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Reportaje:EL RETORNO

Rodrigo Rato. Segunda parte

Alega motivos personales para dejar el FMI, pero sólo el sabe por qué vuelve a seis meses de las elecciones. Hay nervios en el PP. Si Rajoy pierde, ¿cumplirá la ambición de su vida?

Cuando Rodrigo Rato cruce el próximo miércoles por última vez el umbral del número 700 de la calle 19 de Washington, sede del Fondo Monetario Internacional (FMI), y se introduzca en su senatorial limusina Lincoln estará cerrando lo que él presenta como el capítulo definitivo de una vida política que comenzó en 1979, la mañana en que don Ramón Rato, su padre, lanzó la chequera sobre la mesa de su amigo Manuel Fraga y le dijo: "Manolo, mi chico quiere ser diputado".

¿Capítulo definitivo? Hay quien no se lo cree, especialmente en el PP, donde tiene tantos enemigos como aliados. Un PP en plena, aunque oculta, guerra de sucesión. Y si Mariano pierde las elecciones, ¿quién mejor que Rodrigo para tomar el testigo? Y ¿cómo podría negarse, escudándose en ambiguos motivos personales?, ¿cómo decir que no si lo lleva esperando toda la vida?

Regresó de Berkeley y rompió con su destino: no se casó y dejó los negocios familiares. Quería ser Kennedy

En el funeral del 11-M le preguntaron por qué se iba al FMI. "Es una oferta a la que uno no puede negarse", replicó

"Rodrigo quería ser presidente", explica un colaborador. "Se mojó y se quedó con el culo al aire. Lo pasó muy mal"

En Washington no ha dejado de hacer política, arropado por un grupo de incondicionales, exiliados tras la derrota

Ana Botella, durante una fiesta: "Rodrigo, sácame a bailar, que este tío con el que me he casado es un aburrido"

Rato dejó muchos huérfanos en Madrid. Rajoy no incorporó ni un solo ratista a su equipo, ni a Loyola de Palacio

Una vez dijo: "¡Claro que Ruiz-Gallardón es un cabrón; como yo. Pero saca votos; como yo!"

¿Le queda una segunda vida política? Él se escuda en un proverbio chino: los puentes se cruzan al llegar a ellos

Volviendo al pasado: en 1979, con 30 años recién cumplidos, Rato era un niño bien; mejor dicho, un niño mal de familia bien. Rico, listo y seductor. Viajado y con idiomas. Vestido a medida. Aficionado a los deportivos, los caballos y las mujeres. Regular estudiante. Abogado que nunca ejerció. Vivió la contracultura nacida de la guerra de Vietnam en California, mientras realizaba un máster de administración de empresas en Berkeley. Regresó en 1975 con barba, pantalones de campana y una profunda adicción al rock. Su porvenir era el imperio familiar. Y un matrimonio a su altura. Ya entonces demostró ser imprevisible: rompió su destino manifiesto. No se casó. Y abandonó a la deriva los negocios de la casa.

Quería ser un joven Kennedy. Probó en Alianza Popular, la derecha de los siete magníficos del franquismo. Su derecha. Los viejos del lugar le recuerdan un señorito. Le bajaron los humos. No fue elegido diputado a la primera por Ciudad Real, donde le envió Fraga a fajarse. Estudió. Aprendió economía en los laboratorios de la patronal. Demostró una inmensa capacidad de absorción y, sobre todo, de seguridad en sí mismo. Se entrenó para ser un buen parlamentario. Recibió clases de oratoria. Consiguió un escaño por Cádiz.

Y se enganchó a la política. Unió su destino al de una nueva generación de cachorros conservadores. Los pata negra de Alianza Popular: Trillo, Cascos, Loyola. Y, sobre todo, José María Aznar. Su amigo. Su igual. Juntos cruzarían el desierto. Compartieron navidades, embarazos y cenas de matrimonios organizadas por Ana Botella. Aznar y Rato se atraían, eran polos opuestos: un funcionario de clase media voluntarioso, retraído y desconfiado, y un yuppie vitalista y expansivo que le decía las cosas a la cara. De aquellos años queda para la historia una frase de Ana Botella: "Rodrigo, sácame a bailar, que este tío con el que me he casado es un aburrido".

