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Entrevista:EL RINCÓN DEL CANDIDATO | SOLEDAD BECERRIL | ELECCIONES 2008 | Campaña electoral

"Me iba poquito a poco, pero..."

Soledad Becerril confiesa que no ha sabido resistirse a la oferta de Rajoy

El capítulo de la política activa en la vida de Soledad Becerril estaba casi cerrado. Su idea era que fuera languideciendo sin ruido hasta morir del todo. Y así era. Al hablar de ella, sus adversarios ya sustituían las referencias combativas por amables pinceladas que componen el retrato de una gran dama de la política. Había recibido honores de personaje amortizado, como la Medalla de Andalucía que concede el Gobierno andaluz, y otras glorias y agasajos que acompañan a una celebridad del pasado. Hace un año consiguió ser inmune a la persuasión de Javier Arenas (que suele ser implacable) para que aspirase de nuevo a la alcaldía de Sevilla. Pero a la tentación de volver a ser diputada no ha podido resistirse.

Y aquí está una vez más, mirando los carteles desde la acera con la extrañeza que produce ver el rostro propio en grandes dimensiones y colgado por todas partes. Ha elegido el coqueto jardín de la Caridad como rincón favorito por el simple gozo que le provoca un lugar lleno de plantas, "un bien tan escaso", por la belleza de la fachada barroca de la iglesia, y la generosidad de su fundador, Miguel de Mañara. También por el Teatro de la Maestranza, un templo para una melómana que al final "siempre" vuelve a Mozart, del que guarda un magnífico recuerdo como alcaldesa.

Primera ministra de la democracia en un gobierno de Adolfo Suárez, si le dan a elegir se queda con la alcaldía, que evoca como un "sinvivir" repleto de satisfacciones. "Como ministra de Cultura puedes hacer la ley del libro, por ejemplo, muy importante, pero tardará en verse; si arreglas el tráfico de una calle, es inmediato y la gente sale a la calle a decírtelo". En el corto trayecto hasta una cafetería cercana la paran varias mujeres. Una de ellas, con el pelo de un naranja fosforescente que ciega la vista, lamenta que no estuviera en el Ayuntamiento para casarla, y otra le cuenta que ya ha votado por correo mientras le guiña un ojo. Se la comen a besos. Poco dada a las efusiones, Soledad Becerril puede resultar seca por pura timidez, pero se diría que ha ido soltándose con los años.

Quizás en eso le ha cambiado su nueva faceta de abuela. "Tengo dos nietas a las que me dedico con alma, vida y devoción, siempre que su madre me lo permite, naturalmente. La mayor, de dos años ¡es que se llama Soledad!, pero no por influencia mía, nunca me atreví a sugerirlo. Las abuelas tenemos que ser prudentes porque enseguida dicen que somos mandonas". Celia es la pequeña y acaba de cumplir seis meses. Cree que en la elección del nombre ha tenido algo que ver los libros de Elena Fortún que leía su hija, que se llama también Soledad, con "un castellano tan precioso". Gaspar, su hijo, también casado, aún no ha tenido descendencia.

Madrileña de nacimiento, Soledad Becerril llegó a Sevilla por matrimonio. "Comprendí que era mi ciudad. Iba a ver a Ramón Carande, me informé y estudié, y con el tiempo he ido haciéndome con una biblioteca de Sevilla, con ediciones interesantes, que es mi tesoro". Hija de un ingeniero de Caminos catedrático de Universidad que escribió unos cuantos libros de referencia para el ramo, es la cuarta de cuatro hermanos. Estudió la carrera de Filología que completó con unos años en la Universidad de Columbia (EE UU), y habla inglés y francés con fluidez. "Las mujeres de mi generación dejaban el colegio a los 16 años, yo fui una rareza".

Sobre su etapa de pionera en los albores de la democracia pasa muy rápidamente. Apenas esboza una sonrisa cuando una fotografía de 1979, junto a otras diputadas de UCD, le devuelve la imagen de una Soledad Becerril de larga melena, joven y guapa, y se resiste a admitir que fue una especie de musa entre sus compañeros varones en una época en la que las mujeres eran tan pocas. "Lo que éramos es unas ingenuas", sentencia.

Nunca ha tenido demasiados problemas internos en el PP. Se siente a gusto, a lo mejor porque siempre le han respetado su tendencia a ir por libre. "No soy persona a la que le guste los discursos incendiarios que arremeten contra alguien, ni mucho menos, pero, bueno, eso ya lo saben en el partido, me conocen muy bien. Saben que no voy a pelearme, me parece que el adversario es el adversario pero no es el enemigo", reflexiona mientras trata de explicar por qué a las municipales dijo que no y a las generales ha dijo que sí. "La vuelta al Ayuntamiento era muy difícil. Yo me iba poquito a poco, pero... Mariano Rajoy y Javier Arenas me lo pidieron y no he sabido resistirme".

En los últimos años la vida de Soledad Becerril se ha repartido entre su trabajo como senadora, la escritura de sus memorias, los libros, los ciclos musicales en el Teatro de la Maestranza, del que es abonada, y sus dos nietas. Sin olvidar el cine, que prefiere ver en versión original aunque sea una película afgana, refiere sin temor a que le llamen pedante "Me gusta oír las voces, me chirrían los doblajes y no me importa leer los letreritos". Tampoco le importa que le echen en cara su educación refinada de niña de buena familia y que le atribuyan cierta altivez clasista. "Sí, muchos me llamaban peyorativamente la marquesa. Cuando lo escucho, digo, bueno, mi marido tiene ese título [Rafael Atienza, marqués de Salvatierra], ¿y qué? alguna cosilla habré hecho yo en la vida pública ¿no?"

SOLEDAD BECERRIL

Fecha de nacimiento: Madrid. 16 de agosto de 1944

Fecha de afiliación: UCD (1975) PP (1989)

Libros de Lectura: Diez decisiones que cambiaron el mundo (1940-1941), de Ian Kershaw. La casa de los encuentros, de J. M. Coetzee.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de marzo de 2008

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