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Trabajo a dos velocidades

Hace unos días, el periódico francés Le Monde destacaba la noticia de que España era el único país de la OCDE en el que el salario medio había bajado un 4% entre 1995 y 2005. Como promedio, en el conjunto de la OCDE, el aumento de los salarios había sido del 1,8% cada año entre 1995 y 2000, y de un 0,7% entre 2000 y 2005. Esta noticia ya había sido divulgada en España anteriormente, y las autoridades económicas afirmaron (de manera aséptica) que ese dato no significaba un empeoramiento de las condiciones laborales de los españoles, sino la constatación de que el aumento espectacular de personas que ahora trabajan y antes no había provocado que los nuevos "activos" (básicamente mujeres e inmigrantes), al tener salarios más bajos, presionaran a la baja el conjunto del sistema. No es ningún secreto el hecho de que en España se ha pasado de 16 millones de personas oficialmente activas en el mercado de trabajo en 1995, a 22 millones a principios de 2007. Si a principios de los noventa teníamos un paro de más del 20%, ahora se sitúa alrededor del 8%. O sea, que si por un lado tenemos la buena noticia de que más gente trabaja, por otro lado nos dicen que como esa gente recién entrada al mercado de trabajo está menos formada y es menos productiva, recibe un peor salario y provoca el efecto de que el conjunto de los asalariados españoles, aparentemente, cobre menos ahora que hace 10 años.

¿Dónde trabajan los nuevos empleados? Pues, lo que afirman los expertos, es que lo hacen en sectores que demandan mano de obra poco cualificada y, por tanto, se les ofrece peores salarios. Como bien sabemos esos sectores serían, por un lado, la construcción, pero sobre todo la hostelería, la restauración y los servicios de cuidado. No es extraño, siguen los expertos, que sean precisamente esos sectores los que sufran de una mayor precariedad en sus condiciones de trabajo. Un tercio de los empleados españoles trabaja en condiciones de precariedad, y si nos circunscribimos a los jóvenes de entre 16 y 25 años, la cifra se eleva hasta un increíble 60%. En fin, concluye el rotativo francés, los salarios en España han bajado "ópticamente". Lo relevante sería la baja calidad del nuevo empleo en el país, y no la bajada del salario medio.

Pero, efectos ópticos al margen, lo indudable es que la distancia entre los trabajadores de primera y los trabajadores de segunda ha aumentado y no tiene visos de reducirse. En un lado están los que tienen un trabajo indefinido, permanente y bien remunerado. En ese sector predominan los hombres, de más de 35 años y de menos de 55, de nacionalidad española. Y con una fuerte presencia de funcionarios y trabajadores de cajas de ahorro, bancos, aseguradoras y de núcleos duros de otros servicios. En el otro lado, tenemos personas que tienen un trabajo precario, irregular, con fuertes rotaciones y con retribuciones que se sitúan, a lo sumo, en torno a los mil euros mensuales. Es aquí donde encontramos a más mujeres que hombres, más inmigrantes que autóctonos, más jóvenes que adultos. Y es en este sector en el que más brutal es la no coincidencia de formación del empleado y el trabajo a desarrollar. Como ya hemos avanzado, construcción, hostelería y cuidado doméstico son los sectores predominantes, acompañados además, en muchas ocasiones, de situaciones de subcontratación o de falsa situación de autónomo.

En ese escenario, que no tiene visos de cambiar, sino que parece que en todo caso empeorará, la reacción de los principales agentes del sector es ambivalente y contradictoria. Las administraciones públicas están atrapadas en una maraña de oficinas, servicios y programas pensados para una época de paro, cuando en lo que estamos es en una coyuntura de relativo pleno empleo. Pero un empleo lleno de agujeros, grietas y desajustes de calidad y de formación. Los empresarios se dividen entre los que se aprovechan de la presión de los nuevos activos para reducir costes y ampliar márgenes; aquellos que, no pudiendo liberarse de la carga de los que llevan tiempo en la empresa, buscan oportunidades en las subcontrataciones para nuevas labores, y aquellos otros que invierten en formación y arraigo para consolidar su espacio. Aunque seguramente predominan las mezclas variables de esos tipos ideales. Los sindicatos ven cómo su fuerza sindical más consolidada está en los sectores laborales más protegidos. Y logran penetrar muy poco, precisamente, en aquellos sectores y ámbitos laborales en que los trabajadores son más vulnerables.

El resultado es un mercado laboral a dos velocidades, en el que los de la primera velocidad aprovechan la fragilidad y debilidad del sector que trabaja en la segunda velocidad para subcontratar servicios, externalizar tareas ingratas y trasladar costes y marrones. Necesitaríamos un cierto revulsivo desde el ámbito de los poderes públicos y desde la parte más consciente de los sindicatos que, sin duda, asiste preocupada a un alejamiento de los más vulnerables de la práctica sindical. Los poderes públicos deberían cambiar sus estrategias, generando dinámicas más proactivas, más descentralizadas, más focalizadas a colectivos, a formación específica, a territorios concretos, buscando alianzas y sinergias con el conjunto del sistema educativo y con otros agentes sociales. Los sindicatos deberían ser capaces de organizar de manera distinta a los que más sufren las nuevas condiciones de trabajo. Y unos y otros, acercarse también a formas de economía social y economía cooperativa, que merece renovar su extraordinario bagaje histórico, y aprovechar las oportunidades del presente para generar así alternativas a esa dualización creciente de nuestra sociedad, de la que los aspectos laborales mencionados son sólo una nueva y rotunda señal.

Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Barcelona

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 25 de julio de 2007.

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