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COLUMNA

La izquierda

Creo sinceramente que existe un espacio para la izquierda en la política española. La conciencia republicana no se limita hoy a una bella nostalgia de los acontecimientos de 1931, sino a la reivindicación de los espacios públicos y del protagonismo de los ciudadanos en la toma de decisiones, ya sea a la hora de elegir un jefe del Estado o de controlar los rumbos económicos y legales de la sociedad. En las exigencias de la unificación tecnológica y capitalista del mundo, surgen redes de compromiso cívico que van más allá de las crispaciones ruidosas e interesadas del bipartidismo. Van, incluso, más allá de la burocracia de los partidos tradicionales. El deseo de encontrar una nueva forma de hacer política estuvo en el origen del proyecto de Izquierda Unida, un proyecto que convocó y reunió numerosas sensibilidades procedentes del movimiento obrero, el ecologismo y las diversas organizaciones defensoras de las políticas de igualdad y la solidaridad internacional. La vigencia de Izquierda Unida es algo más que una elaboración teórica o una ilusión propia de la apuesta ideológica por la emancipación humana. Muchos militantes, concejales, alcaldes y parlamentarios, autonómicos y nacionales, han demostrado con su trabajo diario que una política a la izquierda del PSOE es activa y real. Los militantes de Izquierda Unida pueden sentirse orgullosos de la labor desempeñada por sus representantes en cientos de municipios, en el Parlamento andaluz y en el Congreso de los Diputados. Hay en Andalucía pueblos que, gracias a la labor silenciosa de alcaldes y concejales, son un ejemplo de participación ciudadana y de lucha contra la especulación urbanística. El Estatuto de Andalucía no hubiese tenido un carácter tan avanzado en los capítulos medioambientales y sociales sin el trabajo de los parlamentarios de Izquierda Unida. Muchas de las leyes más interesantes del actual Gobierno socialista no hubiesen existido o serían de otra manera sin el concurso de Izquierda Unida. Resulta difícil mantener un espacio propio, a la izquierda del PSOE, en un país con una derecha extrema.

Por eso me parece muy lamentable que Izquierda Unida sea casi siempre noticia por sus problemas internos, y no por su trabajo en favor de los ciudadanos. Las discrepancias son fértiles cuando ayudan a la navegación colectiva, pero hacen fracasar un proyecto si surgen del sectarismo y de las luchas por un férreo control de la organización. Me gustaría creer que los debates y las elecciones primarias que se están produciendo en Izquierda Unida se deben a una energía democrática dispuesta a alimentar el proyecto colectivo. Pero no es verdad. Confundir un proceso electoral con un debate interno o con la valoración del trabajo de un coordinador general, supone una estrategia suicida, porque lleva las discusiones internas al territorio de los votantes, poco inclinados a apoyar opciones marcadas por el enfrentamiento ¿Cómo pedir el apoyo público a un candidato que es puesto en duda y despreciado por sus propios compañeros? Discutir las figuras de Diego Valderas en Andalucía o de Gaspar Llamazares en el Estado, puede resultar oportuno en una asamblea llamada a la elección de un coordinador general, con el deseo de discutir la política que deberá seguir la coalición en los próximos años. Pero resulta insensato mezclar a destiempo las ofertas electorales con las luchas internas. ¿Qué futuro le queda a Izquierda Unida si expone sus humildes resultados electorales a un riesgo todavía mayor? Los estrategas de la lucha interna corren el peligro de apoderarse por fin de una organización vacía. Los dirigentes tradicionales del PCA se están equivocando. Los jóvenes líderes del PCA se equivocan también al no asumir su papel en la renovación. Y las facturas de los errores de la izquierda siempre son muy altas, muy duraderas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de octubre de 2007