Trepó por el escalafón. Y fue creando un sólido clan ratista en torno al Grupo Parlamentario del Congreso, cuyo control había rogado en 1989 a Aznar, ya convertido en jefe indiscutible tras ser el primero de la pandilla en conquistar poder territorial en Castilla y León. Rato era un jefe exigente, pero humano. Siempre dispuesto a hacer favores. A condición de que se los pidieras. Un líder. Pragmático. Capaz de convencer y encabezar. Con amigos y enemigos. Filias y fobias. Humano. Mortal. Entre 1990 y 1996 no levantaría el pie del acelerador. Mostraría su instinto depredador como diputado. Y su capacidad de encajar y responder.

Tras la victoria electoral del PP, y después de gestionar el apoyo de los nacionalistas a la investidura de Aznar, ascendería a todopoderoso vicepresidente económico. El sofisticado hippy de Berkeley, convertido en recto gobernante, en gestor del modelo económico que conduciría a España al euro. Siempre con la ayuda de sus viejos profesores de macroeconomía: Folgado y Montoro. Y una clase emergente de altos funcionarios que de su mano se aficionarían a la política.

La estrella era él. Al menos así lo creyó. Hasta que Aznar (para él, Jose), solo, ante Dios y la historia, le apartó de la sucesión. El elegido era Rajoy, que nunca fue invitado a las cenas de Ana Botella (que no le aguantaba) ni formaba parte de la pandilla de los pata negra. Mariano representaba el aznarismo sin Aznar. La continuidad del régimen. Nunca mataría al padre. Como demostró siendo el convidado de piedra de la crisis del 11-M. Rato fue el último en enterarse de que iba a perder la sucesión. Fue el batacazo de su vida. No torció el gesto. Es demasiado orgulloso.

En junio de 2004 iniciaría un exilio dorado como director del FMI. Medio millón de dólares anuales libres de impuestos, estatus de jefe de Estado y un contrato de cinco años. Un destino que ha vuelto a romper ante la sorpresa de todos. El malestar de los que le propusieron para el cargo más importante que nunca ocupó un español en un organismo multilateral. Y la inquietud de sus rivales del PP. Aquellos que hicieron lo imposible por apartarle de la presidencia del Gobierno. Le dieron por muerto. Y ahora andan repartiendo la piel de Rajoy ante su eventual derrota en 2008.

Rodrigo es imprevisible. Quizá sea ese ramalazo de rebeldía juvenil que de vez en cuando pugna por brotar entre los botones de su chaqueta bien cortada por Puebla, el sastre valenciano que le recomendó Juan Costa, su delfín, hoy coordinador del programa de Rajoy. Para algunos, el submarino de Rato en la calle de Génova.

Rato se va. O regresa, según se mire. Por motivos personales. Es la razón que ha esgrimido con su vehemencia habitual. No tiene intención de volver a la política. No quiere competir una vez más con Rajoy. Ni con Esperanza. Ni con Gallardón. Quiere ver crecer a sus tres hijos. Aclarar su situación sentimental. Y hacerse una casa en el barrio de Somió, en Gijón, escenario de su niñez. Es el mensaje que ha circulado entre los ratistas: cautivos y desarmados tras la marcha del jefe a Washington. Todos le creen, pero ninguno pone la mano en el fuego. "Nunca lo haré por un hombre infectado por el virus de la política", dice uno de sus colaboradores.

