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ficciones

UN HOMBRE FEO

Su familia consiguió ocultarle que era feo hasta los 11 años. A esa edad escuchó una conversación entre dos niñas que hablaban de él como de un ser monstruoso. Una de ellas añadió que la cara era el reflejo del alma. Esa noche se observó detenidamente en el espejo del cuarto de baño y comprendió que las miradas que hasta entonces le habían dirigido los demás no eran de admiración, sino de espanto. Desde entonces adquirió la costumbre de pasar horas frente al espejo, intentando moldear sus rasgos con la yema de los dedos, como si su rostro estuviera hecho de arcilla. Cuando lograba una expresión que consideraba agradable, intentaba mantenerla forzando los músculos de esa zona. Con el tiempo llegó a controlarlos todos, hasta el punto de que sobre el rostro original fue construyendo poco a poco una careta natural. Al elevar los extremos de las cejas, logró atenuar la apariencia de mezquindad de la mirada, que adquirió una expresión despierta, admirativa, frente al gesto de desolación anterior. Consiguió también, con un leve estiramiento de los músculos que soportaban los párpados inferiores, obtener la apariencia de unos ojos risueños, incluso chispeantes. La zona más fácil de modificar fue la de las fosas nasales, pues bastaba abrirlas hasta el límite para transmitir una impresión de franqueza que agradaba al interlocutor. En cuanto a la boca, logró corregir la dirección de las comisuras, tristemente inclinadas hacia abajo, y evitar que el labio superior cabalgara sobre el inferior, lo que provocaba una extraña sensación de monotonía idiota. Todo esto, por lo que se refiere a los grandes trazos, a las líneas estructurales, aunque su dominio de los músculos faciales llegaría a ser tal que llenó de matices los pómulos, las mejillas, la frente... Con el tiempo, logró incluso aproximar las orejas al cráneo, eliminando aquel defecto por el que algunos compañeros le llamaban Dumbo.

SE CASÓ A LOS 30 AÑOS Y DURANTE ALGÚN TIEMPO SE NEGÓ A TENER HIJOS. NO SOPORTABA LA IDEA DE QUE SE PARECIERAN A ÉL, quedando CONDENADO A VER FUERA LO QUE HABÍA REPRIMIDO DENTRO

El proceso de transformación completo duró siete años, lo que permitió a su familia acostumbrarse sin sobresaltos al nuevo rostro. Llegó a los 17 convertido en un joven atractivo. Por si fuera poco, la fealdad invisible que latía en el fondo de aquella fisonomía generaba en el rostro una tensión excitante. Durante aquellos años de construcción de su nueva personalidad se encerraba dos o tres veces al día en el cuarto de baño y, para descansar, abandonaba todos los músculos faciales a la posición original. Entonces, cuando su rostro se derrumbaba como un edificio dinamitado, hasta él mismo se espantaba del individuo que le miraba con expresión idiota desde el otro lado. Con el tiempo los periodos de descanso se redujeron, tanto en cantidad de sesiones como en la duración de éstas, pero de vez en cuando, por puro agotamiento, necesitaba abandonarse a su condición original, que era más horrible a medida que se hacía mayor. Estas caídas coincidían por lo general con épocas de tristeza, de depresión, con fracasos laborales o amorosos. Cuando algo le salía mal, en fin, se encerraba en una habitación cualquiera, o se metía en un ascensor, y dejaba que el hombre feo se abriera paso entre las facciones del hombre atractivo. Por fortuna, nunca tuvo la tentación de abandonarse a la fealdad de forma concluyente. Siempre funcionó en él una suerte de instinto de conservación que le empujaba a perseverar en el fingimiento, en la máscara.

Se casó a los 30 años y durante algún tiempo se negó a tener hijos. No soportaba la idea de que se parecieran a él, quedando así condenado a ver fuera, durante el resto de su vida, lo que había logrado reprimir dentro. Finalmente, las presiones de su mujer y un aumento temporal de la autoestima provocado por un ascenso en el trabajo, le obligaron a ceder. El niño nació bien, pues resultó ser casi idéntico a la madre, pero la tensión nerviosa que supusieron los nueve meses de embarazo (una eternidad), así como los días previos al nacimiento y el mismo parto, fue tal que empezó a necesitar más periodos de descanso y más largos, cada día más largos. Si el niño era guapo, pensó, quizá él podía por fin resignarse a ser feo. Fuera lo que fuera, lo cierto es que dejó de extremar las precauciones.

Ahora no siempre se encerraba en el cuarto de baño para regresar a su condición original, que tenía, curiosamente, algo de regreso a casa. A veces, en la oscuridad del cine, con su mujer al lado, dejaba los músculos en reposo y se convertía, en medio de las sombras, en el monstruo que en realidad era. En otras ocasiones fingía un estornudo para taparse la cara durante unos segundos en los que aparecía el otro detrás de sus dos manos. Tampoco era raro que cuando caminaba solo por barrios alejados del suyo se abandonara a su condición natural sin importarle el gesto de espanto con el que era observado por los transeúntes.

Un día, en uno de estos paseos, se cruzó casualmente con su mujer, que se detuvo extrañada ante aquella aparición que evocaba en ella algo inconsciente. Aquel hombre horrible llevaba las ropas con las que su marido había salido de casa esa misma mañana. Además, era corporalmente idéntico a él, se movía como él y quizá tuviera la misma voz que él, así que, para comprobarlo, le preguntó la hora. El hombre feo miró su reloj (idéntico también al de su marido) y se la dio con una voz extraña, como si la estuviera forzando, antes de continuar su camino.

Esa noche, cuando marido y mujer se encontraron en casa, hubo entre ellos una tensión especial. Dieron, como era su costumbre, de cenar al niño y lo bañaron entre los dos y lo metieron en su cuna. Mientras realizaban estos ritos, ella intentó mantener a su esposo alejado del bebé, de lo que él se dio cuenta. Finalmente, cuando el niño se durmió, cenaron ellos. Luego se sentaron a ver la televisión. Ponían una película de miedo. En uno de los descansos, la mujer se volvió y le dijo:

-Dime una cosa y nunca más volveremos a hablar sobre el asunto: ¿Tú eres él?

-Sí -respondió el hombre feo.

En ese instante salió de la pantalla de la televisión un grito, el grito de la protagonista de la película de miedo. Nunca supieron si había gritado por lo que sucedía dentro de la película o fuera de ella.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 20 de julio de 2008