Vigo, Asturias
He tardado en ver la última de Woody Allen, como quien se resiste a complicarse la vida con una nueva y prescindible decepción. No es lo mala que es -lo inane, desganada, sosa y aburrida que es- lo que me desencanta, sino la sospecha de que Allen, demasiado ocupado en ver cómo Bardem le comía los morros a Johansson, y ésta a Penélope, como un obsceno viejo, desaprovechó enteramente el gran tema de comedia que él mismo apuntó en el inicio: la identidad catalana. Sólo un egocentrista como Allen habría podido retratar la complacida necrosis nacionalista, esa religión gaseosa resuelta en oraciones que suenan como pedos. Debió de rodar con un comisario turístico cerca, un asesor de postales: por suerte, no salen fotos de paellas. Pero el gran tema -ya que sobre el amor y la conciencia no tiene nada que añadir a cuanto nos ha dado en su filmografía anterior-, de la histeria hipernacionalista que llevó a los barceloneses a contratarle, nada que contar. Puede que ni siquiera se fijara. ¡Dios! Cuando pienso en los irónicos paseos que él y sus intérpretes habrían podido realizar, para retratar la ciudad y su eterna división entre el ombliguismo y la impotencia... Me viene a la mente Pandora, aquella extraña historia que Ava Gardner rodó en la Costa Brava: Allen debería haberla visto, antes de acometer, si quería, los tópicos, pero con narices.
La película es recomendable, aunque terriblemente tediosa, para confirmar qué poco somos cuando nos ponemos grandones dando pelas para que nos inmortalicen en cine. Su Oviedo parece una casa-piloto del clan Letizia y su Barcelona está llena de gilipollas gaudinianos. Somos poco, efectivamente: acabo de leer un volumen de Doris Lessing, editado por Harper Perennial -Time Bites (2004)-, en el que la insigne Nobel reúne una serie de trabajos, incluido el discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias. El cual, repetida y obstinadamente, fecha en ¡Vigo!
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