Cuentan que Rodrigo Rato es un buen negociador porque sabe mantener un secreto. Lo confirman en CiU y en el PSOE. Un tipo fiable y hermético al que los rivales dan crédito. Poco amigo de conjuras. Rodrigo siempre estuvo por encima de esas menudencias. No es su estilo. No es un táctico. No tiene paciencia. Es un hombre de acción. No es un técnico, es un político. Un ejecutivo. Busca resultados. Va de frente. Pero sabe guardar un secreto. Su vida privada siempre ha sido infranqueable. Incluso para sus colaboradores. "Nunca me he tomado una copa con Rodrigo", explica José Folgado, secretario de Estado a su lado durante dos legislaturas. Compartimentos estancos: el ministerio, el partido, los amigos, sus empresas, la familia. Durante años, un momento y un espacio para cada cosa: por las mañanas, llevar a los niños al colegio; los jueves, sus negocios; los viernes, el PP de Madrid; al final del día, una visita a su padre, hasta que falleció en 1998. El fin de semana, desaparecido en su molino de Carabaña o esquiando en Baqueira. Nunca mezcló a los ratistas empresarios con los ratistas tecnócratas ni con los ratistas aparatchik. Sólo él tenía una visión de conjunto.

Sólo él sabe por qué vuelve. Y justo al inicio de un largo proceso preelectoral que concluirá con unas elecciones generales a cara de perro. Y en el preciso instante en que el presidente del PP no remonta en las encuestas. "Si quiere entrar en política, ¿por qué no lo dice?, y si no quiere entrar en política, ¿por qué vuelve ahora? Hay algo que no encaja", reflexiona un barón de maitines, el órgano de asesoramiento personal de Mariano Rajoy.

Sólo Rato sabe por qué vuelve, aunque no sepa exactamente a qué va a dedicarse. No tiene aspiraciones inmediatas. Tampoco está enfermo. Según su entorno, ha tenido "propuestas de la empresa privada". Sería su destino lógico si descarta la vía política. "Es un hombre de negocios", dice un amigo financiero. "Es para lo que se preparó". ¿Tiene algún tipo de restricción por los cargos que ha ocupado? Según su gabinete del FMI, "el señor Rato no tiene ningún tipo de restricción laboral por haber trabajado en el Fondo". En cuanto a la ley española de incompatibilidades, ya ha cumplido los dos años siguientes a la fecha de su cese en que no podría realizar actividades privadas relacionadas con expedientes sobre los que hubiera dictado resolución. Rodrigo Rato es libre para comenzar a trabajar la semana que viene.

Necesita hacerlo. Al llegar al FMI pactó una pensión anual de 80.000 dólares para el día que abandonase el cargo, una cantidad insuficiente para el tren de vida al que está acostumbrado.

¿Pero trabajar en qué? Es el problema para alguien que ha sido vicepresidente y que en los últimos tres años ha disfrutado de categoría de jefe de Estado. Tiene cerca de 60 años. "Y lleva 20 años sin recibir órdenes de nadie", explica un político del antiguo entorno de La Moncloa. Y vuelve a un país donde las multinacionales son habas contadas. Y en muchas de ellas, en su privatización y fusión, tuvo mucho que ver como vicepresidente. Desde que anunció su vuelta, las conjeturas sobre su futuro se han sucedido. La que más visos de realidad ofrece es la que habría recibido de La Caixa a finales de 2006 -vía el hombre fuerte de la entidad catalana, Isidro Fainé, habitual de las reuniones de otoño del FMI en Washington- para hacerse cargo de Criteria, su holding de participaciones bursátiles. Una hipótesis abortada desde la Generalitat antes de nacer. También ha sonado con insistencia la presidencia del BBVA, que ostenta su viejo amigo Francisco González. Desde el banco descartan siquiera la posibilidad de que se incorpore al consejo: "Aquí no hay consejeros políticos, son todos independientes, y pensar que va a aterrizar aquí es no conocer el BBVA. Eso le pega más al Santander. No ha habido ninguna negociación".

Un viejo amigo de Rodrigo Rato sitúa su destino laboral en una entidad financiera extranjera: "No se va a meter en nada que despierte suspicacias. No se viene de Washington fichado por una empresa española. No vuelve por dinero. No tiene planes a corto plazo. Lo más cómodo para Rodrigo es algo extranjero en banca de negocios. Yo le veo en algo gordo multinacional, por encima de un organigrama, dado su seniority; algo representativo, de contactos. Y, al mismo tiempo, intentará reflotar los negocios familiares que han sido un desastre". Un ex ministro popular coincide con esa versión: "No tiene ofertas concretas; vuelve por un proyecto vital. Y no va a remangarse y ser el presidente de una compañía. Será senior adviser de un par de grandes empresas, facturará y punto. ¿Por ejemplo? No pierda de vista Zara; el consejero delegado, Pablo Isla, es íntimo suyo". Otras fuentes le sitúan en la esfera del estadounidense Citigroup, el primer banco del mundo, como su hombre en Europa. El vicepresidente ejecutivo del banco, Bill Rhodes, que apoyó su candidatura al FMI, sería de nuevo su valedor.

