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Reportaje:MIS PERSONAJES DE FICCIÓN | BATMAN

El superhéroe ambiguo

El 'enfant terrible' de las letras colombianas ironiza y profundiza en la teoría que inspira su libro 'Técnicas de masturbación entre Batman y Robin'. No hace falta añadir nada más. Medina Reyes (Cartagena, 1967) ganó el Premio Nacional de Novela de Colombia con su obra 'Érase una vez el amor pero tuve que matarlo'. Comparado con Bukowski por su estilo de sinceridad salvaje, también compone canciones para su banda, Siete Torpes, y ha dirigido el filme 'No te aferres a nada que no puedas abandonar en cinco segundos'.

En una historieta de los años cincuenta, un Batman gordo y cuarentón combate a una bella y elegante Mujer Gato. También Robin se ve algo pasado de kilos y con peinado de señora. La relación entre el superhéroe noctámbulo y su delicado pupilo nunca ha sido clara y hasta mediados de los ochenta los tímidos escarceos de Batman con las mujeres no rebasaban su actividad profesional: ellas gritaban y él venía a rescatarlas de cualquier peligro y, supongo que para mantener las apariencias, coqueteaba un poco con ellas antes de regresar con Robin a la Baticueva.

En las últimas décadas, Batman ha tenido más cambios que Michael Jackson; tratándose de un superhéroe esto no debería extrañar, pero en alguien tan humano como Batman tiene sus bemoles y muchos fans hicieron sentir su voz de protesta. Y es que sin necesidad de bótox, liposucción ni tratamientos japoneses para crecer, el Hombre Murciélago rejuveneció 10 años, cambió grasa por músculos y aumentó por lo menos 10 centímetros hasta casi equipararse con el omnipotente Superman. También sus habilidades y parafernalia electrónica fue haciéndose cada vez más sofisticada; quien siguió inalterable fue el elegante mayordomo. A diferencia del resto de criaturas que pueblan el Salón de la Justicia, el Hombre Murciélago no viene de otro planeta ni tuvo algún "afortunado" incidente que lo dotara de poderes especiales; fue un niño rico y feliz hasta que un par de hijueputas asesinaron a sus padres.

Los gringos, aún dirigidos por idiotas criminales como Bush, prefieren seguir creyéndose Superman

La venganza inspiró al superhéroe, su única debilidad conocida es recoger apuestos adolescentes en las calles. Hasta el momento lleva tres robines: el primero se llamaba Dick Grayson y Batman lo sacó de un circo pobre. Este Robin fue siempre muy temperamental e inseguro, las continuas peleas y celos terminaron separando al Dúo Dinámico y Grayson se convirtió en Nightwing. El segundo, Jason Todd, fue víctima de un atentado terrorista del cual se acusa al Guasón, y el tercero, aún vigente, se llama Tim Drake.

El cuarto, con esto de la globalización, podría llamarse John Henry y provenir de una ronda de medianoche de Batman por las afueras de Bogotá. No cabe duda de que el defensor de Ciudad Gótica es el más cursi, desequilibrado y autodestructivo superhéroe que jamás ha existido, y eso lo ha hecho perdurable porque su humanidad no se distingue de la nuestra, lo sentimos como otro jodido avichucho de este apestoso corral llamado Tierra.

Es innegable que el carácter y el éxito de Batman (fue elegido de forma unánime como el superhéroe del siglo) se debe en gran parte a sus enemigos. Ningún otro paladín de la justicia goza de contradictores tan extravagantes como él. Del Guasón (quien de un tiro dejó inválida a la supersexy Batichica) al Acertijo, pasando por una gama de criaturas deformes como el Pingüino o bellas de mal corazón como Hiedra Venenosa, podemos afirmar que en Ciudad Gótica reside la élite de los malos. Y lo mejor del asunto es que entre Batman y sus enemigos las diferencias son escasas; hay una escena patética en que Alfred remienda el uniforme mientras Batman se cura las heridas y uno se pregunta por qué putas un millonario como Bruno Díaz no se compra otro par de uniformes y explota de forma tan cruel a aquel anciano.

El oscuro Batman de los comienzos, nacido para enseñarle a los gringos que Metrópolis era una farsa porque la verdadera alma yanqui era la corrupta y desquiciada Ciudad Gótica, fue decayendo hasta convertirse en un sujeto bonachón en los cincuenta.

Y es que los gringos, aún dirigidos por idiotas criminales como Bush, prefieren seguir creyéndose Superman y no un murciélago saltarín. De hecho, para cortar los comentarios que ponían en entredicho la sexualidad del Hombre Murciélago, jubilaron a Robin. Por fortuna, a mediados de los ochenta, la mala leche de Batman retorna en pleno de la mano de Frank Miller. Él le dio el toque definitivo de perversa ambigüedad; como cualquiera de nosotros, el Batman de Miller siempre parece a punto de dejarse llevar por sus bajas pasiones y terminar convertido en lo que más odia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 20 de agosto de 2007