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Reportaje:MÚSICA CONTEMPORÁNEA | La escena internacional

Cinco generaciones camino de las alturas

La música española compite con un mundo en explosión, pero es bien aceptada y hoy es más fácil que nunca hacerse un hueco en la geografía de eventos internacionales

La música es memoria, y la memoria de la música es un continuo. Cuando decimos que el sonido o el concepto musical de agrupaciones como la Filarmónica de Viena o la Sinfónica de Berlín son un prodigio, en realidad estamos diciendo que los actuales miembros de esas orquestas se acuerdan de su tradición y de ese recuerdo extraen la motivación para la excelencia. Cuando escuchamos a un intérprete del flamenco sentimos su esfuerzo como el de alguien que está recordando algo. No hay gran artista de la música que no esté realizando la proeza de recordar lo que muchos otros han olvidado. Ése es el auténtico sentido de la tradición.

La música española de raíz clásica tiene aquí su principal carencia: recuerda mal o recuerda poco o inventa los recuerdos. Las instituciones musicales españolas tienen la pujanza de lo joven, ya sean orquestas, grupos, organismos de programación o creadores de toda índole, pero ante el menor síntoma de debilidad se enfrentan a problemas de legitimación que siempre nacen de un desfallecimiento del recuerdo. Frente a la seguridad metafísica de un cantaor flamenco, que parece buscar ecos enterrados en un imaginario con siglos de espesor; frente a la firmeza de tradiciones que se justifican por la sencilla solidez de su duración, como las bandas populares, tan fuertes en el Mediterráneo, o los grupos corales del norte de España, nuestra música clásica no consigue recordar bien la importancia de los siglos de oro de la música española o la viveza y dinamismo del periodo clásico del siglo XVIII. Es el resultado de cortes históricos brutales sobrellevados con traumáticas amnesias.

En el ámbito estético, España se encuentra en la misma buena posición de los países que han tenido una "modernidad" difícil

Si nos fijamos, por concretar el tema, en el ámbito de los creadores, estamos disfrutando de una estabilidad que ha permitido la coexistencia de prácticamente cinco generaciones de compositores vivos y activos. Es lo normal, pero no lo ha sido. Sólo el periodo de la Restauración produjo algo similar y el resultado fue la generación de Falla, Turina, Granados, Albéniz y la posterior y de nuevo frustrada Generación de la República.

Es cierto que el corte tremendo de la Guerra Civil tuvo un correlato en la hecatombe mundial que condujo a una amnesia globalizada y a la entronización de una vanguardia mundial purificadora y alérgica al pasado. Pero los grandes centros musicales europeos tenían anclajes donde poder recordar al menos la vida de las instituciones: orquestas, teatros de ópera, editoriales, temporadas, festivales y un respeto general del público hacia sus músicos.

No es posible ignorar todo este marco deficitario de España respecto a nuestro entorno a la hora de analizar las relaciones actuales de nuestra música contemporánea y el ámbito internacional. Y la memoria es importante porque, tras la fragmentación de la rigurosa vanguardia de posguerra, la influencia se desplaza como dando tumbos en función de la fuerza que cada escuela irradia en un entorno competitivo; y esa fuerza es función de su memoria como escuela o tendencia. El movimiento espectralista, por ejemplo (surgido en los setenta de la mano de Grisey o Murail), ha dispuesto de una reputación que no era ajena a su carácter francés y a su evocación de la tradición armónica gala o incluso del clasicismo a lo Rameau o Couperin. Así, incluso aunque haya influencia espectral en compositores británicos, canadienses, italianos, finlandeses o españoles, parece inevitable una suerte de peaje hacia el país vecino a quien se adhiere a un movimiento que técnica y expresivamente ha proporcionado excelentes resultados. A su vez, Alemania y Austria (con diversos matices) han impuesto escuelas en los últimos 20 o 30 años que, a través de grandes nombres (Lachenmann, Rihm...), propugnan las excelencias de modelos de composición donde abundan economías expresivas bastante alejadas del carácter latino, aunque de refinada técnica. Es, una vez más, el triunfo de los focos más fuertes de irradiación cultural. Y allí se encuentran, cómo no, los mejores grupos e instrumentistas, las grandes casas editoriales capaces de lanzar carreras artísticas, los festivales y temporadas más refinadas y con mejor eco en un público receptivo, los sellos discográficos especializados, las mejores y más abundantes oportunidades para realizar proyectos costosos (ya sean operísticos o con intervención de la tecnología); y en consecuencia los críticos más agudos y penetrantes, los musicólogos dispuestos a estudiar el fenómeno de lo contemporáneo y las bibliografías mejor surtidas. Todo este aparato institucional está ya al alcance de cualquier país europeo, en mayor o menor medida, pero sólo los países que recuerdan haber mantenido una alta cultura musical apuestan por ellos a conciencia. En estos foros, la música española es bien aceptada, pero ya compite con un mundo en explosión. Ahora toca digerir a vastas regiones del mundo (chinos, hindúes, etcétera), y no sólo por su emergente potencia económica y social, también porque plantean un agudísimo problema de memoria: ¿cuál es el recuerdo que subyace a una práctica musical de orden planetario?

Mientras se va rellenando el abismo que hay entre el ejercicio diario de la música y cuestiones tan enormes, la música española debe encontrar un sitio en un entorno internacional resbaladizo. En el ámbito estético, España se encuentra en la misma buena posición de los países que han tenido lo que llamaríamos una "modernidad" difícil, Reino Unido, países del este y del norte de Europa, Rusia y los países ex soviéticos, países no europeos de tradición occidental y más recientemente orientales. Es decir, llegamos frescos a un eclecticismo generalizado. Pero no dejemos de lado que si el modernismo predicó olvidar el pasado, y el posmodernismo, olvidar la vanguardia, no es lo mismo olvidar que tener amputadas partes esenciales de la propia historia. En suma, aunque los grandes centros internacionales siguen definiendo tendencias, corrientes y reputaciones, hoy es más fácil que nunca hacerse un hueco en la geografía de eventos internacionales, ya que ningún foco gana en legitimidad a otro. Hay que invertir pero ni siquiera es caro (comparativamente con otras cosas, por supuesto). Lo que debemos preguntarnos es que si las cosas son así, por qué no aceleramos, por qué preferimos la comodidad del remolque y que decidan ellos incluso lo que nosotros tenemos de bueno. Se me ocurre una respuesta, quizá ellos se acuerdan mejor de por qué apuestan por la creación musical. La buena noticia es que el tiempo corre a nuestro favor y la música de creación española ya tiene memoria de más de medio siglo desde una ruptura vanguardista que, por más cuestionada que ahora parezca, es el sistema nervioso de cualquier composición viable. Quien no lo crea así es porque opta por una enésima amputación, la de medio siglo de renovación del lenguaje musical; y ya está bien de amnesia.

Y si volvemos, para concluir, al joven panorama institucional español (agrupaciones de intérpretes, festivales, etcétera), nuestro país, muy marcado por el empuje de las comunidades autónomas, se encuentra en el umbral de una mayoría de edad, es momento peligroso pero lleno de expectativas, si lo pasamos con éxito descubriremos que el mito de "lo extranjero" se ha encarnado en nosotros; o sea, que podemos convertirnos en panorama internacional sin movernos de casa. Sería la mejor terapia para rehacer nuestra memoria.

Jorge Fernández Guerra es compositor y director del Centro para la Difusión de la Música Contemporánea y del Festival de Música Contemporánea de Alicante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de septiembre de 2008