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Reportaje:

P'ngieng se mira en el espejo

Los padres de la 'niña salvaje' insisten, pese a las dudas, en que es su hija desaparecida en 1989

Rochom P'ngieng desapareció sin dejar rastro un día de octubre de 1989 mientras cuidaba de los animales de su familia. Tenía nueve años. "Sacrifiqué un búfalo y un cerdo y ofrecí vino de arroz a los espíritus. Buscamos durante mucho tiempo pero ella nunca volvió", cuenta ahora su padre, Sal Lou, sentado en el suelo de su cabaña en la aldea de Oyadao, al noroeste de Camboya.

Sal tiene 45 años y pertenece a la minoría jarai, y como otras tribus que habitan en las junglas de esta región situada a 650 kilómetros de Phnom Penh practica los ritos animistas. Cuando quieren calmar a los dioses, degüellan un búfalo. Para evitar que escape, le practican un corte en las rodillas de las patas delanteras. Cuando se hinca en tierra y se desangra lo decapitan y entregan la cabeza a los espíritus. Sal intentó embaucar de este modo a los fantasmas de la jungla para que le devolvieran viva a su hija. No tuvo suerte. "La dimos por muerta después de tantos años. Pero el 13 de enero [de 2007], un amigo vino hasta aquí para decirme que unos leñadores habían visto a una joven desnuda, a la que atrajeron con alimentos, y que pensaron que era mi hija porque tiene dos cicatrices similares".

"No tenía las uñas largas, y alguien le había cortado el pelo", dice un curandero

"No se puede imponer la prueba de ADN porque no hay crimen", asegura una ONG

"No está totalmente aislada del exterior. Por eso algún día hablará", dice el psicólogo Rifá

El hombre habla despacio. Relata la historia que ha convertido a P'ngieng en noticia para periódicos y televisiones de todo el mundo, fascinados por lo que parecía un caso de niño feral (que crecen en estado salvaje aislados de todo contacto humano). No es la opinión mayoritaria en Camboya. Asociaciones de derechos humanos, médicos, policías y algunos vecinos dudan de que P'ngieng -si es ella- haya sobrevivido durante 18 años en una jungla peligrosa o que sea un caso de niña salvaje como el que inmortalizó el cineasta francés François Truffaut en L'enfant sauvage.

Creen más bien que puede tratarse de alguna de las muchas mujeres y niños con los que se trafica en Camboya, o de una chica con problemas mentales y que alguien mantuvo atada hasta que decidió deshacerse de ella. Esto explicaría la profunda cicatriz que circunvala su muñeca izquierda.

Nhex Dol, de 45 años, que regenta un puesto de venta de medicinas, fue el primero en explorar a la joven tras su regreso a la civilización. "No tenía los pies muy encallecidos ni las uñas largas, y alguien le había cortado el pelo. No sé de dónde ha salido, sólo sé que la encontraron en el bosque; quizás alguien la tuvo presa y la liberó después".

Sal Lou, que trabaja como policía, explica la cicatriz en la muñeca con una caída en una trampa en la selva. Para él y su mujer, Rochom Soy, de 40 años, que pertenece a la etnia phnong, no existen dudas: la joven de ojos tristes e incapaz de hablar -y que está en cuclillas a su lado en el momento de esta conversación- es la pequeña alegre que perdieron hace 18 años. Su padre muestra las pruebas: una marca de apenas un centímetro en el brazo derecho, similar a otras que tiene, y una mancha oscura en la pierna izquierda. "Era una niña diferente", asegura la madre.

Oyadao es un poblado polvoriento, sin electricidad ni agua corriente, al que se llega desde Banlung -capital de la provicia de Ratanakiri- tras dos horas de baches sobre una pista de tierra roja sólo practicable en todoterreno.

Las 500 personas que habitan en la aldea viven en cabañas construidas sobre pilotes para evitar las inundaciones entre mayo y octubre, cuando llegan las lluvias monzónicas. La mayoría trabaja en las plantaciones de caucho y anacardos o en el comercio con la vecina Vietnam. Figuran entre los más pobres de uno de los países más pobres de Asia.

Camboya -que quedó devastada como consecuencia del régimen de terror dirigido por los jemeres rojos de Pol Pot- figura en el puesto 129º de 177 países en la lista del Índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas. El 35% de la población -acosada por el sida, la malaria, millones de minas antipersonas enterradas, la incautación ilegal de tierras, la tala indiscriminada de bosques y la corrupción gubernamental- vive bajo el umbral de la pobreza. La esperanza de vida es de 56,5 años.

