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Tribuna:

Las paradojas de los museos

Paradoja: declaración en apariencia

verdadera que conlleva a una autocontradicción lógica o a una situación

que contradice el sentido común.

Sin duda, fue el modelo francés el que decidió y ayudó a cristalizar los distintos proyectos museográficos que se desarrollaron en Europa a lo largo del siglo XIX. Todos los museos creados en ese momento (Louvre, National Gallery, Prado), nacen con la finalidad abiertamente proclamada de instrucción de los ciudadanos, y responden a la misma inquietud enciclopédica que pretende repasar todos los estilos del arte en su momento y en el que la noción de público resulta más o menos circunstancial y la experiencia artística se reduce a una experiencia de tránsito, de paseo.

"Los museos públicos satisfacen las necesidades de ciudadanos con elevado nivel de formación y renta"

Sin embargo, a lo largo del siglo XX se ha producido, en los núcleos urbanos, una serie de hechos que han modificado la concepción clásica de museo. Por una parte, se ha desarrollado la concepción, dentro de la lógica de la acción pública, de que los museos se deben convertir en herramientas de satisfacción de las "necesidades culturales" de la ciudadanía activa. Así hemos asistido a la proliferación de "lugares", "espacios", "centros" en torno a "acciones" y "eventos" culturales planificados y programados con objetivos que nada tienen que ver con los proclamados por la museografía del siglo XIX. De esta manera los museos pasan a ser indicadores de excelencia de las ciudades y referentes del nivel cultural de las comunidades que los albergan

Por otra parte, los propios museos se han ido convirtiendo, progresivamente, en instituciones híbridas que ofrecen una multiplicidad de bienes y servicios, y una parte de ellos cada vez más orientados hacia las lógicas de un mercado, en el que tienen que competir con otros bienes y servicios de cultura y de ocio y en la que se ven forzados a utilizar toda la parafernalia de las técnicas de gestión, de calidad, y de comunicación y a someterse a la evaluación de la eficacia y la eficiencia. Todo este conjunto de cambios han conducido a los museos a la primera paradoja de ser instituciones cuya riqueza aparente (un stock acumulado históricamente y de dimensiones crecientes) contrasta con las restricciones a las que les somete ante los crecientes costes de mantenimiento de las colecciones y edificios históricos, las necesidades de personal especializado desde la restauración a la didáctica o la comunicación y la gestión cultural y enfrentados a unas políticas de adquisiciones que se insertan en mercados alcistas en los que las obras de arte se asimilan a activos financieros.

En el caso de la Comunidad Valenciana, contamos, en términos cuantitativos, con una densa red de museos (más del 12% del total nacional) y especialmente importante en museos de Arqueología (casi el 30% del total español) Etnografía y Ciencias naturales (alrededor del 16% del total español), aunque con algunas carencias en las casa-museo, los museos de Historia o los museos de sitio. También el interés del sector público en términos de gasto muestra cierto diferencial en la orientación de los recursos hacia los museos (por ejemplo: el 11% del gasto público en cultura para el período 2002-2005 frente al 8% del conjunto de las CC AA). A pesar de ello, según la encuesta de hábitos y prácticas culturales de 2006-2007, asistir a un museo sigue siendo una práctica restringida a una minoría de la población. Sólo el 15,4% de la población valenciana había visitado un museo en el trimestre anterior, cifra que se sitúa ligeramente por encima de la media española (15,1%), pero que también muestra una frecuencia de visitas ligeramente por debajo de la media española -2,0 en Valencia, frente a los 2,1 de media española-. Si atendemos además al hecho de que, tal y como muestran los excelentes datos del barómetro de la fundación Escacc, dichas visitas van asociadas a variables como el nivel de renta y de formación, podemos concluir que los impactos en la democratización del acceso a la cultura, en el caso de los museos en general y de los valencianos en particular, resulta bastante limitado.

Esta es la segunda paradoja: los museos públicos satisfacen básicamente las necesidades de ciudadanos con elevado nivel de formación y renta, y esta situación contradice los presupuestos de la nueva museología, formulada hace ya más de 30 años, en la que se manifiesta que el museo debe estar al servicio de hombres y mujeres, y no viceversa, que tiempo y espacio difícilmente pueden estar constreñidos dentro de muros y puertas, y que los profesionales de los museos son agentes sociales al servicio de la comunidad en la que se asientan. Estos grandes principios, además, deben combinarse con nuevos marcos que propicien aspectos transversales, como la accesibilidad, la equidad, la diversidad y otros aspectos que buscan desarrollar nuevos y más profundos vínculos del museo con el territorio.

La resolución de esta doble paradoja requiere de un interés mucho más elaborado por parte de las administraciones responsables, para que entrevean más allá de la parte "ornamental" de los museos y que se fijen con detenimiento en su creciente centralidad y en sus funciones sociales en entornos democráticos avanzados. Requiere también de una mayor profesionalidad y capacitación de los recursos que constituyen el capital humano de los museos, desde el ámbito de la planificación al estricto de la gestión. Y finalmente los museos necesitan someterse a marcos de mayor transparencia y control, deben convertirse en instituciones sujetas al debate social y al escrutinio participado por parte de la ciudadanía, los agentes sociales y los partidos. Desde esta perspectiva, adquiere cada vez más importancia la evaluación del museo como servicio público e incorporar los criterios de una mayor gobernanza.

El establecimiento de prioridades a partir de la definición de criterios específicos resulta imprescindible. Las tendencias de futuro en los museos, a nivel internacional, señalan tres grandes retos: a) diseñar una misión y una identidad para las instituciones museísticas, corresponsable con su función social b) organizar y gestionar el museo con criterios de calidad, eficacia, eficiencia y equidad, de acuerdo con la lógica de la acción pública y c) conseguir marcos financieros estables soportados en aportaciones tanto del sector público como del privado, apelando a la cada vez más interiorizada responsabilidad social de los agentes económicos.

Es un buen momento para instar a que el sistema de museos valencianos interiorice la dinámica que supone asumir dichos retos.

Antonio Bravo es economista y gerente del Museo de Bellas Artes de Valencia. Pau Rausell es director de la Unidad de investigación en Economía Aplicada a la Cultura de la Universitat de València

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de mayo de 2008