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Entrevista:EN PORTADA | Entrevista

Mutter en la cumbre

Recorre el mundo con su Stradivarius y toca piezas que le regalan los grandes compositores. En la madurez de una fulgurante carrera que empezó a los 13 años de la mano de Karajan, la violinista defiende la improvisación para devolver a la música "esa sensación de estar creándola en el mismo momento en que la interpretamos". El martes actúa en Madrid.

Desde los cinco años lleva pegado un violín al carrillo. Lo recuerda. Fue tras una noche mágica en la que David Oistrakh se le presentó como una revelación en el primer concierto al que asistía en su vida. Entonces Anne-Sophie Mutter supo lo que quería: sacar sonidos mágicos de aquella pequeña pieza de madera con cuatro cuerdas y hacer feliz a la gente.

La vida musical de una violinista como ella, en la primera fila desde que Herbert von Karajan la descubriera cuando tenía 13 años, es larga. Ahora disfruta de una deslumbrante madurez, con 44 años y un instrumento inseparable que le conecta con los sonidos guardados de tres siglos. Juntos, Mutter y su Stradivarius, a punto de cumplir 300 años -"lo celebraremos por todo lo alto en 2010", anuncia-, forman una pareja monógama y explosiva, deseada en cada país por el que paran a tocar, por las mejores orquestas y directores, aparte de un numeroso grupo de compositores que les dedican piezas sin cesar.

"Aunque la música es aire que se convierte en sonido, debe quedar pegada a los lugares en los que se interpreta bien"

"Me siento libre al interpretar lo que me escriben. Trato las partituras que me dedican con mucho mimo"

"La perfección no es el objetivo. Es una herramienta, pero tienes que liberarte de ella para ir al fondo"

"No hay pasado ni futuro, hay una fuerza del presente en la música que es un espejo del tiempo en que se hace"

"Creo en la música como una religión creativa, que no nos castiga y nos da esperanza. La música lo da todo"

"En la música, con mi violín, soy responsable. En otros aspectos de la vida soy..., bastante normal"

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El próximo día 26 hace una parada en Madrid para una sesión dentro del ciclo de Juventudes Musicales en la que Mutter actuará en trío junto a Yuri Bashmet (viola) y Lynn Harrell (violonchelo). Una buena ocasión para contemplar la espontaneidad, la elegancia y el glamour equilibrado que esta intérprete alemana desprende en escena. Antes, en su oficina de Múnich, la ciudad en la que vive junto a sus dos hijos, Arabella y Richard, Mutter luce algunos grammies, fotos de su carrera, toma café con pastas, charla y comenta las goleadas del Madrid. "El otro día le ganó 7-0 al Valladolid, ¿no es alucinante?". Lo vio con su hijo porque Mutter es aficionada desde pequeña. "Jugaba con mis hermanos, ahora sólo lo veo", asegura. Para ella es una de las pruebas que la convierten en una mujer dada a la pasión: vehemente y alegre; decidida y simpática. De vuelta de muchas cosas ya tras haberse quedado viuda muy joven y después de un segundo matrimonio con divorcio del director y compositor André Previn. En este momento de su carrera se encuentra centrada en lo que para ella es fundamental. "Mis hijos, la música", comenta. Fuera de las torres de marfil donde muchos se empeñan en encerrar a los prodigios de su nivel: "La vida es demasiado excitante como para encerrarse en una burbuja", suelta.

PREGUNTA. Le ha cogido gusto a venir a España. Lo hace más de una vez al año.

RESPUESTA. Voy desde finales de los setenta, cuando debuté en el Teatro Real, que recuerdo que era un sitio muy estirado. Pero ahora lo que me impresiona es el público joven y abierto que tienen.

P. Dice que le gustan los nuevos auditorios españoles, su acústica y arquitectura, ¿pero no son demasiado solemnes todavía para ciertas cosas, muy fríos?

R. Depende demasiado de cada lugar. Cuando se construyó en los setenta la sede de la Filarmónica de Berlín, que luego ha sido copiada como modelo, sorprendió la nueva estructura, la forma. Pero como decía Von Karajan, una nueva sala es como un óleo en blanco, necesita ser pintado, en este caso llenado de un alma, del espíritu de veladas irrepetibles. Una sala debe cubrirse de experiencia, de vida, y eso también sirve para la acústica. Debe tener memoria, recuerdos, son cosas que hacen al público sentirse bien acogido.

