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Tribuna:

La Sagrera como paradigma

Cuando era alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall lanzó la idea de una España con dos capitales. Era una apuesta inteligente porque equiparaba Madrid y Barcelona en ambición y en necesidades, pero nadie, fuera de Barcelona, creyó ni por un instante en la bicapitalidad y el tema se fue extinguiendo sin más. España ya tenía claro entonces que quería construir una única y potente capital situada en el centro del universo: el trazado radial del AVE, que todavía no toca fronteras, responde a esta lógica. Y es también por esta concepción por lo que el Ministerio de Fomento invierte alegremente en Madrid sin sentirse obligado a dar explicaciones. Madrid es la capital. Cuando Barcelona, ingenua, reclama inversiones similares para sus Cercanías, para la Sagrera, para accesos o para lo que sea, desde el ministerio le recuerdan que tiene que equipararse con cualquier capital de provincias, sea Málaga o Pontevedra, pero no con Madrid, que come aparte. El tono con que se lo recuerdan depende de quién ejerce en el ministerio.

Estaría bien dejar espacios vacantes para que Barcelona pueda, en el futuro, ubicar piezas que hoy no podemos ni imaginar

Por eso la señora ministra se permite recordar el pacto para financiar la estación de la Sagrera justo un día antes de anunciar otra nueva ampliación de Atocha, una Atocha que el ministerio ya remodeló sin escatimar gastos hace pocos años, incluyendo el encantador bosque tropical del interior y el microclima que lo hace vivir. ¡Como si Fomento cumpliera todos sus pactos con Cataluña, empezando por el traspaso de Cercanías o la discutidísima gestión del aeropuerto! En la comparación entre Atocha y la Sagrera no ve la ministra ningún agravio, así que es probable que el Ayuntamiento de Barcelona y la Generalitat acaben pagando dos tercios de la factura, ahora que la plusvalías previstas se han esfumado. También el Ministerio de Defensa regaló vastos terrenos para vivienda pública al Ayuntamiento de Madrid mientras le cobraba trinco-trinco al Consorcio de la Zona Franca el traspaso de los cuarteles de Sant Andreu. Barcelona, una de tantas capitales de provincia: el trato es el mensaje.

Ahora bien, esta sutileza provoca que se encadenen los despropósitos. Estaba previsto que la Sagrera se inaugurase a finales de 2008, pero en este año de gloria el ministerio estaba apedazando la estación de Sants, de manera que no se puso ni una sola piedra. No tiene sentido que un tren rápido tenga dos estaciones en una ciudad del tamaño de Barcelona, pero el AVE no fue por el litoral porque algunos alcaldes, y en especial Celestino Corbacho, forzaron el trazado para obtener contrapartidas. Por ejemplo, que Fomento enterrara las vías en L'Hospitalet, y si nos atenemos a la tradicional racanería del ministerio, no seré yo quien le afee la conducta al ex alcalde: más vale pájaro en mano. Pero estas cosas se pagan: se pagan en dilaciones, se pagan en pancartas (aunque nadie se crea que, desde Sants, el AVE buscará el litoral en lugar de ir en línea recta a la Sagrera) y se pagan en plusvalías esfumadas, que ahora le complican la vida al Ayuntamiento.

Joan Clos fue quien dibujó la operación: que la explotación inmobiliaria le pague a la Renfe la estación, dijo. Clos vivía en una economía en expansión y pecaba de nuevo rico, funcionaba con una caligrafía grandilocuente, pero suya es la concepción de las infraestructuras necesarias para Barcelona, muchas de las cuales están todavía pendientes. Incluso el zoo que ahora se publicita es idea de Clos. Pero si se hicieran todos los pisos que dejó previstos, no habría en Barcelona suficiente gente para ocuparlos: Hospital Militar, el Barça, Sant Andreu, la Sagrera, la Marina del Prat Vermell, el 22@, todo parecía fluir con facilidad bajo la consigna de "generar riqueza" que tanto gustaba al ex alcalde.

Clos pecaba de muchas cosas, pero tenía ambición de ciudad y tenía una voz clara y enojosa en Madrid. Barcelona reclamaba. Barcelona era Barcelona. Ahora nadie le chista al ministerio, nadie subraya el hecho brutal de que, para que El Prat cumpla su función económica, los empresarios catalanes ¡necesiten una línea aérea propia! O que las inversiones previstas durante el caos de Cercanías están llegando con cuentagotas, tarde y mal. Barcelona no se queja, Jordi Hereu no levanta la voz en Madrid: Hereu tiene su ciudad en la proximidad, esa proximidad que Clos esquivaba. Pero nos hace falta mucha más ambición para que Barcelona sea, precisamente, algo más que una ciudad de provincias. Y para que no todas las facturas caigan en el mismo bolsillo.

Está claro que la Sagrera representa un modelo que ya no va. Bienvenidos los equipamientos, pero no tantos pisos, hoteles y centros comerciales como tenía que (especulativamente) albergar: esa ciudad ya no la quiere nadie. Hay mucho terreno para reciclar, y estaría bien que se cubriera poco a poco, dejando espacios vacantes para que Barcelona pueda, en el futuro, ubicar piezas que no podemos hoy ni imaginar, porque no sabemos cuáles serán las necesidades de este mundo en crisis. A veces la moderación es la respuesta. Moderación, pero enérgica.

Patricia Gabancho es escritora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de enero de 2009