Crónica:ASIA CENTRALCrónica
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Lejos de casi todo

Para el tamaño que tiene, unos 200.000 kilómetros cuadrados y una población de 5.260.000 habitantes, Kirguizistán podría parecer un país marginal en la era de la globalización. Enclaustrado entre las cordilleras del Alatau al norte y del Tian Shan al sur, rodeado de vecinos muy poderosos y, en algún caso, bastante incordiantes, es la viva muestra de que la globalización tiene todavía muchos repliegues y rincones desconocidos.

Unos dicen, en Bishkek, que tienen demasiados vecinos, pues comparten fronteras con China, Kazajistán, Tayikistán y Uzbekistán. Por ejemplo con Uzbekistán, por decirlo suavemente, las relaciones son desiguales por varios motivos, históricos o más coyunturales, pero lo cierto es que uno oye a menudo quejas sobre algunas particularidades de los uzbekos. Las oye en Kirguizistán, en Kazajistán, y hasta en Afganistán, pero habrá que ir un día u otro a Uzbekistán para escuchar una segunda opinión. Con China tiene varias de las puertas de acceso a la región de Xinjiang-Uigur, pues Kirguizistán acoge al menos tres de las variantes de la Ruta de la Seda, y en particular la del paso de Torugart.

Con Kazajistán comparte muchos kilómetros de frontera, y la sombra del vecino del norte es muy ancha, política y económicamente. Se nota, por ejemplo, si uno entra en Kirguizistán por el extremo oriental, muy cerca de China, a través del paso fronterizo de Kengen y se adentra por el largo valle de Shariyaz, que sigue la frontera entre ambos países a lo largo de un valle al fondo del cual se yergue la cordillera Tian Chan.

Al pie de montañas como el Khan Tengri o el Pobeda, de más de 7.000 metros, con China al otro lado, uno comprende la soledad de la pequeña guarnición kirguiz que, pasado el collado de Chon Ashu, a más de 3.000 metros, guarda una pista por la que no pasa nadie, excepto los yaks, algunos nómadas a caballo y nosotros. Un joven teniente nos explica que, cuando llegue el invierno, las temperaturas bajarán hasta 25 o 30 grados bajo cero.

Ni estaremos nosotros, ni los nómadas, ni sus yaks. Por la mañana temprano puedes en ocasiones ver un yak muerto, colgado cabeza abajo de un poste. Naturalmente, preguntas de qué se trata, y tus guías, kirguizos rusos, te explican que cuando los animales (un lobo, dicen que quizá un leopardo de las nieves) mata un yak, hay que dejarlo colgado para ahuyentar la mala suerte.

Pero hasta que no llegas a los primeros centros urbanos, no te das cuenta de lo lejos que estás de todo. Antes de llegar a Karakol, y más tarde a la capital, Bishkek, después de pasar por Kochkor y Naryn (y más o menos aquí se acaba la lista de lo que pudiéramos llamar ciudades), vale la pena explorar los valles de Altyn Arashan, donde el mismo Tamerlán disfrutaba de las aguas termales. Las aguas siguen allí, y un poco más abajo te topas con el viejo sanatorio de Ak Shu, donde la nomenklatura soviética venía a tomar las aguas. En un entorno de una belleza que quita el aliento, el sanatorio y algunos de los edificios de descanso que bordean todavía el monumental lago de Issik Kul, lugar de recreo para burócratas del partido, militares de graduación y, sobre todo, astronautas, destacan por su fealdad.

Ya en Karakol, empiezas a conocer mejor el tejido social de este país. Si en las montañas y valles te topas con alguien, son nómadas a caballo y sus familias, siempre kirguizos puros, de una pasmosa hospitalidad y suave simpatía, en los centros urbanos ves mayor complejidad. Se dice que de los cinco millones de habitantes que tiene Kirguizistán, dos tercios viven en valles y montañas, y la estadística dice que hay tres cabezas de ganado per cápita. El 69% son kirguizos; el 10%, rusos; un 14%, uzbekos, y pequeñas minorías kazaja, uigur e incluso ucrania.

Para el recién llegado, la relación en las calles entre los diversos grupos, sobre todo entre kirguizos y rusos, es relajada, pero sin mezcla. Aunque el país es sociológicamente musulmán, la presencia de iglesias ortodoxas es tan visible como las mezquitas, aunque la religión pesa de momento poco en la vida política, factor bastante común a las cinco ex repúblicas soviéticas de Asia Central. Políticamente, Kirguizistán ha seguido un patrón muy común en la crisis de la URSS. En agosto de 1991, aprovechando el golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov, Askar Akáyev lideró la proclamación de independencia, y en octubre de ese año ganó las primeras elecciones con un 95% de los votos.

Curiosamente, Akayev fue en esos primeros años genuinamente popular y uno de los líderes más democráticos y abiertos de la región, pero el mal gobierno, la corrupción, el clientelismo, deterioraron la situación y Kirguizistán protagonizó la versión centroasiática de las revoluciones de colores, como la naranja en Ucrania o la rosa en Georgia. Después de jugar con términos como limón o seda, triunfó la etiqueta revolución de los tulipanes. El 13 de marzo de 2005 hubo elecciones generales; en los días posteriores hubo incidentes con manifestantes que protestaban por la manipulación de los resultados; las revueltas empezaron en zonas del sur muy alejadas, como Jal Alabad u Osh; el 21 de marzo, el Gobierno había perdido el control, y a primeros de abril Akayev firmó su renuncia ante el Parlamento y se refugió... en Moscú, de modo que la sombra del Kremlin sigue siendo muy alargada en los confines del imperio.

Kurmanbek Bakíyev, el nuevo presidente, inició su mandato apoyándose en el fuerte consenso derivado de la unidad mostrada por toda la oposición a Akáyev, pero el tempo de la política se ha acelerado, en los dos últimos años las tensiones se han incrementado, algunas regiones del sur y suroeste vuelven a mostrarse inquietas y se han producido algunos incidentes fronterizos a cargo de grupos, en algún caso con vinculaciones islamistas, como Hezb u Tharir, desde Uzbekistán y, más sorprendente, Tayikistán.

Paradójicamente, caso único en Asia Central, Kirguizistán acoge en su territorio dos bases militares extranjeras, una norteamericana (y de la OTAN, para operar en Afganistán) en Manas, y otra rusa en Kant, pero la influencia económica creciente es sobre todo la de China. El presidente Bakíyev, al parecer, no quiere instalarse en una crisis de largo recorrido, como su sucesor, y por ello, después de aceptar parcialmente algunas de las reclamaciones del Parlamento con relación al reparto de competencias constitucionales, decidió por sorpresa convocar elecciones anticipadas, previstas para el próximo día 15. Kirguizistán fue inicialmente valorada como una de las repúblicas postsoviéticas modélicas, pero el deterioro del periodo Akáyev y las incertidumbres actuales hacen que estas elecciones sean esperadas con gran expectación. -

Pere Vilanova es catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 08 de diciembre de 2007.