La decisión de su vuelta ha sido una sorpresa. Más aún cuando deja el FMI empantanado a mitad de las reformas que él mismo diseñó. Sin embargo, a finales de 2006, Rato ya había tomado la decisión de abandonar el Fondo. Después de Navidad puso a la venta su piso de Kalorama, uno de los barrios más cool de Washington, que liquidó el pasado mes de abril. Punto final. Nunca fue feliz en la capital estadounidense. Cautivo en ese frío edificio de hormigón parduzco, rodeado por 2.700 sesudos funcionarios, donde cada movimiento supone un tráfago de papeles y burocracia, y las declaraciones, siempre en plural mayestático, hay que medirlas al milímetro. Una jaula dorada en la que un hombre de acción se marchita. Fue una salida digna tras su derrota con Rajoy, pero nunca estuvo en su agenda. Una personalidad le preguntó el 24 de marzo de 2004, durante el funeral del 11-M, si estaba convencido de irse a Washington. Su respuesta fue: "Es una oferta a la que uno no puede negarse".

No tenía otra opción. "En la derecha española pasa algo curioso, sus dirigentes no tienen un estatus estable", explica un viejo parlamentario popular. "En el PP, uno se levanta vicesecretario y por la noche le han fulminado. Hay una paranoia generalizada. Si no eres el presidente, estás en precario. Y si lo eres, estás inseguro. Es la tradición caudillista de la derecha. Cuando Rato perdió, a manos de los paranoicos que pensaban que no iba a contar con ellos si se convertía en presidente del Gobierno, no le quedó más que irse. En el PP, el que no gana se va".

En septiembre de 2003, nada más anunciar Aznar el nombre de su sucesor, ya le estaban haciendo en el PP las maletas a Rato. Un PP que, teóricamente, iba a ganar de calle las elecciones del 14 de marzo fuera quien fuera el candidato. Y en el que Rato no tenía sitio. Se pensó que encabezara las listas del partido a las europeas; más tarde, que fuera candidato a presidir la Comisión Europea. Y en ese momento apareció la opción del Fondo. Y Aznar habló con Bush. Y ¡concedido! "Era un puesto que teníamos asegurado por el apoyo a Estados Unidos en la guerra de Irak, por la foto de las Azores, un puesto para Rodrigo; que no se queje, es el que ha salido mejor parado", asegura un colaborador de Aznar. A enemigo que huye, puente de plata, pensaron los aznaristas adheridos a Rajoy. Y también el Gobierno socialista, que, tras la derrota del PP, respaldó su candidatura ante Jacques Chirac, poco dispuesto a apoyar para el FMI a un español del PP después de los continuos desplantes que había recibido de José María Aznar. En una cena en el Elíseo en abril, Zapatero le arrancó a Chirac el plácet.

Desde el momento en que perdió la sucesión, Rato había tomado la decisión de no entrar en ningún Gobierno presidido por Rajoy. "Rodrigo quería ser presidente del Gobierno. Se consideraba el heredero. Se mojó. Y se quedó con el culo al aire; pasó unos meses muy malos. Había sido dios y ya no iba a ser nada", explica un colaborador. "Y, encima, no podía dejar la política, porque sus negocios se habían ido diluyendo. Y tenía dos años de incompatibilidad para la empresa privada. Era muy duro para él vivir ese fracaso en Madrid. Y surgió el FMI, que era una salida rápida, y se rompió el hechizo y se evaporó el trauma que había sufrido con la sucesión". A los dos minutos de abrirse el melón del Fondo, Rato estaba llamando a su íntimo Gordon Brown, ministro de Economía británico (hoy primer ministro), para pedirle su apoyo.

