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Entrevista:Entrevista | MÚSICA

Alma de chatarrero

Alejado de la vida tóxica, Corcobado hace una pausa para resumir sus últimos veinte años con un recopilatorio de canciones y una edición de su poesía completa

En el efervescente Madrid de los ochenta, parecía un kamikaze, tanto en lo creativo como en lo personal. Pero Javier Pérez Corcobado (Francfort, 1963) tenía vocación de superviviente. Aquí está, recién llegado de su casa "en el desierto de Almería", promocionando lo que él llama "mis dos recopilatorios", una antología de 17 canciones y la integral de sus poemas. Y aprovecha para anunciar su colaboración en una próxima obra teatral, Agrio beso, donde actúa y canta algunas piezas: "Es una idea de Juan Navarro, alguien a quien conocí en Holanda, precisamente en el pueblo donde nació El Bosco. Era entonces actor con La Fura dels Baus, simpatizamos y montamos un grupo fugaz para actuar en Berlín. Cuando volvimos a conectar, tuvo que aplicarse a fondo para convencerme de participar en una comedia intensa, que gira alrededor del suicidio: a priori, parece casi una parodia de mi temática".

"En realidad, sólo tengo memoria para mi música. De no ser por mis discos, recordaría mi vida como una nebulosa"

Hace aspavientos cuando se menciona el asunto pero es muy consciente de que ha creado escuela: toda una serie de solistas y grupos, tanto en España como en México, se reconocen inspirados por su ruidismo, su ferocidad expresiva, su vida extremista. Dice que ya no ejerce de provocador, aunque le deleita tirar una piedra sobre aguas tranquilas. En la última edición de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara dinamitó un coloquio sobra poesía y canción al afirmar que, más que a Bob Dylan, veneraba a Agustín Lara y a Manuel Alejandro ("Raphael no sería nada sin sus canciones"). Hoy puntualiza: "Dylan quizás sea mejor intérprete que Lara, aunque me gusta esa voz minúscula, casi opiácea, que tan bien le iba a esos boleros modernistas".

¿El bolero? Corcobado aplicó sus técnicas de desguace a ese género con los dos volúmenes de Boleros enfermos de amor (1993 y 1996), hechos con Los Cacharreros de Sangre y Cielo. "Casi todo era repertorio de Olga Guillot, material que yo había oído de niño sin entenderlo, hasta me daba miedo. De mayor, me conmovieron profundamente. Una canción debe ser euforizante o relajante, cambiarte el cuerpo igual que una droga". Ambos discos son hoy ilocalizables: "Ni siquiera sé dónde están los masters, el mundo discográfico no tiene memoria. Al menos, con los poemarios, no pierdes el control, puedes reeditarlos como he hecho ahora en Yo quisiera ser un perro. La literatura tiene trayectoria más larga. Los discos quedan en el limbo de Internet, allí puedes encontrar toda mi obra... pero con un sonido peor que la baja fidelidad".

Esencialmente, asegura, la ausencia de su discografía en ediciones legales permite que se asienten tópicos sobre su persona: "Da mucha pereza que se me compare con Nick Cave, por ejemplo. Cuando le escuché con Birthday Party, me encantó pero yo estaba con 429 Engaños y el regocijo era encontrarse con unos australianos que, evidentemente, habían escuchado los mismos discos que nosotros, de los Stooges a James Chance". Puesto a elegir parangones con artistas de voces graves, preferiría que citaran a Tom Waits, "un gran actor que ha encontrado en sí mismo su mejor papel".

Al trabajar en un mercado tan tímido estéticamente como el español, muchos de sus proyectos más audaces quedaron frustrados: "Lamento que no salieran adelante ideas como el disco de versiones de Boney M o el homenaje a Juanito Valderrama. No sé si estaba especialmente habilitado para hacerlos, por haber nacido en Alemania y ser hijo de emigrante, pero habrían supuesto una opción diferente, no tan blanda como los discos que salieron luego con conceptos similares".

Una de sus especialidades es la demolición de prejuicios. En los noventa ejercía de dj, al lado de Ana Díaz, en el Morocco madrileño, realizando unas sesiones donde pinchaba a modernidades junto a Nino Bravo o Camilo Sesto: "Quería romper mi personaje, mostrar que tenía una cara frívola. Técnicamente, la idea era que sonaran constantemente grandes canciones, aunque no hubiera continuidad entre los discos; podía sonar Bambino y luego Einsturzende Neubaten. Pasada la sorpresa inicial, aquello se puso imposible, había tanta gente que no se podía bailar". Y legitimaron, añado yo, la actual fascinación por lo musicalmente friki, aunque ésa no fuera la intención de Corcobado. "Poner Vivo cantando, de Salomé, en una discoteca de 1995 podía funcionar como gesto; hacer toda una sesión con esa música no me excita nada, ahora preferiría pinchar a James Brown y Pérez Prado".

Pero no quiere hablar de esa época. "En realidad, sólo tengo memoria para mi música. De no ser por mis discos, recordaría mi vida como una nebulosa". La revelación de Canciones insolubles es que hay continuidad estilística a lo largo de esos casi veinte años, que existe método incluso en lo que parecían arrebatos de locura: "Gracias. Lo que falta en esa recopilación es un segundo disco, que espero salga en la edición mexicana, donde recuperaba los temas de veinte minutos o aquella pieza construida sobre gemidos".

Lleva cinco años viviendo cerca del cabo de Gata: "He aprendido allí la serenidad, la parsimonia. Mi problema siempre ha sido la ansiedad y aquello me aleja de las tentaciones. Además, Paula

[Grau, compañera y colaboradora] y yo tenemos perros, lo que nos impone una rutina. Comienzo el día cumpliendo con mi diario, un buen ejercicio lubricante para lo que es mi oficio: escribir canciones y, en los últimos tiempos, una novela. Me anima mucho que la anterior, El amor no está en el tiempo, haya sido traducida al italiano. Ha sido un buen año: aparte de México, también hemos tocado en Italia y Venezuela. Nunca he querido ser artista de masas pero sí llegar a pequeñas minorías urbanas". -

Canciones insolubles (1989-2006) (Gasa-Warner), Yo quisiera ser un perro (El Gaviero Ediciones), Agrio beso, obra de Juan Navarro con la música y la presencia de Corcobado, se presenta en la madrileña Casa Encendida los días 13, 14 y 15 de febrero.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de enero de 2008