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Reportaje:TEATRO | PURO TEATRO

El viejo Stoppard baila 'rock'n'roll'

El segundo acto es redondo, el interés no decae ni un instante y los actores, dirigidos con una serenidad y una ligereza que Rigola comenzó a cernir en 2666, brillan a gran altura

Tom Stoppard ya ha cumplido los setenta pero sigue escribiendo con la pasión de un adolescente: el espíritu de Syd Barrett, el Salinger de la psicodelia, atraviesa Rock'n'Roll, su última obra, que alterna la revuelta de Praga con la crónica de tres generaciones de una familia de Cambridge.

Una noche de verano de 1968, Esme, la hija hippy de los Morrow, cree ver al mismísimo líder de Pink Floyd en lo alto del muro del jardín tocando la flauta como el dios Pan y cantando Golden Hair sólo para ella. Es el "verano del amor" pero también el fin de la primavera de Dubcek, arrasada por los tanques soviéticos. Esa misma noche, el joven Jan, un estudiante checo fascinado por el rock y la cultura occidental, decide regresar a su país y se enfrenta a su tutor británico, el profesor Max Morrow, estalinista hasta el tuétano, que tiene "la edad de la Revolución de Octubre" y minimiza la ocupación: "Si once millones de soldados rusos no hubieran muerto, Checoslovaquia sería hoy una provincia alemana". De vuelta a Praga, Jan será perseguido por defender a una pequeña banda underground, The Plastic People of the Universe, emblema de una rebeldía sin consignas. El espíritu subversivo del rock no es aquí un simple cliché nostálgico: la detención del grupo detonó la protesta que culminaría en la famosa Carta 77, prólogo de la Revolución de Terciopelo.

Rigola ha inaugurado la temporada del Lliure con una gran producción: catorce intérpretes, una preciosa escenografía y una estupenda traducción

Rock'n'roll, que Àlex Rigola acaba de estrenar en el Lliure, podría haber sido una latosa obra de tesis (y una punta de tedio asoma en las prolijas discusiones entre Jan y su amigo, el activista Ferdinand) si Stoppard no inyectara una poderosa palpitación humana en los abundantes enfrentamientos de sus personajes. El dramaturgo no comparte la causa del profesor Morrow pero jamás le denigra: es una bestia feroz a quien regala las réplicas más ingeniosas de la función, para desvelar poco a poco su coraje estoico y su sensibilidad secreta. El centro emocional del primer acto es la apasionada discusión entre Max y su esposa, la poetisa Eleanor, que desde su lucidez terminal le muestra las complejidades del alma escapando como peces vivos de las redes de la razón dialéctica. La segunda parte contrasta, en paralelo, los hundimientos ideológicos y las resurrecciones espirituales.

Jan retorna al jardín inglés de su adolescencia para descubrir, entre otras muchas cosas, que el espíritu de Eleanor sigue latiendo en su nieta Alice y trata de emerger en la Esme adulta, perdida y apática tras haber pasado por todos los ismos de la década, pero mágicamente respaldada por el espíritu pánico del viejo Syd Barrett, abatido aunque no derrotado.

Si no me equivoco, es la primera vez (desde Rosencrantz y Guildernstern han muerto) que un texto de Stoppard llega a España tan sólo dos años después de su estreno en Londres, lo que cabe celebrar como un verdadero acontecimiento. Àlex Rigola ha inaugurado la temporada del Lliure con una gran producción: un elenco de catorce intérpretes, una preciosa escenografía de Glaenzel y Cristià (el jardín -del que emerge, subterránea, la habitación de Jan en Praga- ocupa el centro del espacio, con el público rodeándolo en gradas) y una estupenda traducción al catalán de Joan Sellent, que ofrece el texto con escasas podas: la función dura casi tres horas, pausa incluida. Las primeras escenas de Praga están un tanto lastradas por exceso de información, y tanto Joan Carreras (Jan) como Félix Pons (Ferdinand) parecen incómodos a la hora de "pasar" todo ese texto: hablan muy rápido, como si tuvieran miedo de resultar pesados. En ese tercio inicial la caracterización tampoco ayuda: Lluís Marco (Max Morrow) ha de pechar con un tinte y unas gafas que le convierten en un involuntario sosias de Joan Saura y se le ve tenso, envarado, y a Chantal Aimée (Esme) le han calzado un pelucón de presunta hippy que da grima. En cambio, Pep Torrents (Milan) logra olvidar que le han embutido en una architópica gabardina de poli eslavo y dibuja con claridad y fuerza tranquila su personaje. La reina absoluta del primer acto es Rosa Renom, una Eleanor fenomenal, pletórica de fuerza y de vida, desgarradora hasta las lágrimas. En su última escena, soberbiamente escrita, el soufflé -al fin de carne y sangre- sube a borbotones, y también la convicción de Lluís Marco, que tiene al fin un conflicto al que hincar los dientes. El segundo acto es redondo, tanto de construcción como de puesta en escena, superior para mi gusto a la de Trevor Nunn en el Royal Court. El interés no decae ni un instante y los actores, dirigidos con una serenidad y una ligereza que Rigola comenzó a cernir en 2666, brillan a gran altura, desde ese precioso arranque en el que les hace cantar a coro We'll Meet Again, de Vera Lynn, hasta la no menos emotiva clausura, en punta, con el Stir Me Up de los Stones. Es un material complicadísimo de montar (muy cercano a Ayckbourn, por cierto) donde no sólo se alternan las tramas sino que además se multiplican los personajes. Lluís Marco se mete al público en el bolsillo gracias a su composición, desbordante y poderosa, del viejo Max, sin extraños apósitos, sólo armado de su gran talento actoral. Joan Carreras sirve un Jan maduro, reflexivo, matizadísimo, completo, y Chantal Aimée y Mar Ulldemolins están impecables como Esme y Alice, madre e hija. Hay que destacar y aplaudir también a Sandra Montclús como Lenka, la estudiante checa que detonó la crisis entre Max y Eleanor, y al tándem Santi Ricart-Patricia Bargalló, en los roles del periodista Nigel, ex marido de Esme, aburguesado y unido a Cándida, columnista ultrapija, que interpretan sin ceder ni por un momento a la degradación caricaturesca. Oriol Guinart, otra de las perlas de la velada, rebosante de naturalidad, es Stephen, novio de Alice y el único capaz de cantarle la caña al viejo ogro marxista en una escena memorable. Hay que ir al Lliure, imperativamente, para ver Rock'n'roll, uno de los espectáculos del año. Y si viven fuera de Cataluña péguense un viajecito, caramba: los jueves y los sábados las funciones se ofrecen con muy buen subtitulado en castellano y en inglés.

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Rock'n'Roll, de Tom Stoppard. Dirección de Àlex Rigola. Teatre Lliure. Hasta el 19 de octubre. www.teatrelliure.com/

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de octubre de 2008