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LÍNEA DE FONDO | Fútbol | 32ª jornada de Liga
Columna
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Hora punta en la Liga

Los últimos resultados han vuelto a convertir la Liga en la historia de todo o nada. Desde ahora los grandes intereses comenzarán a ordenarse de acuerdo con un inflexible principio que reproduce como un calco los extremos de la competición: unos luchan por no perder el Campeonato y otros por no perder la categoría.

El Barcelona mantiene la iniciativa por un milímetro. Hace meses nadie se habría atrevido a poner en duda su dominio porque cumplía las dos condiciones necesarias para revalidar el título: tenía el estilo del campeón y los jugadores capaces de interpretarlo. Cuando sufrió las lesiones de Messi y Eto'o, siguió sumando puntos y llegamos a pensar que había salido indemne, pero un día se hizo visible su fragilidad: sin determinados estilistas no era posible imponer el estilo. Aunque ya dispone de todo su potencial, ha perdido una ventaja profunda que sus enemigos anotaban en el estado de ánimo. Antes daba miedo, hoy sólo impone respeto.

El Sevilla, en cambio, vive uno de esos estados de euforia que distinguen a los ganadores de primer año. En sus mejores días consigue agruparse alrededor de la pelota, entra en ebullición y nos hace pensar en aquella pintoresca comunidad de aventureros, una especie de cuadrilla con espíritu de equipo que conquistó Mónaco y se puso el mundo por montera. Sus lagunas están justificadas; aún recuerda sus estrecheces de vendedor, las duras temporadas en Segunda División y su etiqueta de club de la clase media. Y, como sabemos, un verdadero campeón no puede permitirse dudas ni desmayos. Para ganar la Liga no bastan las travesuras de Alves, Navas o Kanouté; además de talento, una campaña de desgaste con sesenta partidos y tres competiciones exige motor.

El Madrid es la antítesis del Barcelona: tiene jugadores, pero no tiene estilo. Más que una consecuencia de la brillantez de su juego, su rendimiento parece un subproducto; la inspiración ocasional de sus primeras figuras. Nadie puede ignorar el esfuerzo de todos: corren detrás de la pelota como forajidos; van a robarla como si la quisieran para algo, y luego la pierden, la revientan o, menos mal, recuerdan que algún día se divirtieron mientras jugaban. Ahí pueden llegar el tiro con retranca, el regate del año o aquella maniobra en diez toques ante el Valencia: una jugada única que es por ahora la única jugada.

Por detrás vienen el Zaragoza y los que creen en los milagros a la carta: el milagro de la Liga de Campeones, el milagro de la UEFA o el milagro de la salvación. Saben que perder un punto es perder el paso, el dinero y la cabeza, y que el destino ha igualado a los últimos con los primeros. Sólo hay una salida para todos: ganar.

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