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Reportaje:ESCAPADAS

El tonificante Finisterre francés

Sabores atlánticos y placeres termales en la baja Bretaña

Guérande, Le Croisic y La Baule. Una delicia viajera. El comercio de sal y la pesca de bacalao fueron su fuente de prosperidad en el siglo XVI. Hoy lo son los balnearios, la bahía y las terrazas frente al mar.

Los faros, orgullosos y a la vez tímidos; las casitas, lindamente pintadas; los pequeños puertos pesqueros, al borde o próximos al océano Atlántico; el cielo, gris o azul, aunque siempre concentrado, y, sobre todo, la brisa salada e inconfundible -con sabor a mares nórdicos, como si, furiosa por su impacto, lamiese sin cesar la costa-, hacen de esta zona continental francesa casi una isla. Un lugar particular y único. El departamento de Finistère.

La baja Bretaña, quizá menos conocida que la alta, posee los mismos alicientes que su hermana, y es igual de bella, aunque menos turística. El escritor escocés Kenneth White habla de ella como de una geografía donde se entremezclan mitos celtas y brumas. "Senderos de la tierra, senderos del mar, senderos del cielo", escribe White. "El cuerpo-espíritu los ama a todos, y los recorre para hundirse en ellos siempre más profundamente, hacia lo real".

El triángulo que forman Guérande, Le Croisic y La Baule se hizo próspero en los siglos XVI y XVII gracias al comercio de la sal, la pesca del bacalao y los armadores navales. La parte oeste es uno de esos lugares raros donde el interior se adelanta hasta el mar sin los habituales obstáculos del urbanismo especulativo.

LE CROISIC

Bien comunicada, un TGV (tren de alta velocidad) desde París nos lleva en hora y media hasta esta región. Y las carreteras fluidas desde Brest, entre riscos de color sangre, enlazan los numerosos núcleos urbanos. Los contrastes sorprenden. En sus costas alternan parajes fértiles y habitables con otros rocosos o áridos, calas y playas arenosas escondidas entre grandes peñascos.

El clima atlántico-oceánico, indisociable de su orografía, despierta, nada más entrar en contacto con tierra, campos de energía imprevisibles. Horas melancólicas, abotargadas, y horas de exaltación vital se confunden mientras uno pasea por pasarelas inmensas de algas, meandros, hondonadas y pirámides arcillosas o de granito que emergen al ritmo de las mareas que los hacen visibles como suelos terrestres antes de hacerlos desaparecer de nuevo, llevándoselos con la corriente a su invisible mundo.

Le Croisic, delicioso pueblo marítimo, constituye un bello ejemplo de ese anhelado petit bout du monde (pequeño fin del mundo) y comienzo de un descanso estival para templar los nervios. Desde el puerto y sus inmediaciones -con su antigua lonja donde se celebraba la subasta pública de pescado- parte el camino hacia diversas actividades. A dos calles del mercado central, la plaza del Ayuntamiento vibra. Hay tiendas, diversiones, locales donde sirven crustáceos y mariscos, pero sobre todo restaurantes para degustar las suculentas galettes de sarazin, crepes o tortitas con sidra.

Del bulevar general Leclerc a la playa de Portolin, una de las más agradables, se llega en diez minutos. En Le Croisic todo se encuentra a mano, como el barrio norte, peatonal, o los muelles; y no hay que irse sin comprar sardinas de la marca San Jorge contra el Dragón y algunos saquitos con sal de Guérande. Una visita al faro de Tréhic al atardecer, en la punta este, permite descansar la vista y caminar silencioso entre sentimientos enlazados a la antigua promesa de un secreto. Cerca, algunos cámpings ofrecen la práctica de un turismo ecológico.

LA BAULE

La Baule, a media hora en bici de Le Croisic, gran estación balnearia frente a nueve kilómetros de playa arenosa y dorada, fue construida por y para la burguesía, y luego ampliada gracias a la prosperidad industrial de los sesenta. Su prestigio es merecido: se sitúa en una de las bahías más cotizadas de Europa, siempre en boga para los parisienses, y asequible con ciertas previsiones y reservando con tiempo.

