Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Los libros

La República dejó un humus en el que se mezclan todavía los cuerpos desaparecidos y los libros. La conmovedora pervivencia de la memoria republicana en España tiene que ver con esa fijación orgánica de los restos de la libertad al paisaje. Para algunos, todo esto es arqueología. Y hasta cierto punto, sin saberlo, llevan razón. Carl-Axel Moberg, el hombre que revolucionó esta ciencia indagatoria, apuntó ya en los años sesenta: "La arqueología no es una recolección de antigüedades, sino de conocimientos, de hechos relevantes de la inteligencia". Moberg estableció unos estratos básicos en la búsqueda. Por un lado, lo que es accesible: lo que ha sucedido (1) que ha dejado huellas (2), que se ha conservado (3), que se ha descubierto (4) y registrado (5). Por otro, lo inaccesible: lo que no ha sido registrado ni descubierto (C), lo que ha sido destruido (B) sin que queden rastros (A). La arqueología más difícil de practicar en España es la del siglo XX después de Cristo. Franquear la línea que separa lo que no ha sido descubierto y llevarlo al campo de lo registrado no es sólo un logro de la inteligencia. Es la prueba de un carbono moral. Quienes escarnecen esta laboriosa arqueografía de la memoria republicana y de la resistencia contra la tiranía, quienes ignoran el holocausto español, creen hablar desde un futuro inmaculado pero lo hacen desde la vieja garita de la inhumanidad. En la ciudad en la que vivo han rescatado estos días la talla que representaba a la República y que presidía el salón de plenos municipal. La alegoría es una mujer que sostiene un libro. En la restauración han tenido que curarle un pecho apuñalado. Ante la talla, en A Coruña, es imposible no recordar a Juana Capdevielle. Trabajó en la biblioteca de la Complutense madrileña y viajó por Europa para formarse. Esposa del gobernador civil coruñés, embarazada, fue asesinada de una forma horrenda por el fascismo. Por aquellas fechas, jóvenes bibliotecarios de los ateneos intentaron salvar libros de las quemas enterrándolos. Han desaparecido, los cuerpos y los libros, pero hay días en que tengo la sensación de que pertenecen a lo accesible. Tal vez por la manera de crecer, melodiosa y pensativa, que aquí tienen las higueras cercanas a las casas... Como escuela de mirlos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de abril de 2007