Un viejo amigo y estratega del PP añade: "Uno de nosotros comentó cuando se fue al FMI: '¡No sabe dónde se mete!'. El Fondo quema mucho. Es muy técnico. Viajas a diario. Y su situación familiar no ayudaba. Después de cada viaje, a lo mejor regresando de Japón, intentaba volver a Madrid para ver a sus tres hijos. Era agotador. Se los llevó temporadas a Washington, y a su pareja, pero no le gustaba esa situación. Era incómoda. Y llegó un momento en que se planteó que no le apetecía pegarse al sillón del Fondo, estarse allí diez años y volver a España con edad de jubilarse. Y también él se engañó, tenía prisa por irse y pensó que aquello era diferente". "Y encima se había ido con un sabor agridulce", confirma otra fuente. "Le enorgullecía ser el financiero del planeta, pero tenía el disgusto de haber cambiado su destino y dejar aquí un partido desolado".

Rato ha sido siempre un hombre de partido. Le ha dedicado lo mejor de su vida. ¿Será capaz de abandonar definitivamente la política? Porque en estos tres últimos años en Washington no ha dejado ni un minuto de ser político. De cultivar su imagen. Manejar información. Conocer la situación de nuestro país. Seguir (y criticar) la oposición del PP al Gobierno de Zapatero. Nunca ha dejado de ser un político.

A comienzos del pasado mes de agosto, unos días después de anunciar su retirada del FMI, viajó a Camboya, donde su primo, el jesuita Kike Figaredo, realiza una gran labor social a favor de los afectados por la guerra y la pobreza en Battambang. Durante tres días, Rato, entusiasta del yoga y la filosofía oriental, se alojó en la austera rectoría del padre Figaredo; durmió siete horas seguidas (hacía meses que no lo conseguía), compartió jornadas con chavales incapacitados y habló con la gente. Uno de sus interlocutores recuerda: "Me explicó que el FMI ha sido una buena experiencia, pero también un desgaste demasiado grande, y él considera que tiene que estar con sus hijos. Me decía: 'Soy político, pero me he dado cuenta de que la política me ha quitado tanto que... ya es suficiente. No quiero vivir sólo para eso'. Lo decía con sinceridad. Pero al mismo tiempo, se ve de lejos que sigue siendo un político. Quiere dejar de serlo, ¡pero es que no puede! Cualquier conversación con Rodrigo acaba con un análisis de cómo está España".

Lo lleva en la sangre. A lo largo de estos tres años americanos no ha dejado de estar informado de lo que pasa en España. Del día a día del partido. Las andanzas de Zaplana y Acebes, que truncaron su candidatura a la sucesión de Aznar. "Sin olvidar la peregrinación de diputados, senadores y financieros que se han dejado caer por su despacho de la planta 12 del Fondo, como si fueran a Lourdes", explica un diplomático. "Ha cuidado mucho las relaciones. Continuamente hace campaña; es un seductor. Un político de raza". Por el contrario, han sido contadas las llamadas del líder del PP, que tampoco se ha puesto en contacto con otros históricos del PP como Álvarez Cascos o Mayor Oreja para recabar su consejo. "Rajoy se lo guisa y Rajoy se lo come. Sabe de política más que nadie...", dicen en la calle de Génova. El jueves, en Valencia, y sin citar al primo de Rajoy, Rato ilustró su última diferencia con el líder del PP al declararse abierto partidario de combatir el cambio climático.

Rajoy no le ha hecho ninguna oferta. Lo confirman en el núcleo duro del PP. "Hasta ahora, se han comunicado a través de los medios de comunicación. Y lo lógico es que Rajoy le haga una oferta pública y formal para acabar con los rumores: 'Lo que quieras, donde quieras y como quieras'. Rato no se va a postular a nada. ¡Bueno es! Se lo tienen que pedir. Y si Rajoy quiere la mejor alineación para romper con el empate, tiene que contar con Rodrigo", dice una fuente de Génova. "En este momento de incertidumbre económica, el hombre del milagro podría atraer votos de muchos pequeños y medianos empresarios".