P. Es decir, debe extinguirse cuanto antes el olor a madera, a barniz y a pintura en las paredes. Necesitan ser decorados por la música.

R. Lo mismo que no hay buenos propósitos que desaparezcan, no existen conciertos buenos que se hayan evaporado de los lugares en los que ocurren. Permanecen vivos en cada ambiente. Aunque la música es aire, no más, aire que se convierte en sonido, debe quedar pegada a los lugares en los que se interpreta bien.

P. Es interesante esa idea del aire sonoro, pero quizás con alguna cosa más. Algo tan imprescindible como la memoria.

R. Sí, con memoria, espíritu, alma. Pero es que la memoria es importante para todo. Aunque haya que vivir con la cabeza puesta en el futuro, la memoria es lo que nos convierte en seres humanos, lo que nos da raíces.

P. Ahora está en mitad de ese camino. Ya ha alcanzado la madurez, como mujer y artista. Y la madurez no es más que ese lugar del medio en el que se ve con la misma distancia el futuro que el pasado.

R. ¡Espero estar en la madurez y no al final de todo!

P. En una espléndida madurez, hay que decir. Pero, ¿le empieza a pesar más lo que ha vivido que lo que le queda por experimentar?

R. En la música todo eso va unido. Bach está unido a Lutoslawski. Es un intercambio continuo con esa pregunta incesante, eterna: ¿qué podemos expresar a través de la música? ¿Cómo puedes encontrar tu propia forma de expresión en un código, en un alfabeto que ha funcionado durante siglos? Hubo un momento en el que se rompió con la tradición, pero ahora, los compositores regresan a las fuentes. Por ejemplo, Gubaidulina, que ha escrito un concierto que voy a interpretar pronto. Tiene muchísimo que ver con Bach, con la estructura matemática de Bach. No hay pasado ni futuro, hay una fuerza del presente en la música que es un espejo del tiempo en que se hace.

P. Ya. Por cierto, usted es una violinista que inspira pasión en los compositores. Ha sido musa de muchos.

R. Un privilegio.

P. Debe ser fuerte esa sensación. ¿Se reconoce en lo que le escriben?

R. No tengo una opinión tan elevada de mí misma como para pensar que soy el centro de cada pieza, ni voy a buscarme en ella. Pero es verdad que los compositores persiguen un gran nivel cuando me lo proponen, más por el sonido que mi violín es capaz de dar. Les atrae la coloratura y a mí me gusta que les salgan piezas muy profundas, con un nivel filosófico importante más que glamuroso y florido.

P. ¿Habla mucho con ellos?

R. Me siento libre al interpretar lo que me escriben. Quizás sea una ilusión, pero es que las ilusiones son parte fundamental de la vida. Yo trato las partituras que me dedican con mucho mimo, como si fueran de compositores muertos, pero con la diferencia de que puedo tratar con quienes lo han hecho directamente y en ese proceso aprendes mucho, mucho más que cuando te enfrentas a algo sola.

P. ¿No teme decepcionar a nadie?

R. Me aterra, pero si eres afortunado y encuentras la verdad de la pieza, es algo único, formar parte de un proceso de composición. Como dice Gubaidulina, el intérprete es el 50% de la pieza. Yo no creo que seamos tanto, pero sí que es cierto que si la partitura es la partitura, nosotros somos quienes la dotamos de alma. Aunque tengo que decir que lo que me ha dedicado ella es un salmo para la vida y un diálogo con Dios y el destino. Hay momentos en los que necesitamos esa comunicación espiritual con algo o con alguien, con un amigo o con lo religioso. Yo creo en la música como una religión creativa, que no nos castiga y nos da esperanza. La humanidad busca el amor y la belleza y, en ese sentido, la música lo da todo.

P. La divinidad entonces es algo que usted encuentra fácilmente en la música más que en otros lugares como pueden ser los mensajes del papa Ratzinger, a quien ha criticado, ¿me equivoco?

R. Bueno, ése es otro tema. La Biblia, como cualquier pieza musical, se puede interpretar de muchas formas. Si se usara para que la gente respete las diferencias y el igualitarismo, sería perfecto. Pero como no ocurre, busco todo eso en la música.

P. ¿La igualdad en la música? ¿No es cosa de los elegidos?

R. Hay dos cosas en la música que un niño comprende perfectamente. El latido, quizás porque lo ha sentido en el útero materno, y el sonido. No hay nada más bello que tocar para un niño. Por eso hay que reforzar la educación musical y empezarla cuanto antes. Para aprovechar toda esa hipersensibilidad de los niños y desarrollar el humanismo, la igualdad y el respeto a la diferencia.

