Reportaje:ópera

Un genio anda suelto en Lucerna

Claudio Abbado y la orquesta del festival deleitan en la cita suiza

Los grandes directores musicales marcan sus territorios en los principales festivales del verano. Bayreuth es el reino de Christian Thielemann; Salzburgo, el de Riccardo Muti, y Lucerna, el de Claudio Abbado. Así de claro quedó anteayer en la inauguración del festival suizo. Su orquesta y Claudio Abbado abrieron fuego con músicas de Debussy, Ravel y Berlioz. Han hecho una pausa en la integral de las sinfonías mahlerianas, que iba pasito a pasito desde 2003, prometiendo, eso sí, que el año próximo la ración es doble.

Abbado se ha decantado en esta edición por un programa francés y otro ruso, de Chaikovski a Stravinsky. La "hora francesa" ha sido primorosa. No se ha echado de menos a Mahler. Un refinamiento supremo acompañó la versión de Abbado de los Nocturnos, de Debussy, que contó para Sirenas con la esmerada intervención del coro de mujeres de la Radio de Baviera. La atmósfera estaba creada y únicamente había que continuarla. Una mezcla de transparencia y magia sonora impregnó los poemas para canto y orquesta de Scherezade, de Ravel, con la colaboración de una Elina Garanca en estado de gracia. El clamor llegaría, en cualquier caso, con una brillante Sinfonía Fantástica, de Berlioz, enfocada sin ningún tipo de exageración retórica y destacando en todo momento la modernidad del sonido.

Lectura sabia, con una orquesta, como siempre, entregada, y un público que no se quedó atrás a la hora de manifestar sus afectos al maestro. Y es que Abbado, además de un músico sensible y analítico, es seguramente el director de orquesta más querido por los músicos con los que toca y por los públicos a los que se dirige. De ahí que vaya, en sus dosificadas intervenciones, de apoteosis en apoteosis. Lo curioso es que parece asustarse de las aclamaciones, con su aspecto de persona tímida que no ha roto nunca un plato, pero no puede evitar su condición de estrella actual de la dirección orquestal. Casi de un milagro se puede hablar en la formación de la Orquesta del Festival en torno a Claudio Abbado a partir de la edición de 2003. Las malas condiciones de salud del maestro milanés no hacían presagiar nada bueno. Algunos de los mejores músicos se apiñaron a su alrededor en una muestra de amistad, con el compromiso de reunirse en Lucerna todos los veranos para hacer música juntos. De la clarinetista Sabine Meyer a instrumentistas de los cuartetos Alban Berg o Hagen, del concertino de la Filarmónica de Berlín al primer contrabajo de la de Viena. Y los que hacían falta para completar la dimensión sinfónica de la orquesta salían de la cantera de la Mahler Chamber. El espíritu de solidaridad se mantiene hoy. Han hecho ya cinco sinfonías de Mahler, todas grabadas, y han tomado la costumbre de visitar cada año una ciudad. En 2005 fue Roma, en 2006 Tokio, en 2007 Nueva York y en septiembre irán a Viena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0015, 15 de agosto de 2008.