Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:RUTAS URBANAS

Una utopía a orillas del mar

Tel Aviv, ciudad-jardín de luminosa arquitectura, ejemplo del sionismo original, laico y progresista

La arquitectura es el termómetro de las utopías, y en Tel Aviv marca los grados que alcanzó en Palestina la fiebre de un nuevo Israel después de la I Guerra Mundial. La historia empieza con la carta privada más pública del siglo XX: "El Gobierno de Su Majestad ve con buenos ojos el establecimiento en Palestina de un hogar para los judíos...". (En 1917, el secretario del Foreign Office, lord Balfour, escribía al barón de Rothschild y a la sociedad sionista un folio por una cara que condensaba siglos de diplomacia y flema británica; y cambió la historia del siglo XX y lo que llevamos del XXI).

Los ingleses habían arrebatado a los turcos el control de Palestina -un regalo envenenado- y durante el mandato permitieron oficialmente la inmigración de contingentes judíos, más o menos a regañadientes, desde todos los rincones de una Europa cada vez más antisemita. Llevaba haciéndose oficiosamente desde finales del XIX: desde Polonia viajaron, por ejemplo, los padres del escritor Amos Oz, que cuenta en Una historia de amor y oscuridad cómo antes de emigrar su familia leía a diario pintadas antisemitas por las calles polacas: "Judíos, marchaos a Palestina" (justo en las calles donde él mismo, cincuenta años más tarde, leería: "Judíos, fuera de Palestina").

Guía

Cómo ir

» Olympic airlines (www.olympicairlines.com; 915 41 99 45) tiene vuelos de ida y vuelta entre Madrid y Tel Aviv, con una escala larga que permite pasar medio día en Atenas, a partir de 482,22 euros, tasas incluidas.

» El Al (www.elal.co.il) tiene vuelos directos de ida y vuelta a Tel Aviv desde Madrid y Barcelona, a partir de 628,41 euros.

Se compraron por nada las tierras áridas de los alrededores de Jaffa, el puerto principal de llegada: en 1900 había unos 5.000 habitantes en vecindarios caóticos y malamente tolerados por los turcos. En 1909 se rebautizó el asentamiento con el nombre de Tel Aviv, el monte de la primavera, que consiguió el estatuto de ciudad en 1917. En 1934 contaba ya con 75.000 residentes.

Tel Aviv tenía dos ventajas: estaba cerca del mar y lejos de Jerusalén. El sionismo original, laico y escorado a la izquierda, era el primer interesado en escapar al peso milenario de la Ciudad Santa, demasiado santa para demasiados fanáticos de demasiadas religiones.

En las dunas desiertas y las playas de Tel Aviv podían ponerse más libremente los cimientos de una ciudad y una sociedad nueva: la magnífica arquitectura de entreguerras de su casco viejo ha merecido ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, y habla claramente de los sueños igualitarios y progresistas de un Estado que no acabó de nacer hasta que pasó la pesadilla del Holocausto, y que muy pronto pisaría el lado oscuro y pagaría el precio que se cobran las utopías al convertirse en un punto fijo e inflexible más allá del horizonte.

Junto a Chandigarh (India) y Brasilia, Tel Aviv es el ejemplo de carne y hueso -de cemento y ladrillo y estuco- más completo del encuentro de una utopía política (aquel "hogar para los judíos" tras dos mil años de diáspora) y otra arquitectónica: la del Movimiento Moderno, la Bauhaus y el Estilo Internacional que encontraron en la ciudad construida ex novo la gran ocasión para poner en práctica sus teorías.

Los constructores de Tel Aviv tenían claro que el historicismo decadente de la vieja Europa no servía para levantar un mundo nuevo: demasiadas asociaciones y recuerdos de lo bueno y lo malo dejado atrás: los cafés de Viena, los pogromos de Rusia. Tampoco era práctico. Hacía falta un estilo joven, fresco en el sentido más literal: fachadas blancas para reflejar el sol del Mediterráneo, balcones y terrazas para airearse, azoteas planas y sin miedo a la lluvia, brise-soleils para graduar la sombra.