En Washington, Rato no ha dejado de hacer política. Ha estado arropado por un grupo de altos funcionarios cercanos al PP, escapados de Madrid tras la derrota del 14-M y exiliados en destinos diplomáticos. Para empezar, su jefe de gabinete, Luis Maldonado, un técnico comercial del Estado que trabajó a su lado en Economía. Detrás, Juan Pedro Chozas, ex secretario general de Empleo; Ubaldo González de Frutos, ex director general en Hacienda; Samuel Juárez, ex secretario general de Pesca; Alberto Nadal, ex secretario general de Comercio Exterior, o Ricardo Martínez Rico, ex secretario de Estado de Presupuestos. Sin olvidar los dos políticos que contrató para el FMI: Juan Costa, ex ministro de Ciencia y Tecnología, de consejero para América Latina, y Jaime Caruana, ex gobernador del Banco de España, para dirigir un nuevo departamento de Asuntos Monetarios y Financieros. Pronto fueron bautizados en la capital como "el grupo Covadonga, prestos a la reconquista".

Rato fue siempre un hombre de clan. Un mago formando equipos. Los que han trabajado a su lado le guardan fidelidad absoluta, aunque él intentara borrar esa percepción porque sabía que Aznar no aceptaba el menor desvío de su magisterio. Hoy, tres años después de su marcha, la pasión de los ratistas por su jefe aún es palpable. El pasado 8 de octubre, durante una conferencia en Madrid de Rodrigo Rato, sonrojaba observar a dos consejeras del gobierno regional de Esperanza Aguirre, Anabel Mariño y Gádor Ongil, deshaciéndose en achuchones con su antiguo jefe, mientras un tercer consejero de Aguirre, Manuel Lamela, se tiraba nervioso de la chaqueta, y un cuarto, Juan José Güemes, le susurraba al oído. La cuestión del día era: "¿Vuelve Rodrigo?".

Rato dejó muchos huérfanos. Rajoy no incorporó ni a un solo ratista a su equipo tras la derrota del 14-M. Ni siquiera a Loyola de Palacio, histórica del partido, fiel aliada de Rato, que falleció en 2006 sin un acta de senadora ni diputada en el bolsillo, ni un despacho en Génova. Algo que Rato no ha perdonado. Tampoco Ruiz-Gallardón tiró de un solo ratista para el Ayuntamiento de Madrid. Ante ese escenario desolador, la mayoría optó por una retirada al sector privado. Sólo Esperanza Aguirre, la más política, la única con poder, reflejos y coches oficiales que repartir, hizo una opa amistosa sobre el ratismo. Rato se lo pidió. Ella ya estaba en marcha.

A finales de los años ochenta, Rodrigo Rato descubrió que aquel que pretenda llegar a la cumbre en una organización política necesita poder territorial. Rato tenía el control del grupo parlamentario, pero su influencia acababa en los leones de las Cortes. Se hizo con el Partido Popular de Madrid. Movería los hilos en la sombra durante 15 años sin figurar en sus puestos ejecutivos. Hasta su derrota. En ese momento fue Aguirre la que comprendió que necesitaba poder territorial para posicionarse con vistas a la sucesión de la sucesión. Habló con los huérfanos de Rato que controlaban todos los resortes del partido en Madrid. Y los abdujo. Hoy, por ejemplo, cuatro de sus consejeros son viejos ratistas (Güemes, Ongil, Mariño y Lamela). Además de tres consejeros de Cajamadrid (Romero de Tejada, Fernández Norniella y Rodríguez-Ponga). Y otros altos cargos de la comunidad, como el consejero delegado de Metro, Ramón Aguirre, o los miembros del Consejo Económico y Social Elena Pisonero y Luis de Guindos. Hasta la ex mujer de Rato, Gela Alarcó, sin experiencia política previa, ha sido nombrada responsable del Consorcio de Turismo de Madrid y consejera de Telemadrid.

