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Necrológica:

En la muerte de Gonzalo Pérez de Olaguer, crítico teatral

Amaba el teatro por encima de todo, era generoso y claro

Nunca conocí a un cómico, ni a uno solo, que hablara mal de Gonzalo Pérez de Olaguer, decano de los críticos de Barcelona, fallecido el lunes por la noche de un cáncer, a los 71 años. Todos, absolutamente todos, le querían y le respetaban. Era uno de los suyos, un hombre que amaba el teatro y a sus oficiantes por encima de cualquier otra cosa. Era un crítico generoso y claro, didáctico y apasionado. Y amor con amor se paga. Ese amor y esa entrega a la causa teatral venía de muy lejos. En 1963, Pérez de Olaguer fundó en Barcelona el Grupo Teatral Bambalinas, montando piezas de autores tan espinosos para la época como Fernando Arrabal o Max Frisch. En 1965 fundó Yorick, una insólita revista teatral (insólita por su calidad, por su periodicidad mensual y por su duración: nueve años contra todos los vientos y todas las mareas) que editó, dirigió y costeó mientras, por si tal empeño fuera poco, sacaba adelante la librería Metropolitana, en el número 31 de la calle de Canuda de Barcelona, un establecimiento especializado en libros de teatro, cine y poesía, o sea, el negocio ideal para hundirse en la miseria. Yorick fue una publicación tan heroica e imprescindible como su hermana madrileña, Primer Acto, y la Metropolitana, un obligado punto de encuentro para los profesionales de cualquier punto de España y para todos aquellos chavales que buscábamos desesperadamente aquellos libros que nadie más podía ofrecernos.

Yo no sé cuándo dormiría Gonzalo, porque al poco tiempo (el 20 de noviembre de 1969) sumó a su doble trayectoria una tercera y absorbente actividad: la de director artístico del célebre teatro Capsa, a instancias del actor Pau Garsaball, metido a empresario con un sentido del riesgo parejo al de su amigo y socio. El Capsa de la calle de Aragó se convirtió en nuestro teatro: por allí pasaron (y arrasaron) La Cuadra de Sevilla con Quejío, los Goliardos con La boda de los pequeños burgueses, Gómez con Gaspar e Informe para una academia, Benet i Jornet con Berenàveu a les fosques y Els Joglars de El joc, Cruel ubris y Mary d'Ous, entre muchísimos otros nombres punteros, así como aquel Retaule del flautista de éxito fulminante e inesperado, que duró casi un año en cartel. Cuando el Capsa cerró sus puertas, en 1976, para reabrir como sala de arte y ensayo, Gonzalo ya había dejado su dirección artística para pasar a la crítica diaria. Primero en Mundo Diario, a finales de 1973; en 1976 saltó al Diario de Barcelona y en 1978 se convirtió en el crítico titular del recién nacido El Periódico, donde permanecería (¡30 años!) hasta su muerte.

Gonzalo entró y salió innumerables veces del quirófano del Sagrat Cor, aguantó tajos, cosidos y quimioterapias, pero no perdió nunca su pasión ni su sentido del humor. A los cuatro días, como quien dice, de pisar de nuevo la calle tras uno de tantos ingresos, volvíamos a encontrárnoslo en un estreno, enflaquecido y rapado, pero siempre sonriente, aquella sonrisa con la que parecía decirnos: "Tranquilos, que aquí no ha pasado nada". A veces su humor podía ser ferozmente negro. Con Joan Anton Benach, su amigo del alma, el que más le conocía y quien con más frecuencia le visitaba, jugaron a escribirse las respectivas necrológicas. Gonzalo leyó la que Joan Anton le había escrito y comentó: "Está bien, pero le falta un poco de vuelo. Quizá si esperas unos días acabarás por pillar el tono justo". El invierno pasado, María José Ragué, colega de El Mundo, convocó a todos los miembros del jurado del Premio de la Crítica en casa de Gonzalo: se temía, y nos temíamos, un desenlace rápido. Salimos de allí convencidos de que aquella era la despedida, pero nos equivocábamos. Volvió a la batalla y tuvimos la suerte, a instancias de Carme Tierz, de poder rendirle un homenaje en vida: con motivo de la publicación de Memòria crítica: Els anys difícils del teatre català, que recogía sus espléndidas crónicas en Teatre-BCN, la profesión entera se dio cita en la Cúpula Venus, reabierta para la ocasión. Fue un llenazo de los que hacen historia, hasta el punto de que muchos de nosotros nos quedamos a las puertas de la sala, total y absolutamente abarrotada de amigos. Don Gonzalo Pérez de Olaguer no se merecía menos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 4 de junio de 2008