Columna
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Melancolía

Al hombre alegre que es Savater se le apreciaba en sus últimas apariciones un asomo de melancolía, no que la energía se le estuviera agotando, porque él tiene el don de la resistencia, pero sí se presiente la melancolía. Al hombre alegre puede que esta apreciación le provoque una sonrisa y se apresure a neutralizarla, como suele, con un requiebro irónico. Pero la mantengo. Por mucho que la alegría contrarreste el azote de la realidad, cualquier ser humano acusa su sacudida. No creo que se amedrente por la discusión política aquel que ha sobrevivido a la paulatina descomposición del acuerdo social y político contra el terrorismo y nunca se ha arrugado ni ante el nacionalismo obligatorio ni ante la ira de aquellos que, habiéndole alzado al pedestal de los héroes (sin su consentimiento), de pronto consideraron que se había salido del camino recto. No creo que le hundan esos adjetivos que se usan ahora con tanta desenvoltura, facha o derechoso, y que neutralizan a tantos otros con capacidad de disentir. No creo que flaquee por la evidencia de encontrarse en el punto de mira de los terroristas, él afirma que siempre se ha sentido amenazado. No creo que le preocupen desde un punto de vista personal los vetos que sobre su persona planean en algunos medios de comunicación o en ciertas universidades donde jóvenes amantes del diálogo no le dejan abrir la boca, al fin y al cabo, el mundo de Savater es más amplio que el de nuestro cogollo nacional y su voz se oye con fuerza y admiración en muchos foros de América Latina, Europa o en esa Biblioteca de Nueva York en la que anhelan su visita. Pero la melancolía se hace presente por el sentimiento de extrañamiento, esa soledad provocada por el abandono, no ya ideológico sino afectivo, de antiguos compañeros de viaje. A las víctimas del terrorismo habría que sumarle la muerte de algunas amistades. Confío en que esos jóvenes, que crecieron leyendo los libros del filósofo Savater, sepan establecer debates verdaderos que no arrinconen al que disiente, a ese guardián entre el centeno que nos avisa de los peligros de cualquier dogmatismo. Eso ha sido siempre Savater. Por eso genera tanta reverencia como antipatía. Por eso es siempre tan necesario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del martes, 03 de abril de 2007.