Esperanza Aguirre nunca da puntada sin hilo. En su pugna con Ruiz-Gallardón por el control del partido en Madrid, en octubre de 2004, sabía que era decisivo el apoyo de los ratistas. El 14 de octubre, el alcalde de Madrid pagaría caro no haber contado con los huérfanos de Rodrigo. Aguirristas y ratistas le lincharían en su particular noche de los cuchillos largos.

Entre Gallardón y Esperanza Aguirre, ¿a quién apoyaría Rato? De Aguirre nunca fue amigo. Siempre la consideró un peso liviano en el partido, y además no es pata negra de Alianza Popular. Desconfía de ella. Ruiz- Gallardón, sí es pata negra; siempre se respetaron. Nunca fueron rivales. Cada uno a lo suyo. "Una vez le escuché decir a Rodrigo sobre Gallardón: '¡Claro que Alberto es un cabrón; como yo. Pero saca votos; como yo!", explica una política de su entorno. Entre los ratistas se da por sentado que Rato nunca apoyará a ninguno de los dos. "Es demasiado zorro. Dará su opinión, pero no se siente en deuda con Aguirre porque haya protegido a su gente. Y menos aún con Gallardón.

Esperanza Aguirre es, además, la candidata natural de los neoliberales del PP. Y esos liberales dogmáticos fueron los que más se empeñaron en apartar a Rato de la sucesión, conseguir el poder para Rajoy y una vicepresidencia para Zaplana, el jefe del grupo. Hoy trabajan para borrar a Ruiz-Gallardón del mapa.

¿Por qué ese odio de los aznaristas hacia Rodrigo Rato? Hay un retrato de Rato pintado por Hernán Cortés que refleja su personalidad. La chaqueta abierta, los brazos separados como un pistolero, el cuerpo ligeramente adelantado, el gesto desafiante. Los hombres de Aznar, forjados en FAES y Valladolid, siempre vieron en Rato, textualmente, a "un chulo madrileño". A su vez, Rato les despreciaba. Dudaba de su capacidad política e intelectual. Le repugnaban sus intrigas. Ellos acabarían con él.

Tras la triunfal legislatura 1996-2000 y la mayoría absoluta del PP, el panorama se iba a torcer inopinadamente para Rato. En el entorno de Aznar comenzaba a extenderse que el vicepresidente se estaba colgando las medallas del éxito económico, cuando el cerebro era el presidente. Una visión que promovía el mismo Aznar, que proclamó en una entrevista a The Wall Street Journal: "El milagro soy yo". "Rodrigo era demasiado pragmático, demasiado pastelero para hacer las reformas económicas que necesitaba España. Nunca hubiera congelado los salarios de los funcionarios si no hubiera estado detrás Aznar con su lápiz rojo", explica un aznarista de primera hora. Un ex ministro confirma: "Es cierto, los Presupuestos se cerraban en la mesa de Aznar en Moncloa; era insólito, pero lo hacíamos así". Una versión de la que no se aparta el ex ministro de Hacienda Cristóbal Montoro, aun reconociendo los méritos de Rato: "En Economía proponíamos, pero Aznar iba siempre por delante, aunque nunca tomaba decisiones por encima de su ministro de Economía".

Consciente de su peso y popularidad, Rato forzó en 2000 ser nombrado vicepresidente único sin cartera; en la práctica hubiera supuesto ser nominado sucesor y, al tiempo, ceder la cartera de Economía a Juan Costa, que seguiría sus instrucciones sin rechistar. Aznar se negó. Su intención era dividir el poder entre Rato y Rajoy. Y que comenzara el torneo. Algunos ratistas comenzaron a convocar discretas comidas en el molino del jefe para recabar adhesiones a su candidatura. En La Moncloa no les perdían de vista.