P. Para eso, ¿no deberíamos sacar más a la música de un terreno demasiado exclusivo?

R. Recuperar la espontaneidad, algo que nos falta. Mozart fue una estrella del pop en el siglo XVIII. Entonces la improvisación era parte de los espectáculos. Hoy falta eso. Si pusiéramos más espontaneidad en lo que hacemos, si devolviéramos a la música esa sensación de estar creándola en el mismo momento en que la interpretamos, no de repetirlo, nos iría mejor. Una de las claves de la música moderna es ésa. A nosotros nos falta fuego.

P. No ocurre eso en el ambiente barroco. El público es más joven. Es el mundo sinfónico el que sufre esa crisis, esa frialdad del público.

R. Tampoco pasa en la música de cámara. Se disfruta mucho más, sobre todo cuando se hace en un trío con el que te entiendes, como voy a hacerlo yo en Madrid. Saltan chispas y nunca se repite nada. Cambiamos cuando nos da la gana, hacemos lo que nos pide el cuerpo. Hay una gran anécdota con Brahms cuando dirigía una de sus sinfonías en Hamburgo y un músico le dijo: "Maestro, hoy ha ido mucho más rápido que ayer". Y Brahms le respondió: "Es que hoy estoy de mucho mejor humor". Bueno, cosas así deberían ser normales en nuestros conciertos.

P. Desde luego.

R. Puede que fuese estupendo encontrar la fórmula, pero también horrible. Una vez hallas la clave, tu vida se termina. Es como alcanzar la perfección. Cuando lo logras puedes tirarte por la ventana inmediatamente. ¡Se acabó! No más preguntas, no más dudas. ¡No más logros! Perseguir logros es fundamental, no puedes llegar a las estrellas si renuncias a tu espíritu de superación.

P. Esa manera de afrontar la perfección, de relativizarla, es una prueba de su madurez. Los jóvenes se obsesionan demasiado por eso. ¿A usted le ocurría?

R. La perfección no es el objetivo. La perfección técnica es una herramienta que viene bien. Pero tienes que liberarte de ella para ir al fondo.

P. ¿Cuándo supo eso?

R. Con Von Karajan. No le importaba cómo debe cada uno tocar su instrumento en particular. Le interesaba la música como un todo y cómo las partes de los solistas debían encajar en lo general. Cuando discutíamos, desde el principio, yo le echaba en cara cosas que me eran difíciles, físicamente o por otros asuntos, y me decía: "Me da igual cómo consiga lo que le pido técnicamente. Usted es la que debe resolverlo, pero hágalo". Después te explicaba lo que según la partitura era lo importante y te obligaba a reflexionar el encaje en todo el conjunto. Lo entendías y lo hacías. Además, te sentías libre para apañártelas. Convertías la técnica en tu esclava y no al revés.

P. Así que usted discutía con Von Karajan.

R. Sí, sí, en los 13 años que tocamos juntos. Bueno, tenías que estar muy convencida de tus argumentos, porque luego debías demostrárselos.

P. Ahora se va a cumplir su centenario, precisamente. ¿Qué se perdió en la música con él? ¿Qué se llevó a la tumba?

R. Lo que quedará para siempre es que en los 36 años que dirigió a la Filarmónica de Berlín formó su propio instrumento. Ahora no existe otra orquesta que toque con una cultura del sonido tan importante. Hace unos días hablé con un músico que estuvo con él en su época y me recordaba la obsesión con los ensayos. Podía probar una pieza 50 horas. Literalmente. Lo hacía por partes, lo pegaba todo como un puzle. Nos obligaba a escucharnos mutuamente, a respirar juntos. Lo convertía en algo muy auténtico. ¿Por qué? Porque pasaba mucho tiempo con la orquesta. Eso hoy es muy difícil de encontrar. Los directores viajan, comparten orquestas, no llegan a pasar más de 12 semanas con cada una y eso hace que todas se parezcan. Con la Filarmónica sigue siendo diferente. Recrea fácilmente el sonido que consiguió con él. En el arte nada bueno desaparece.

