Columna
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Dinamitar TV-3 (por nuestro bien)

Se consumó, finalmente: con nocturnidad y alevosía (marca de la casa), la extrema derecha gobernante en Valencia ha cerrado el repetidor de TV-3 en Alicante. Dice el ínclito catedrático Vicente Rambla que los que ven la televisión catalana son "perturbados mentales", así que nada más oportuno que encerrarlos en un frenopático sin salidas de antena. Hay que explicar, por si acaso, que una jocosa pandilla de mayores absolutos viene conjurándose desde hace meses para decidir qué botones podemos pulsar los valencianos en los humildes mandos a distancia de nuestras castas salas de estar. Mis hijos me preguntan, mientras me remojo las barbas, si ya no podrán ver sus programas favoritos en el Canal 33 (el canal con la mejor programación infantil y juvenil de España). Mi más persuasiva didáctica se moviliza inútilmente para explicarles que el mundo va a la deriva, pero hay una lucecita en el Palau de la Generalitat, un farolillo rojo que alumbra el destino de cinco millones de ciudadanos asediados por el frente torvo, tramuntanal de la pérfida Cataluña. Un hombre sostiene el fanal, y su mirada es limpia, aunque simple. Es un líder curioso, que no habla bien el catalán y en cambio en español no se le entiende nada. Este estadista dice que lo de TV-3 es solo una cuestión técnica, pero cuando Madrid concede el multiplex que hace falta para que territorios vecinos compartan sus señales catódicas, entonces el hombrecillo del farol se frota las manos. Madrid ha hablado, en efecto, y Camps ha sonreído. Puede que ésa sea la solución: a cambio de TV-3, la Generalitat podrá seguir pagando vicios a sus amigotes, para que saturen el espectro radioeléctrico con tertulias preconstitucionales, presentadores con clergyman y reposiciones de Crónicas de un pueblo. Como dice un amigo, cada vez que resintonizas la TDT en este desgraciado país el nivel de fascismo ha subido hasta rozar límites insalubres.

Tienen sus canales la COPE, Las Provincias e tutti quanti. Quizá ya lo están reclamando la FAES o directamente la Fundación Francisco Franco. Todo bien. Lo importante es que no se oiga a nadie hablar en valenciano (y si alguno se escapa, que le pongan una multa de 300.000 euros, como a Eliseu Climent). Y que quede claro que Zapatero es un desastre y que en la web de la Moncloa pone Benvinguts, en lugar de su correspondiente racial y ortográficamente adecuado en lengua valenciana. El milhòmens del farolillo habla mucho de esta lengua, pero casi nunca en ella -los matices preposicionales son esenciales.

Así las cosas, sigo siendo incapaz de contestar a las demandas de mis hijos. ¿Podremos ver los canales catalanes o no? No sé. Quizá tengan razón ellos, y un canal donde un millón de personas (share mediante) se ríen al unísono de sus dirigentes políticos no puede ser sano. ¿Se imaginan en Canal 9 un programa como Polònia? ¿Se imaginan la sátira semanal a propósito de Camps, de Rambla, de Fabra, de Barberà o de otros tantos doctores horroris causa, como Trinidad Miró o Alfonso Rus? El día que este país se pueda reír libremente de toda esa tropa se acabó el PP. Por eso hay que impedir a toda costa la libertad en las ondas. Fumigar lo catalán. Encerrarse en el búnquer. Colocarse religiosamente la máscara de Juan García Sentandreu (que en paz descanse). ¿TV-3? Donde esté Popular TV, ese canal tan nostre...

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0010, 10 de diciembre de 2007.

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