son las que fuerzan un cambio. No quiero sonar pretencioso, pero ayudamos a forzarlo. Sé que diciendo eso me meto en un lío al hacerme responsable de algunos crímenes actuales. Pero no me vas a castigar hablándome de los discos recientes de ciertas bandas inglesas, ¿verdad?".

Pero, ¿qué cambió para que esos cuatro tipos de Glasgow vendieran seis millones de discos, ganarán el Mercury Music Prize y tres Brits y fueran una de las pocas bandas independientes de esta década que podría llenar un estadio? "Creo que significamos el reverso de los noventa. Entonces se hacía rock con instrumentos electrónicos, algo que siempre me resultó fastidioso. Ahora se apuesta más por hacer electrónica con instrumentos reales. Mucho más interesante, pienso".

El éxito les llegó pasada la treintena y no iban a dejarse engullir por la industria ni por la vanidad. "Si me hubiese llegado a los 17 probablemente hoy estaría muerto. Me conozco. Dicho esto, no negaré que me hubiera encantado hacer el imbécil con un millón de libras y miles de fans cuando era un descerebrado. Triunfar con cierta edad te da salud mental y asegura que no serás un imbécil, pero el triunfo adolescente tiene algo mágico, por antinatural". Antes, Kapranos había estudiado teología y manipulación de alimentos, trabajado de chef y barman y, era una figura clave en la escena de Glasgow, donde fue promotor local de conciertos (es el responsable del primer bolo de Mogwai). No paraba de tocar su instrumento, pero parecía incapaz de hacer nada interesante. Entonces, su banda la formaban Nick McCarthy a la batería, Paul Thomson, compañero de proyectos fallidos, a la guitarra, y Bob Hardy al bajo. "Todo cambió el día en que decidimos cambiar los instrumentos. Cuando Paul pasó a la batería y Nick cogió la guitarra algo mágico sucedió. Fue como si las piezas fueran las correctas pero mal colocadas. Salí de aquel ensayo convencido de que esa formación era la buena. Esos tipos iban a acabar con mis problemas para pagar el alquiler".

Tras dos discos casi seguidos, el segundo escrito y grabado en poco más de dos semanas, giras planetarias y elogios procedentes de los lugares más inesperados, Franz Ferdinand desaparecieron. En 2005, Le Saux se retiraba y ellos también. Antes, Kapranos produjo a The Cribs, escribió columnas sobre gastronomía para The Guardian (aquel diario que leía el lateral izquierdo) y terminó recogiendo sus experiencias culinarias en un libro. "Me pareció una idea genial. Escribir columnas sobre gastronomía sin ser un crítico gastronómico. En el fondo, creo que hay más trasgresión en eso que en tirar un televisor por la ventana".

Durante un par de años, las noticias sobre lo que más tarde sería Tonight: Franz Ferdinand fueron escasas. "Tratamos de volver a ser un colectivo cohesionado y solitario. Encerrados en un lugar inhóspito y sin descartar ninguna idea, por estúpida que pareciera. Esto nos ayudó a recuperar la ilusión, a pesar de que, claro, cuando funcionas bajo la máxima del ensayo y el error, éstos se pueden suceder en cadena. Y no voy a ser yo quien niegue que en muchos momentos estábamos algo perdidos y frustrados". Sabían que no podían repetir la fórmula, pero tampoco les apetecía ser otra banda. En lo musical, todo empezó con Outsiders, el último tema de su segundo largo. "La manera en que ese tema mutó, desde que lo grabamos hasta que terminamos la gira, ejemplifica el tránsito de la banda hasta lo que somos hoy. La canción apuntaba hacia territorios más electrónicos sin serlo. A medida que lo íbamos interpretando más y más, algunos elementos crecían y la canción, este verano, ya era casi irreconocible. Creo que el devenir de ese tema en directo explica las fases por las que pasamos grabando, cuando nos hemos perdido y nos volvimos a encontrar". Se perdieron al intentar fichar de productor a Brian Higgins, de Xenomania, productores de Sugababes. El giro irónico no les sentó bien y aquellas sesiones quedaron en nada. En el fondo, eran unos indies. "En mi vida me había parado a pensar en Britney Spears. El momento en que vi que estaba prestando atención a sus discos y a su vida decidí que aquello iba mal. Nick estudia jazz y graba discos raros. No podía hacerle eso. Además, trabajar con grandes nombres te obliga a ceñirte a un calendario y cuando tienes a Paul comentando que le encantaría que se modificara el tempo de un tema y el ejemplo que te da es el sonido de una sirena de ambulancia alejándose calle abajo, te das cuenta de que fijar una fecha de entrega para el disco va a ser imposible".

Finalmente, a bordo subió David Carney, responsable de los discos de Hot Chip. Entonces, todo empezó a funcionar, porque volvió a ser divertido. "Todo se ha hecho por puro placer. Por ejemplo, una gira por pequeños clubes cuando el disco está grabado sin editar. Si te fijas, podría ser un desastre, un sinsentido. La gente quiere escuchar los hits. Pero a nosotros nos apetecía, a pesar de ser peligroso en muchos sentidos. Imagínate que empiezas a tocar temas nuevos y a nadie le gustan. Joder, ya has grabado el disco. ¿Qué haces?". Esa misma noche, interpretan temas nuevos y aunque se pierde parte de la parafernalia que rodea al largo, el más oscuro y bailable de la banda, el más osado y a la vez tarareable, el que puede ser el disco millonario más radical de los últimos años, lo cierto es que la respuesta del público es abrumadora.

En 1999, en un partido contra el Liverpool, Le Saux se disponía a lanzar un tiro libre. En la barrera, Robbie Fowler, jugador famoso por fingir esnifarse la cal que marcaba el córner, le dio la espalda, puso el culo en pompa y apuntó con el dedo índice a su propio trasero. Le Saux se quedó paralizado ante lo que parecía un mal gag de Benny Hill. Y el árbitro le amonestó a él por retrasar la puesta en juego del balón. "Nos podía haber sucedido algo similar, ¿verdad?", pregunta Kapranos, feliz de pensar que, a pesar del éxito y el champán, la historia de Le Saux les pega mucho más que la de Beckham.

Tonight: Franz Ferdinand se edita el 26 de enero en Domino / Pias. F. F. actúan el 2 de abril en Bilbao (La Casilla); el 3, en Madrid (Palacio de los Deportes), y el 4, en Atarfe, Granada (Coliseo Atarfe).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de enero de 2009