Cinturón de bulevares

Aún hoy se nota la planificación de Patrick Geddes, basada en la ciudad-jardín inglesa. Y la escala humana del centro la reproduce cada edificio: de tres o cuatro plantas como mucho y exentos para permitir la ventilación cruzada que ahora se descubre -a buenas horas- como prodigio de sostenibilidad. Casas democráticas, rápidas, sobrias, baratas, dignas y depuradas en sus acabados y detalles, sobre los pilotis que permiten jugar a los niños y cultivar jardines comunales, frente a calles residenciales estrechas y esquinadas que no pueden convertirse en atajos del tráfico de las avenidas comerciales. Y todo ceñido por el cinturón de bulevares elegantes y sombreados pensados para la hora del paseo.

Porque la escala humana se percibe andando: hay que caminar de terraza en terraza por la famosa calle de Sheinkin, que fue en los ochenta reducto de bohemios e izquierdistas y es hoy una zona gentrificada de tiendas caras donde se luce la gente guapa y la boyante comunidad gay. Y acercarse al núcleo de la vieja Tel Aviv para pasear por la calle de Bialik, o la calle de Idelson, verdaderos museos de arquitectura del XX: hay una sinagoga art déco y un antiguo ayuntamiento que duda todavía entre la Sezession vienesa y el nuevo estilo que proclaman los palacetes orgullosos de los años treinta.

Uno es hoy la casa-museo del pintor Reuven Rubin. Otro, la Fundación Bauhaus, con exposiciones dedicadas a la huella en Israel de la escuela de artes y oficios de Dessau: los nazis la cerraron en Alemania en 1933, pero encontró (justicia poética) en Tel Aviv una segunda vida y dejó una herencia que se alargó hasta bien entrados los años ochenta, cuando en el paseo marítimo cuajaron los rascacielos anodinos que ahora roban luz al resto de la ciudad.

Cachivaches y samovares

La plaza Dizengoff es el corazón del Tel Aviv comercial: ha restaurado sus edificios y un viejo cine luce hoy como hotel blanco y futurista. Hay cerca bares modernos y restaurantes-institución como el Idelson, y cobija un mercadillo donde todas las semanas afloran los cachivaches y los samovares y los bibelots europeos que trajo consigo la primera generación de inmigrantes.

En la calle de Ahad Ha?am, el Café Noir no envidia nada a los más elegantes de París o Berlín, y por todo el centro hay terrazas y bares informales de aire neoyorquino. Pero cerca queda la vieja Jaffa para recordar los orígenes árabes de la ciudad (y más antiguos aún: en el puerto que saqueó Bonaparte puede verse la Roca de Andrómeda, donde, según la leyenda, Perseo la rescató del dragón). Y en el elegante bulevar Rothschild o en el parque Meir luce una jardinería de secano que sabe aprovechar cada gota de agua para regar lentiscos, ficus, olivos, cipreses, papiros, buganvillas, adelfas, flamboyanes y jacarandaes.

Tel Aviv no llega al siglo y, frente a Jerusalén -cada vez más conservadora-, se muestra abierta, dinámica, mucho más relajada de lo que dejan adivinar nuestros telediarios, divertida de noche y de día: a muchos ultraortodoxos de Israel les pone nerviosos por eso. Su secreto está, a lo mejor, en que es joven, pero tiene memoria: sus habitantes se trajeron en las maletas los recuerdos de muchos siglos, y de noche, por las calles más tranquilas, uno se cree de vuelta a la Europa de la que vinieron.

» Javier Montes (Madrid, 1976) es autor de la novela Los penúltimos (Pre-textos, 2008).

Peregrinaje cristiano por territorio ocupado

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de octubre de 2008