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Crítica:XII FESTIVAL DE JEREZ

En estado puro

Después de cinco espectáculos producidos en sus casi diez años de compañía propia, la bailaora decidió reunir en una función bailes y coreografías elegidos de su trayectoria artística, una especie de libro de estilo que condensa la forma de bailar marca de la casa, la que le ha dado -además de popularidad- un espacio propio y de prestigio; su Santo y Seña, con el que lleva girando el último año. La obra, sin embargo, supera el concepto de antología, pues los elementos enlazados terminan por configurar una obra autónoma en la que su baile de mujer se adueña de la escena, por más que deje espacio para que el cuerpo de baile, masculino en esta ocasión, dibuje las líneas de sus conceptos coreográficos. Apenas dos cuadros completos -por farruca y las bulerías de Rarapata- para dejar constancia de que la exigencia que se impone a sí misma la traslada a toda su compañía, pues se trata siempre de coreografías que combinan una alta complejidad técnica con un desarrollo tan intenso como dinámico.

SANTO Y SEÑA

Baile, Coreografía y Dirección artística: Eva Yerbabuena. Cuerpo de baile: Eduardo Guerrero, Juan Carlos Cardoso, Alejandro Rodríguez, Juan Manuel Zurano. Cante: Enrique Soto, Pepe de Pura, Jeromo Segura, José Valencia. Guitarras: Paco Jarana (Composición y Dirección Musical), Manuel de la Luz. Percusión: Javier Domínguez. Flauta: Ignacio Vidaechea.

Teatro Villamarta, 1 de marzo.

Siempre generosa en las partes que se otorga en los espectáculos, en este nuevo trabajo el derroche es superlativo, pues enlaza cuatro bailes distintos y en cada uno de ellos deja el resto y con el mérito añadido de ir cambiando de registro. Se trata, pues, de una Eva en estado puro, sin más argumentos que su propio arte y la forma de expresar los estilos que ha escogido. En la seguiriya inicial, que bien podría recuperar la de 5 Mujeres 5 como la de A cuatro voces, Eva, como ocurriría con otros bailes de la misma noche, se deja empapar del cante que le llega por los cuatro costados del escenario. Aficionada confesa, siempre ha elegido una gama de voces de amplia variedad tímbrica, como si en ese reparto hiciese descansar las diferentes vertientes de una misma sensibilidad. Es el baile de la intensidad que busca en la raíz de la tierra su fuerza y que recorre el escenario entre la escobilla contenida y el estallido de la cintura que se requiebra dolida. Con el mirabrás - tomado de El huso de la memoria- la bailaora, en cambio, se deja mecer por la música y por una cadencia juguetona, sabrosa en vaivenes y contorsiones que se prolongan por el juego que añade una bata de cola que también baila o el uso del mantón para dejar más figuras prendadas en el aire Es la picaresca y parte de una feminidad que -con un añadido de sensualidad- se va a consolidar en la siguiente comparecencia por tientos y tangos. En esta pieza, que no proviene de ninguna obra anterior, la curva se concentra en el espacio que va de la cintura a los hombros mientras la flamencura gana enteros. Sin extenderse en la suerte, la bailaora apenas deja unos minutos al cuadro para introducir la siguiente pieza. Justo el tiempo de cambiarse y Eva que afronta su siempre esperado baile por soleá. Distinto al de otras ocasiones, se deja de nuevo inspirar por el cante y entre sus cantaores se refugia para meter los pies y encadenar auténticos estallidos de fuerza y de compás. Exacta en los cortes, elegante en los desplantes, la bulería se enseñorea de la apoteosis final.

Santo y Seña es, pues, un concentrado de Yerbabuena servido en cuatro raciones distintas. Una obra que comienza y termina en ella y sólo a ella remite. Para regocijo de sus seguidores y para mayor riqueza de un baile de mujer que, justo el día antes, en este festival, había rayado a una altura impresionante. Ella, que lo había visto, era bien consciente de lo que se jugaba y no dejó pasar la ocasión.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de marzo de 2008