Mientras, la relación entre los dos viejos amigos, Jose y Rodrigo, comenzaba a enfriarse. La comunicación había dejado de ser fluida. La confianza había desaparecido. Aznar era el presidente. En público y en privado. Desde La Moncloa se frenaban decisiones del ministro de Economía. Y Rato, contrariado tras su envite frustrado de conseguir la vicepresidencia única, se dedicaba a viajar en su papel de embajador del milagro económico, dando la imagen de estar al margen de la política nacional. Crisis del Prestige incluida. Y el presidente se aislaba en La Moncloa, inmerso en sus sueños imperiales. "Aznar comenzó a establecer una relación bilateral con los ministros; no planteaba los problemas en el Consejo de los viernes, sino a cada titular de una cartera por separado, con lo que no había posibilidad del mínimo debate. Llegó a tener un poder absoluto", recuerda un ministro de ese Gabinete. "Y empezó a hacer experimentos: Piqué, a Cataluña; Matas y Zaplana, al Gobierno; Acebes, al núcleo duro. La sucesión ya no estaba tan clara en el invierno de 2002. Los que habíamos pensado que Rato ganaría de calle empezamos a dudarlo. La gente de Aznar comenzaba a alinearse con Rajoy bajo la batuta de Zaplana. Aznar no buscaba un álter ego, sino alguien sin ego. Y Rato parecía no darse cuenta".

Rato estaba a sus cosas. Los años 2001 y 2002 no serían buenos para él: rompía su matrimonio (ante la alegría de sus rivales y el pasmo de Ana Botella) y se veía salpicado por el escándalo de Gescartera. Siempre los negocios familiares. En 2002, Aznar le ofreció la cartera de Exteriores; Rato la rechazó: no estaba en su mejor momento personal. Al jefe no le sentó bien. Aún tendría que llegar la puntilla de la crisis de Irak, a comienzos de 2003. "Rodrigo aún creía que iba a ser el candidato. No perdía la esperanza, aunque los amigos sabíamos un año antes que Mariano iba en cabeza. Rodrigo se estaba distanciando de Aznar. Desde su separación matrimonial, no salían juntos; Irak fue la guinda", recuerda otro ex ministro.

Enmascarado bajo un apelativo tan prosaico como Departamento de Infraestructura y Seguimiento para Situaciones de Crisis se esconde el búnker de La Moncloa. En su interior, en dos irreales reuniones del gabinete de crisis del presidente, bajo tierra, entre muros de hormigón armado, con puertas falsas y armarios repletos de armas, Rato se jugó la sucesión. Según un asistente: "Los dos candidatos, tanto Rato como Rajoy, veían que estábamos perdiendo la calle por la apuesta de Aznar de intervenir en Irak, y eso podía afectar sus posibilidades en las elecciones de marzo de 2004. Sólo quedaba un año. Rajoy actuó a lo gallego, sin mojarse. Rato fue de frente. Era el miembro más reacio del Gabinete a cualquier participación militar. Y se lo hizo saber a Aznar". Otra persona cercana a la reunión recuerda: "Rato era reticente a la guerra por pragmatismo, no por principios morales. Temía la reacción de la opinión pública; teníamos las encuestas en contra. Había mucho estrés, y Aznar necesitaba al viejo amigo de su lado. Y no lo tuvo. Rajoy estaba contra la intervención, pero habló cuando tocaba y no manifestó ni una fisura". En Diario de entreguerras, un libro del ex ministro Federico Trillo que revela sombras de esos días, el ex ministro de Defensa afirma que, tras hablar Rato contra la guerra, Aznar le lanzó una mirada de "tristeza infinita". En la versión original del texto, la frase era distinta: la mirada de Aznar era "de tristeza definitiva". Cinco meses más tarde de esa escena del búnker, Rajoy era elegido sucesor de Aznar. Seis meses más tarde perdía las elecciones.

Cuentan en el PP que si Aznar llega a saber la que se avecinaba el 11-M hubiera elegido sucesor a Rato. Y que éste, político de raza, hubiera gestionado de otra manera la crisis. Y quizá la historia hubiera sido diferente. Hoy, cuatro años más tarde, Rato vuelve. Sólo él sabe por qué. Aunque no sepa a qué. ¿Ha llegado su momento? ¿Le queda una segunda vida en política? Él se escuda en su proverbio chino favorito: los puentes se cruzan cuando se llega a ellos. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de octubre de 2007