Bajo el sol y la sombra que producen sus 650 hectáreas de pinares, la estación balnearia de La Baule cuenta con una formidable panoplia de equipamientos e infraestructuras. Dispone de palacetes, hoteles con encanto, villas y apartamentos de alquiler. El Royal-Thalasso ofrece sesiones de talasoterapia, piscina hidrotónica, tratamientos de adelgazamiento y estéticos.

Sin embargo, esta estética suntuosa concurre armoniosa con la diversidad del patrimonio local, donde predominan la madera al estilo nórdico y el ladrillo, chalés savoyards, influencias bretonas, normandas o vascas. Su casino y L'Hermitage Barrière (cadena de hostelería con encanto presente en Cannes y Deauville, cuyas habitaciones salen a partir de 165 euros la noche; www.lucienbarriere.com) proponen equitación, deportes náuticos, tenis y golf. Además, la villa balnearia organiza circuitos por los alrededores, visitas a monumentos megalíticos, escapadas vespertinas al submarino El Espadón, en los astilleros navales de Saint-Nazaire, o recorridos por el estuario del Loira.

En La Baule, el eclecticismo ruidoso, los salones mundanos, el confort o los deportes alternan con los pasatiempos afines a la tercera edad. No hay más que pasear entre sus avenidas y calles balizadas de pinos para comprobarlo. El ambiente sugiere tranquilidad y sosiego.

Tanto en Le Croisic como en la exuberante La Baule, toda la región disfruta de una tonicidad vital muy peculiar. El apetito surge con la espontaneidad del impulso inaplazable y tiene remedio inmediato: sentarse en una terracita por algún recoveco agradable y pedir una cerveza. Desde allí, la brisa salada del regio océano te golpea el rostro y te revigoriza. Bate los músculos, agita la sangre. Apenas unas horas más tarde, las gaviotas vuelan bajas, emiten sonidos extravagantes, como si dijeran algo, reiteradamente.

Entonces -mientras acabas los preparativos de la próxima excursión, ya puestas las zapatillas y el bastón en la mano-, te sorprendes rememorando a W. Blake: "En vuestro pecho lleváis vuestro cielo, y la tierra y todo lo que contempláis, incluso si parece suceder en el exterior, llega del interior". Ese momento, aunque luego el viaje pueda fallar, auspicia un momento de bonheur.

GUÍA PRÁCTICA

Datos básicos- Prefijo telefónico: 0033.- Le Croisic y La Baule pertenecenal departamento de Finistère,en la Bretaña francesa.Cómo ir- Le Croisic está a 465 kilómetros al suroeste de París. El aeropuerto más cercano, a unos 90 kilómetros, es el de Nantes (www.nantes.aeroport.fr).- Iberia (902 400 500; www.iberia.com) ofrece vuelos directos a Nantes desde Madrid y Barcelona. Iday vuelta, a partir de 149,94 euros.Dormir- En www.finistere-booking.com se encuentran alojamientos en Finistère.- www.relaischateaux.com.- www.logis-de-france.fr tiene29 hoteles en la zona.Visitas- Océarium (240 23 02 44; www.ocearium-croisic.fr). Avenue de St. Goustan. Le Croisic. La entrada al acuario cuesta 11 euros para adultos y 8 para niños. En junio abre todos los días de 10.00 a 18.00; en julio y agosto, hasta las 19.00.- Centre de Thalassothérapie Thalgo La Baule del hotel Royal (www.lucienbarriere.com; 240 11 99 99). Avenue Marie-Louise. La Baule. Hay paquetes con circuito termal de medio día a partir de 70 euros.Información- Oficina de turismo de Le Croisic (www.ot-lecroisic.com; 02 40 23 00 70). - Oficina de turismo de La Baule (www.labaule.fr; 240 24 34 44).- Turismo del departamento de Finistère (www.finisteretourisme.com).- Turismo de Francia (807 11 71 81; www.franceguide.com).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de mayo de 2008

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