P. Pocas orquestas tienen esa cualidad.

R. Cierto. Esa tradición. Lo bueno es que sean conscientes y la trasladen.

P. Empezó bien joven a trabajar con Von Karajan. ¿A qué edad?

R. A los 13 años.

P. Una niña.

R. Desde luego, es la edad que tiene ahora mi hijo.

P. ¿Él también toca el violín?

R. Juega mejor al tenis y también toca el piano.

P. Es cuestión de cuerdas. ¿A qué edad empezó usted a aprender?

R. A los cinco años. Me llevaron a un concierto de David Oistrakh y supe que quería hacer eso mismo.

P. ¿Qué vio para que le impactara?

R. Era el primer concierto al que iba en mi vida y ya eso era todo un acontecimiento. Una sala con dos mil personas que sólo le miraban a él, ese sonido, esa emoción que sacaba de aquella cosa de madera tan pequeña. Me transformó. Veía que la música nos enriquecía, nos abría una ventana en otro universo. Podías mirar a través de ella y luego volver mucho mejor, con una fuerza mágica para afrontar la vida. Me pasa también cuando veo un buen cuadro. Cada vez que voy a Madrid voy a ver el Cristo de Velázquez. Ese cuerpo que sale de la oscuridad me impresiona. Todo el arte es un gran regalo divino.

P. Un misterio.

R. Un misterio de nuestra fuerza creativa, que está en todos nosotros.

P. A lo mejor, Dios es precisamente eso, una fuerza creativa que está en nosotros, dentro, y no fuera.

R. No sé. No estoy segura. Lo que tenemos es la libertad para elegir desarrollarla y convertirnos en humanistas o dedicarnos a comprar coches, algo contra lo que no tengo nada en contra, porque me encantan. Pero es que el arte te da perspectiva. Hace que la lucha por la vida sea una aventura. No todos podemos ser Beethoven, pero puedes aportar algo para que Beethoven sea mejor.

P. Volviendo a la niña violinista. ¿Fue feliz?

R. Sí, sí. No estaba todo el día con el violín de arriba abajo, ahora tampoco. No meto ocho horas al día. Pienso constantemente en la música, eso es otra cosa. De niña, no recuerdo que fuera agobiante. Tuve una infancia muy especial, con mis dos hermanos. Vivíamos en el bosque y nos perdíamos en él. No teníamos televisión, ni PlayStation, jugábamos al fútbol, al pimpón. En tierra de nadie. Teníamos nuestros instrumentos y ellos también tocaban, así que todos hacíamos ruido, aunque yo fui la única loca que decidió meterse en eso.

P. Entonces Von Karajan entró en su vida. ¿Fue como un padre?

R. No tanto. Era una especie de superhéroe, respetadísimo por mí. Por otra parte, era demasiado superhombre para ser una figura paterna. Pero intentó convertirse en alguien que me guió durante años importantes de mi vida. Me ayudó.

P. Sigo pensando que debió ser duro y que debió sentirse sola.

R. No, no es que fuera duro. Era diferente. Pero es que ser diferente es bueno y normal. Encontrar una pasión en tu vida cuando eres niño está bien si te ayudan a encauzarla. Para mí fue la música y pude dedicarme a ello. Es mucho más duro para un niño encontrar ese talento y no poder desarrollarlo. Así que yo tuve suerte.

P. ¿Nunca se sintió como parte de un circo?

R. No. Es verdad que hay veces en que debes parar eso. En mi fundación para ayudar a niños músicos lo hacemos. Muchas veces tenemos que hablar con padres seriamente para que los niños terminen sus estudios y para que les den tiempo para otras cosas y sacarles de la burbuja. En mi caso no se dio. He tenido una vida demasiado interesante como para encerrarme en una burbuja.

P. Y ahora con qué disfruta más al tocar, ¿recreándose en la técnica o mostrando su experiencia?

R. Depende. Hay músicos que además de su técnica incorporan su propio bagaje a la interpretación, es lo ideal para mí. El balance. Pero eso es algo que buscas siempre. No quiere decir que en algún momento no quiera cometer locuras, que también.

P. Pero usted es una mujer muy responsable, muy controladora.

R. Bueno..., la mayoría de las veces...

P. ¿Tiene su lado salvaje? ¿Le brota?

R. En la música, con mi violín, soy responsable. En otros aspectos de la vida soy..., bastante normal. Una madre normal, que ya de por sí, en mi trabajo, es una locura. He disfrutado viendo crecer a mis hijos, pero me está llegando el momento de soltarles, de que empiecen a vivir su vida. Hay momentos en los que no puedes ya protegerles más. Intento ser razonable, creo que en muchos aspectos he acertado inculcándoles su propia libertad o independencia. Echo de menos que sean pequeños a veces, pero me alegra comprobar que van a saber cuidar de sí mismos. Inculcarles su independencia para mí ha sido crucial. Tener hijos es lo mejor que me ha pasado. El mero hecho de verles sonreír me derrite.

