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Necrológica:

Dolores Campos Herrero

Una vida para la escritura

Dolores Campos Herrero vivió para escribir, y vivió escribiendo. Nació en Tenerife en 1954, y murió anteayer en Las Palmas de Gran Canaria, donde vivió casi siempre. Escribió 13 libros y, mientras se lo permitió la enfermedad cruel que le quitó su alegría, mantuvo con la literatura una relación fértil, generosa; ayudó a otros a escribir, constituyó una Escuela de Letras, explicó de dónde nacía una de sus pasiones, el cuento, y desde su blog, que mantuvo con el título A-cerca del paraíso hasta cinco días antes de su muerte, hizo didáctica de lo que sabía, que era mucho.

Fue periodista en medios canarios, y su última ocupación fue en TVE en las islas, donde estaba a punto de ser jubilada. Su dedicación principal fue la cultura, y específicamente la literatura. Aquejada desde niña de un problema visible de movilidad, arrostró con energía esas dificultades, se constituyó en una persona indispensable en foros, discusiones y recitales, y fue una agitadora cultural que en Canarias realizó una labor insuperable.

Lo que hizo en público no fue, sin embargo, tanto ni tan gratificante como lo que hizo en privado, pendiente siempre de la perfección literaria, y del estudio, como objetivo. Eso se ve en sus libros: el último se tituló Eva, el paraíso y otros territorios. Otros libros suyos son Channel número cinco, Daiquiri y otros cuentos, Basora, Alejandra me mira, Azalea (con el que ganó en 1993 el Premio Atlántida de Literatura Infantil), Siete lunas y Veranos mortales. Poco antes de morir dio a la imprenta dos libros nuevos, pero nada hacía presagiar, ni su actitud, que siguió animosa, cooperativa, pública, que no iba verlos publicados. Una vez le preguntaron en un chats quién era de veras, y dijo: "Fantaseaba, cuando era pequeña, con la posibilidad de vivir muchas vidas. No es posible, pero, de alguna forma, la literatura me lo permite. Es esa certeza de sólo tener una existencia lo que me hace ser activa, vehemente, intentar exprimir ese jugo".

La muerte le puso el muro a su vida. Hace cinco días escribió en su blog: "Arrimó la escalera al árbol, empeñado como estaba en bajar de aquella copa un nido. Siguió y siguió y rebasó la altura de todo el parque e, incluso, el nivel de algunas nubes. Pero aquello no tenía fin. Ni la escalera. Ni sus ganas de subir". Como si arañara en la infancia, y el final del futuro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 22 de octubre de 2007