La muchacha que podría ser P'ngieng fue hallada a 40 kilómetros de donde desapareció de pequeña y a una hora en motocicleta de Oyadao, adonde se mudó su familia en 1996, huyendo de la violencia. "Llegué a las ocho de la mañana donde la habían visto los leñadores. Cuatro horas más tarde apareció para comer. Le di arroz, le puse la ropa que había llevado desde casa y me la traje conmigo en la moto. En agradecimiento a los espíritus, sacrifiqué un cerdo", asegura su padre. Sal se niega a regresar al lugar, por miedo a que los fantasmas le arranquen de nuevo a su supuesta hija. "Para poder volver allí, tendría que ofrecerles otro cerdo, fruta, vino e incienso", dice.

La cabaña familiar, de unos 40 metros cuadrados, está dividida en tres habitaciones. En la pared, junto a varias fotografías, está escrita la fecha en que nació la chica: 15 de septiembre de 1980. Quince personas viven hacinados en esta pequeña vivienda desprovista de puertas y ventanas.

Sal tiene siete hijos y un sueldo mensual de 25 dólares (en Camboya se utilizan indistintamente la moneda local -el riel- y el dólar estadounidense). Un salario miserable que, ante el interés que ha despertado el caso de su hija, le lleva a pedir dinero por permitir las fotos.

Cuando la muchacha llegó al pueblo, el servicio de salud del distrito decidió enviarla a un hospital a Phnom Penh, pero Héctor Rifá, un psicólogo español y profesor en la Universidad de Oviedo, que desde hace seis años trabaja con las comunidades indígenas en Ratanakiri, desaconsejó a las autoridades que la separaran de su entorno. "La formación en psicología en Camboya es muy pobre. Si la encierras en un centro, la matas", explica en Phnom Penh.

Rifá cree que no se trata de una niña salvaje. "Nadie duda de que ha estado en la jungla, pero puede haber estado también en otros sitios. Tiene un buen pinzamiento de los dedos cuando coge la cuchara y sus manos son relativamente suaves. No gruñía ni gateaba como se ha dicho. Cuando desapareció tenía nueve años y obviamente caminaba. En Camboya hay mucha mitología de animales como el hombre mono". "No soy quién para decir si es o no la hija de esta familia. Tampoco es mi trabajo. Sólo observo conductas, independientemente de su pasado", añade. Rifá se ha desplazado en varias ocasiones a la aldea para aconsejar a los padres y al personal local sobre las pautas a seguir para intentar mejorar el comportamiento de la chica.

Asegura que en la primera sesión hubo muy poca interacción tanto visual como oral. Posteriormente, utilizando un espejo, la joven reaccionó, emitió sonidos, fijó la mirada e incluso sonrió en alguna ocasión. P'ngieng no rehúye el contacto físico masculino. Un hecho que según Rifá podría significar que no ha sido víctima de violencia sexual. Tampoco ha sido madre. "Existe un bloqueo. Pero no sabemos por qué está provocado", dice el psicólogo. "No está totalmente aislada del exterior. Por eso algún día hablará".

Rochom Soy acaba de bañar a su hija, el ritual al que se someten los habitantes de Oyadao al caer la tarde para desprenderse de lo que llaman la nieve de Camboya, el polvo naranja que cubre todo durante la estación seca y que se cuela en las fosas nasales y hace chirriar los dientes. Le coloca un pantalón rojo con dibujos de osos y una blusa amarilla y la peina con mimo.

Una muestra del misterio y las contradicciones que rodean la supuesta reaparición de P'ngieng la da el jefe de policía del distrito, Mao San, un hombre de 42 años que se debate entre la racionalidad que le exige el cargo y las creencias animistas. "He investigado en los pueblos de la zona, las provincias vecinas, e incluso en Vietnam [la frontera está a 20 kilómetros], y no ha desaparecido nadie. Si alguien la hubiera secuestrado, hablaría su lengua y su cuerpo no estaría intacto. La única explicación es que la cuidaron los espíritus y ahora la han devuelto".

Mao recuerda que en 1989 Camboya vivía una guerra civil y que en los bosques de Ratanakiri luchaban varias facciones. El país, que durante un siglo fue colonia francesa, fue bombardeado intensamente por Estados Unidos a principios de la década de los setenta, y en 1975 sufrió la llegada de Pol Pot, cuyo régimen ultracomunista provocó alrededor de un millón y medio de muertos. En 1979, Vietnam invadió Camboya y acabó con el reinado sanguinario de Pol Pot. En 1991 fueron firmados los Acuerdos de Paz de París, pero la resistencia de los jemeres rojos no acabó hasta 1999, tras la muerte del dictador.