P. ¿Cómo anda el otro miembro de la familia, su Stradivarius?

R. Es un instrumento extraordinario, muy sensible a los cambios bruscos de clima. Cuanto más viejo se hace, más especial. No sé si es él o yo quien cambia esa percepción. Tiene una voz magnífica, colores para los que sólo debes buscar un camino correcto con el que permitir que se expresen, que exploten. Siempre mantengo una lucha para sacar lo mejor de él.

P. Una relación de 20 años con él la convierte en una mujer fiel.

R. Sí, y no pienso cambiarla, sigue intrigándome con su misterio.

P. ¿Le da miedo perderlo?

R. Los violinistas se suelen poner muy cursis cuando hablan de sus instrumentos. Vivir con una pieza de arte, que ha vivido desde hace trescientos años y que debe pasar a siguientes generaciones, es especial, pero su cuidado resulta algo natural.

P. ¿No se le pasa por la cabeza cambiarlo?

R. No, es perfecto. Me lo da todo. Los instrumentos históricos además son diferentes. Tienen una personalidad, un carácter que los modernos no tienen y eso te obliga a acoplarte a ellos, es más difícil, menos aburrido. Te dan una voz muy variada, muy matizada, te dan una intimidad cercana a la voz humana. Si no fuera así, no me atraería. Me compenetro con él desde el principio.

P. En estos 20 años, ¿le ha sacado todo el partido? ¿Le falta algo por explorar?

R. Me faltan cosas. Hay más. Tiene más colores, lo sé y voy a buscarlos. Lo hago en compositores contemporáneos, cada pieza nueva me da algo desconocido y me enseña también limitaciones, mías y de mi violín, que podemos superar.

P. Usted sabe utilizar como pocos un sentido del glamur, de atracción en los conciertos. ¿Necesitamos eso como parte del espectáculo musical?

R. No lo sé. La música sinfónica no es ópera. Tiene más importancia el sentido auditivo que el visual. No somos actores. Somos quienes aportamos sonido y sensibilidad. No creo que el espectáculo tenga que ver con lo nuestro. Lo que buscas es compenetrarte con la música, ser ella. Que vibre. Y a quién le importa en ese momento único cómo vas peinado, qué postura pones. Eso son chorradas. La ópera o incluso el lied necesitan eso. Una Mimi tiene rostro; un concierto de Beethoven, no. No sé si la belleza desempeña un papel en esto, es muy subjetiva. En un concierto cierras los ojos, si quieres, y no pasa nada.

P. Lo grave es que te tapes los oídos.

R. Eso, no se debe escuchar con los ojos, eso ayuda.

P. ¿Qué falta en el espectáculo sinfónico hoy en día? La competencia de la ópera y el barroco le están originando una crisis. ¿Por qué?

R. Vivimos en una época en la que nuevos directores están apareciendo y van a cambiar la manera de afrontar la música en directo. La tradición debe permanecer pero con nuevas ideas.

P. ¿Tanto confía en los jóvenes? Tienen un panorama duro con todo lo que se puede hacer ahora en tu tiempo de ocio.

R. Sí, pero nada como asistir a escuchar música en directo. No hay lata, disco, ni conserva que lo iguale. Nunca morirá, aunque necesitamos una nueva forma de relacionarnos con el público más joven.

P. ¿Cómo?

R. Con más cosas que ayuden a entender el hecho musical, charlas previas, el uso de internet, de los medios. Nuestro mundo debe encontrar la manera de relacionarse con el siglo XXI, con sus herramientas, sus posibilidades. Es el presente, que ya ha llegado. Nadie quería compactos en los ochenta, y mire... Mire Von Karajan, que se anticipó a todo.

Anne-Sophie Mutter actuará el próximo martes en el Auditorio Nacional, dentro del ciclo Juventudes Musicales de Madrid. Anne-Sophie Mutter, violín. Lynn Harrell, violonchelo. Yuri Bashmet, viola. Beethoven: Trío de cuerda, opus 9, número 3. Serenata en re mayor, opus 8. Trío de cuerda en mi bemol mayor, opus 3. A las 20.00. www.auditoriona cional.mcu.es, www.juvmusicales-madrid.com y www.anne-sophie-mutter.de/me_index.php

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de febrero de 2008