La encrucijada saharaui
El pueblo saharaui padece una situación dramática. Mientras una parte de su población permanece en el Sáhara Occidental con sus derechos fundamentales pisoteados cada día, la otra sobrevive en los campamentos de refugiados de Tinduf ante la pasividad de la comunidad internacional.
Allí, en medio de la hamada argelina, cada día son más fuertes los gritos que reclaman el retorno a la guerra. Ese paso constituiría una inmolación estéril de centenares, tal vez miles de jóvenes, que de cualquier manera parecen estar condenados a sacrificar sus vidas y sus sueños.
A poco que rasquemos en nuestra historia reciente, descubrimos avergonzados cómo España cedió la administración de la última colonia africana desde la agonía de quimeras imperiales, pero que dejó inconcluso y empantanado el proceso de autodeterminación. No quiero que mi país participe en ningún tipo de guerra, y ante todo debemos evitar ser los causantes de cualquier masacre.
Este 24 de abril, EL PAÍS dedicó su contraportada a Aminetu Haidar, que después de sufrir prisión y torturas sólo tiene palabras de conciliación. Ahí reside su verdadera fortaleza y una de las pocas luces de esperanza en este conflicto: el enfrentamiento pacífico y tenaz de la justicia y la razón contra la violencia y la arbitrariedad.
Pero el pueblo saharaui no puede convertirse en un parque temático para la solidaridad ni podemos arrinconarle en un callejón sin salida.
El Gobierno español debe asumir nuestras responsabilidades y favorecer una salida que no resulte insultante para los 250.000 refugiados que cada día nos ofrecen una lección de civilidad. Si nos cruzamos de brazos, ¿con qué cara miraremos a los ojos de los más de 10.000 hijos del desierto -niños y niñas alegres y vivarachos en un exilio sin esperanza- que pasarán este verano junto a nosotros.
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