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LA MEMORIA LITERARIA

El desierto de Siria

Nacida en Barcelona en 1933, es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona. Trabajó en la editorial Seix Barral de 1964 a 1970, año en el que fundó la editorial La Gaya Ciencia y las revistas 'Arquitectura Vis' y 'Cuadernos de la Gaya Ciencia'. Ha trabajado como traductora para las Naciones Unidas en ciudades como Ginebra, Nueva York, Washington, Nairobi y París. En 1994 obtuvo el Premio Nadal con su segunda novela, ' Azul'. En la actualidad es directora de la Biblioteca Nacional.

Rosa Regàsransportada a la Gran Siria de los últimos siglos antes de Cristo, a la historia de la reina Zenobia, al frescor y fertilidad del oasis del Guta, al pasmo de las ruinas de Afamia como una cenefa sobre la colina, a la vida de los zocos de Damasco y Alepo y a las torturas del paisaje de Cuneitra, tan reales como el cotidiano mundo del trabajo que me llevó a Siria, llegué a Palmira una calurosa mañana de mayo de 1993, tras una visita al desierto para ver a mi amigo Abu Almansur y a su numerosa familia, donde sufrí una violenta y escalofriante tempestad de arena. Iba con Ismail Kerak, un palestino que se había prestado a acompañarme.

Había conocido a Ismail charlando con él en el aeropuerto de Madrid, esperando los dos el vuelo Madrid-Damasco, y después en el avión. Él venía de Londres y se dirigía a Jordania, donde trabajaba y vivía, y yo me disponía a pasar tres meses en Siria para conocerla y escribir un libro de viajes con mis experiencias. Tras unas horas de charla habíamos concertado una cita para tres semanas después en el restaurante Sahara de Damasco. Él era neurólogo y vivía y trabajaba en Jordania, pero también tenía consulta en Damasco y Alepo, las dos grandes ciudades de Siria.

Llegué a Palmira una calurosa mañana de mayo de 1993, tras una visita al desierto

Cuando a media noche salí a la terraza, la luna llena cubría de luz las palmas del palmeral

Recorrimos el valle del portentoso río Éufrates y conocimos las ciudades muertas

Fueron días de sol y de baños en el río lejos de las aldeas de las que sólo veíamos la ropa tendida

La Vía Láctea en árabe es 'dareb altabbane', que significa el camino que deja la paja

Cuando llegó el día señalado, a punto estuve de no asistir a la cita, perturbada como estaba por mi estancia en Damasco y por mis viajes a la costa y a Alepo, que me habían obsesionado de manera tan absorbente como nunca podría haber imaginado. Ya me había instalado en una habitación alquilada en la casa de Fathi Alawi, el chófer de una ONG que había conocido el primer día, y de Nayat, su mujer, situada, en la falda del monte Cassium, y en aquel cuarto pequeño con una gran cama de varios colchones y un balcón que daba a una minúscula terraza había encontrado mi casa. Tal vez porque sobre la mesita de noche un ramo de rosas damascenas me había dado la bienvenida y porque desde el balcón se oían la voz del afilador y el chirrido de su rueda, los maullidos de los gatos en los tejados y el canto del muecín llamando a la oración: un viaje en el que me había visto tan implicada que la conversación que habíamos mantenido Ismail y yo en el avión quedaba lejos, desdibujada, casi desaparecida.

Aun así fui al restaurante. ¿No sería una ingenuidad por mi parte -me decía sentada ante un whisky, entre la pereza y la desgana- haber venido y tomarme en serio una frívola invitación de un compañero de viaje que ya la habría olvidado? ¿Qué hacía yo dispuesta a cenar con un tipo del que apenas recordaba la cara?

Entretenida en estas ociosas preguntas, no me di cuenta de que lo tenía de pie ante mí. Los ojos más verdes de lo que yo los recordaba y la sonrisa más irónica o, tal vez, tan dubitativa como debía de ser la mía.

"Hola", dijo. Y añadió con sorna: "¿Te acuerdas de mí?".

Al principio, la cena estuvo plagada de breves silencios, pero poco a poco nuestra inseguridad dejó paso a la narración alternada de experiencias de nuestros conocimientos sobre Siria. Breve aún el mío, sólido el suyo por su trágica historia palestina. Y más tarde aún apareció la complicidad de ciertas ideas que iban abriéndose paso entre anécdotas.

Me contó muy escuetamente la historia cruel de su familia, que nunca pudo volver a Jerusalén y que permanecía en Jordania esperando el día, dentro de una o mil generaciones, en el que los palestinos podrían ser ciudadanos de un Estado, como lo eran ahora los judíos por una declaración de los países más poderosos del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Me explicó cómo la familia entera trabajaba para que al menos uno de los hijos pudiera tener estudios a fin de mantener el nivel cultural y científico de su pueblo. Cómo se empeñaban en tener hijos, muchos hijos, para que fuera la población la que mantuviera en alto las justas reivindicaciones de Palestina.

Ya al final de la cena, cuando habíamos compartido, además de ciertas experiencias, algunas confidencias, comencé a contar mi viaje y me entusiasmé mostrándole el plan que tenía de visitar el desierto y ver Palmira. Le conté cómo muchos años atrás había leído el libro de Volney, Las ruinas de Palmira, y desde entonces el deseo de visitarlas no había hecho más que aumentar.

Y dijo él de pronto:

-Déjame que sea yo quien te muestre Palmira.

Le miré a los ojos, que esperaban una respuesta.

-¿Qué me estás queriendo decir?

-Te estoy pidiendo que me dejes enseñarte Palmira. La conozco como la palma de la mano.

-O sea, ¿que vendrías en coche conmigo?

-Así es.

-A veces no soy buena compañera de viaje.

-Me arriesgaré.

