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COLUMNA

El escarabajo y el puerto

Admito que al principio me lo tome a guasa. Quizás tuvo la culpa la precisión horaria del descubrimiento. Fue una nota que indicaba que había sido detectado a las 14.15 horas de la tarde, con la exactitud del desembarco de Normandía. En ese preciso instante un operario del Ayuntamiento de Málaga lo localizó en una de las palmeras canarias del Parque, una joya botánica donde hace dos años el consistorio realizó una remodelación millonaria. La concejala responsable del área ofreció una rueda de prensa, advirtió que su aparición era el preludio de un desastre ecológico, y se quejó de ello a la Junta. Luego, durante varios días, las dos instituciones se ensalzaron en una dura batalla, que incluyó la petición de varias dimisiones.

A estas alturas se preguntaran ustedes que encontró ese operario municipal en esa palmera del Parque para provocar este conflicto. La respuesta es simple: un picudo de color rojo. Un escarabajo que arrasa con todo lo que encuentra a su paso, pero que tiene una especial predilección por las palmeras. Un bicho comilón que se lo traga todo, incluso lo poco que quedaba de cordialidad en las relaciones entre el ayuntamiento de Málaga y la Junta.

Admito que me había olvidado del picudo rojo, pero el pasado miércoles el PP de Málaga envió una convocatoria a los medios con este titular: "Concejales y responsable de Medio Ambiente de la provincia se reúnen para diseñar y poner en marcha un plan contra el picudo rojo. La reunión, que estará presidida por la Vicesecretaria de Sectorial del PP, Ana Carmen Mata, tendrá lugar mañana jueves en la sede del PP. Con posterioridad se celebrará una rueda de prensa". Ese día descubrí que tanta movilización tenía que ser por un problema grave. Hacen bien el PP en alertar sobre esta plaga del picudo rojo. Con el boom económico del ladrillo y junto a los billetes de quinientos euros en bolsas de plástico, las toneladas de cemento, las viviendas ilegales, los convenios urbanísticos, el yeso que se desploma de las paredes, los tabiques de cartón piedra y los nuevos ricos con todoterreno, se nos colaron otros muchos especímenes. Entre ellos este coleóptero, que pasó en un principio desapercibido. No vivíamos la crisis de ahora. Eran otros tiempos muchos más horteras. Había dinero para todo y en las urbanizaciones de lujo se creaban oasis alrededor de las piscinas rodeados de palmeras. Como el dispendio llegó a los ayuntamientos, desaparecieron los naranjos de las calles y en su lugar se plantaron datileras. Casi todas traídas de Egipto y sin control alguno. Con ello, allí donde no cabían más ladrillos se plantó una palmera.

Al igual que la presencia de las moscas en la corrompida Marbella de Jesús Gil, el picudo rojo fue una advertencia de lo que estaba por venir. La construcción expelía una ingente cantidad de desperdicios y las palmeras sirvieron para embellecer el desaguisado. Y ahora, tras el desplome inmobiliario llega la revolución del picudo rojo, que está a punto de tragarse los restos ecológicos de ese oasis artificial.

De momento, no todo son malas noticias. La plaga no afectará al eterno "Palmeral de las Sorpresas" del puerto de Málaga. Nadie podía pensar que, 16 años después de anunciarse el proyecto, nos íbamos a alegrar del retraso en las obras. Ha quebrado una de las empresas que realizaba la recuperación para uso ciudadano del puerto de nunca jamás. Y ello va a evitar que la primera sorpresa del palmeral fuese la presencia de los picudos rojos. Que a nadie le extrañe que en el próximo barco que llegue de Egipto al puerto de Málaga venga un picudo rojo y se instale en el muelle uno, para esperar que pongan la primera palmera del palmeral de las sorpresas y poder comérsela. Al ritmo que llevan las obras, el picudo se extingue por inanición antes de que tiren el primer tramo de la verja.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de noviembre de 2008