Columna
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Cuenta conmigo Yahur

Se acusa a menudo a la prensa (más a la televisión) de meter el dedo en la llaga, de cebarnos en las imágenes dolorosas con tal de joder la mañana a quien compra el periódico o la comida a quien ve el telediario. Se supone que el fotógrafo lo es en realidad cuando ha visitado tres o cuatro países con hambruna o cinco o seis en guerra sin cuartel, sí, literalmente sin cuartel, es decir, con una marabunta machete en mano rebanando gaznates y quemando aldeas. Y no es así, queridos, no siempre es así. La foto de un accidente es todo lo desagradable que queramos que sea: pueden ser restos de la aeronave o restos humanos, camillas, sangre, destrucción. Por ahí se puede hurgar lo que se quiera. Es una foto sencilla, sencillamente horrorosa, horrorosamente sencilla. Esas fotografías suelen copar las columnas de las páginas de un periódico o llenan completamente las pantallas de la televisión. Se repiten una y otra vez, porque el dolor nos pone; ejerce un poder de atracción sólo comparable al influjo del chismorreo televisivo.

No se sabe si mira a un futuro de muerte y sacrificio o a un pasado de consignas y martirios

La fotografía, sin embargo, tiene vida propia y a veces no requiere la ceremonia de la sangre para ser tremendamente impactante. Pocos días después del accidente de Barajas, concretamente el miércoles, me sorprendió una fotografía en este periódico de la chica que no quiso ser suicida. Una foto brutal de una adolescente de entre 13 y 17 años que se arrepintió en el último minuto de ser una terrorista suicida en la ciudad iraquí de Baquba. La chica parace mayor de lo que es, quizá fruto de su voluptuosidad, y lleva un chaleco de explosivos dispuesto a ser explosionado para llevarse su escasa vida por delante y la de todos cuantos se encuentren a su alrededor. La chica mira ante los policías, esposada en una reja, y no se sabe dónde mira, si a un futuro de muerte y sacrificio o a un pasado de consignas, martirios, decálogos, odios y jardines de Alá aprendidos en las madrasas del horror.

No sabemos nada de ella. Ni siquiera su nombre, ni de dónde venía, ni qué pasó en su familia, ni qué estudió, si estudió, ni para qué, si alguien ya le concedió el terrible honor de autosegar su vida a los 13 o 17 años para llegar a los jardines de Mahoma donde descansan los que dan su vida por Alá.

De ahora en adelante te llamaré Yahur, porque me niego a mirarte sin saber cómo te llamas. Yahur es la foto de la tragedia y la esperanza, la tragedia que pudo haber sido y no fue y la esperanza que no parecía ser y, sin embargo, fue. Yahur no quería matar y no quería morir, que en este caso viene a ser lo mismo. Se entregó a la policía y denunció la situación. Evitó la masacre y su propia muerte cuando tenía y tiene toda la vida por delante. Todo eso y mucho más está en sus ojos: está el miedo, el dolor, la incertidumbre, la lucha contra el lavado de cerebro, las ganas de vivir de una niña o una joven que un minuto antes de morir decidió que nada es más absurdo que una muerte inútil. En sus ojos cabe todo eso y mucho más. En los ojos caben muchas cosas, más de las que creemos. Se diría que los ojos son infinitos. Caben, en Yahur, la vida y la muerte; imagínense si son grandes.

Yahur se rebeló contra la cultura del odio, la cultura de la muerte. Si hubiera explotado su chaleco, su acción hubiera ocupado 45 líneas sobre la enésima masacre en Baquba o en Teherán o en Jerusalén. Al día siguiente sería historia, un instrumento más del horror humano, o mejor inhumano, y vuelta a empezar. Dicen que a los terroristas islámicos les gustan más las mujeres suicidas que los hombres porque son menos detectables para la policía o el ejército. Y si son niñas, mejor. Sólo hay una cosa peor que un terrorista: un jefe de terroristas.

La imagen de Yahur es la imagen de que otro mundo es posible, aunque temo por ella. Temo que la policía iraquí la considere una terrorista y sus ex correligionarios, una terrorista arrepentida, lo que le conduciría a una doble condena. Así sería condenada por vivir y por no morir. Mucho me temo que ocurrirá, que le condenarán por igual las madrasas y el Gobierno (o lo que sea eso) iraquí. Se que no vale de nada, pero cuenta conmigo Yahur, que aquí sabemos desgraciadamente bastante de estas cosas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 28 de agosto de 2008.

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