-¿Te gusta el desierto? - pregunté antes de aceptar.

-Me gusta.

-¿Libertad por las dos partes si nos cansamos?

-Sí.

-Muy bien, de acuerdo.

Así fue como al cabo de una semana, después de que él me hubiera presentado pintores, escritores y arquitectos de Damasco, nos fuimos a Palmira, no sin antes visitar a unos amigos beduinos que había conocido camino de Lataquia, dos semanas antes.

El día de nuestra llegada a Palmira, creyendo el gerente del hotel que éramos pareja y anunciándonos que sin papeles que confirmaran nuestra unión no podían darnos habitación, lo que nos hizo sonreír tímidamente a los dos, nos dieron dos habitaciones separadas, pero con una gran terraza común.

Estábamos agotados por la tempestad de arena en el desierto, por el largo viaje y por una tarde entera de visita a las ruinas de Palmira, y nos acostamos pronto.

Cuando a medianoche me desperté y salí a la terraza, la luna llena cubría de luz las palmas del palmeral y cantaba la cigarra en algún lugar oculto de la estepa. Más allá, ya no podía imaginarlo sin perderme, el valle de las Tumbas y las columnatas y templos que la noche había recompuesto liberándolos de su deterioro, aparecían como un ámbito hechizado por el pasmo y la quietud, como si todas las piedras hubieran recuperado su lugar exacto junto a las demás; como si se hubieran llenado los huecos que dejaron las tormentas, los años y los expolios; como eran cuando los habitaban cientos de miles de vasallos de la mítica reina Zenobia.

Palmira en todo su esplendor se abría ante mí con la suavidad de la luz lunar y de la imaginación que no deja fisuras en el pensamiento. Me apoyé en la barandilla y me dejé llevar por la magia de un paisaje que nunca volvería a ver como ahora. El aire era cálido, y la luz, azulada y suave. Seguían impertérritas las cigarras, y el firmamento amparado por la luna había reducido su lejanía. Y yo comprendí que me encontraba en un reducto sagrado y recogido.

No sé cuánto rato estuve así, perdida la noción del tiempo bajo la luz de una luna que parecía haberse detenido, cuando de pronto oí unos pasos en la terraza que se detuvieron detrás de mí. Esperando mi respuesta, pensé.

Si los dioses, o las fuerzas de la naturaleza, si los antiguos habitantes de este valle o sus terribles invasores, o la reina Zenobia convertida en hechicera o los magos que habitan el lugar o los artistas que lo construyeron; si la suerte o el destino o el ángel que me acompaña, o el celo y la complicidad de los amigos que me precedieron o la concatenación de acontecimientos o sólo el azar, me concedían ahora un deseo no formulado, jamás anticipado, pero real y cierto en este mismo momento, no sería yo el alma desagradecida que renunciara a él. Y volviéndome hacia los pasos, me dejé guiar por ellos hacia la habitación. Quizá porque por un leve estremecimiento me pareció que había llegado el momento de dejarme arropar. En este preciso instante, la luna se puso en marcha y siguió su camino hacia el horizonte, y el lucero del alba más diáfano que nunca apareció en el rosado amanecer.

Durante seis días, Ismail y yo recorrimos el valle del portentoso río Éufrates, y conocimos las ciudades muertas y vivas que se levantan a sus orillas.

Un largo viaje que nos permitió ver el sol suspendido un instante sobre la línea del horizonte antes de sumergirse en él, y contemplar cómo de pronto caía sobre nosotros y el mundo entero la oscuridad de la noche hasta que, acostumbrados a ella, surgían las estrellas. Las noches en el desierto son frías, y las estrellas rutilantes y cercanas cubren la bóveda de los cielos.

"La Vía Láctea", me explicaba Ismail señalando la nebulosa cuando nos deteníamos y bajábamos del coche para precisar los nombres y descubrir la situación de los astros y de las constelaciones, "se llama en árabe dareb altabbane, que significa el camino que deja la paja. Y así se llama también el reguero que deja el carro colmado de espigas cuando avanza hacia el granero". Y yo le oía mirando el camino que nuestro viaje dejaba en la tierra y en nuestros corazones.

Fueron días de sol y de baños en el río lejos de las aldeas de las que sólo veíamos la ropa tendida en perchas altísimas como banderas sin sentido que sobresalían de los muros tostados de las casas. Comíamos junto al río de lo que comprábamos en los zocos de los pueblos. Y por las noches dormíamos en pequeñas posadas para beduinos en aldeas al borde del desierto. Por las noches cenábamos con ellos y los demás viajeros en el patio de la casa, bajo las parras, e Ismail me traducía sus incesantes conversaciones y discusiones. Oíamos a veces la música que algún muchacho arrancaba de instrumentos primitivos, de flautas y cítaras elementales que ni Ismail ni yo habíamos visto jamás. Tomábamos arak hasta el amanecer y salíamos a la azotea para contemplar esos cielos del desierto, diáfanos, transparentes, azotados cada noche por un viento que no se detendría hasta que saliera el sol por la mañana, cuando las conversaciones habrían cesado y los habitantes de la aldea se cubrían con mantos y turbantes para defenderse del sol y del calor, y nosotros, aguas arriba del Éufrates, buscábamos un ribazo desde donde chapuzarnos una vez más, antes de visitar una nueva fortificación que mantenía sus ruinas arropadas por la arena del desierto.

Se fue Ismail a Jordania y yo continué mi viaje por las hospitalarias y bellas tierras de Siria, con el corazón esponjado por la reciente memoria de una historia que nos acompañaría, con mayor fuerza que la presencia misma, y que yo intenté alargar protegiéndola, como procede, en la magia de la literatura. ¿Hay mejor santuario para el recuerdo?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 19 de agosto de 2007