No se sabe cuánto tiempo ha pasado P'ngieng escondida en la jungla. Y, quizás, nunca se sepa a no ser que empiece a hablar y lo cuente ella. Pero en la misma zona hay otras historias extraordinarias de supervivencia como la suya. Es el caso de un grupo de guerrilleros de la etnia kreung, que desertaron del ejército jemer en 1979 y huyeron a la selva con sus familias, donde permanecieron durante 25 años por miedo a los vietnamitas.

Lek Mun, de 43 años, fue una de las 34 personas que, vestidas con cortezas y hojas de árboles, surgió de la floresta a finales de 2004, ignorantes de que la guerra había acabado y Pol Pot había muerto. Tenía 15 años cuando todos los habitantes de su aldea se echaron a la jungla, huyendo de los soldados vietnamitas que disparaban sus ametralladoras contra las copas de los árboles en busca de jemeres rojos.

Un año después, algunos regresaron al pueblo, pero unos 100 decidieron continuar escondidos. "Los líderes decían que si volvíamos, nos matarían", cuenta en los bajos de su cabaña, en Kala, una pequeña aldea anclada en un claro del bosque a unas tres horas de Oyadao. "Tiempo después hubo disparos y nos separamos. Quedamos un grupo de 12 personas de cuatro familias. Construíamos chozas y plantábamos arroz. Comíamos raíces y los animales que cazábamos, incluso tigres", explica. Las mujeres recogían fruta y plantaban los granos de arroz que encontraban en el estómago de los pájaros, mientras los hombres cazaban con lanzas, trampas y hondas. Construían cuchillos con el metal de las bombas estadounidenses. "Nuestra principal preocupación era conseguir comida. Algunos años no teníamos cosecha de arroz. Cuando veíamos huellas humanas, cambiábamos de lugar".

Un día pusieron fin a su destierro y emergieron del lado de Laos. "Decidimos regresar porque cada vez era más difícil vivir en la jungla, aunque no sabíamos si la guerra había acabado", asegura.

La reinserción no ha sido fácil -sus hijos sólo conocieron la selva-, pero algunos van a la escuela. Lek cultiva las dos hectáreas de tierra que le dieron los familiares de su mujer en Kala, de donde es ella. "Nuestra vida es mejor ahora", asegura este hombre de ojos profundos cuyo mejor recuerdo de la vida en la jungla es "la buena relación que había en el grupo".

Lek Mun afirma que es imposible para una persona sola sobrevivir en la jungla. "No puedes hacer todo: plantar, conseguir comida y fabricar cuchillos". Cuando se le muestra la foto de P'ngieng, dice que no la conoce, pero que podría ser de la etnia jarai. Vecinos de Oyadao afirman que si no habla es imposible distinguir a qué minoría pertenece y que por el físico podría ser laosiana o vietnamita.

Lo que sí sería factible es averiguar si es la hija perdida en 1989. Mao San, el jefe de policía de Oyadao, dice que le gustaría que se hiciera la prueba de ADN. También le gustaría a la doctora Kek Galabru, presidenta de Licadho, la principal organización de derechos humanos de Camboya, que lucha, entre otros, contra el problema de tráfico de mujeres y niños y de violencia doméstica. "Si da positivo, sólo faltaría saber qué ha ocurrido con ella todos estos años. Pero si da negativo, se abrirán nuevas incógnitas: ¿quién es?, ¿de dónde viene? y ¿qué pasará con ella?".

Pero nadie parece tener mucha prisa en comprobarlo. "Cuando se hace una prueba de ADN es porque alguien la reclama", señala el español Rifá. "Y no se puede obligar a nadie a hacérsela porque no ha habido crimen", añade Kek. Sus supuestos padres, aunque no se oponen, tampoco la han solicitado porque para ellos está claro que se trata de su hija P'ngieng. Y las autoridades camboyanas parecen tener otras cosas más importantes de qué ocuparse. "Aunque no sea su verdadera familia, al menos es una familia que la cuida. La situación es la misma que cuando alguien adopta", dice Kek.

Al caer la noche, la familia Sal se recoge bajo la luz de la bombilla alimentada por el generador que han alquilado para que P'ngieng pueda ver la televisión. La chica sigue los movimientos en la pantalla mientras su madre le acaricia la cabeza. Alineados uno junto a otro sobre las esterillas, se disponen a dormir. En el exterior flota el cántico de los monjes del templo budista vecino y bajo la luna vuelan los mitos y las leyendas de la existencia de seres humanos salvajes en las junglas de Ratanakiri.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de febrero de 2007