Columna
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El Belén

Cuando un colegio decide prohibir el Belén o analizar qué villancicos son explícitamente religiosos a fin de retirar aquellos que pudieran ofender a niños de otras religiones o cuando la Iglesia católica protesta y se duele, una vez más, como si estuviera ante el síntoma del derrumbre espiritual de España, siento una pereza enorme. Ni unos ni otros parecen enterarse de algo que es obvio para la mayoría de los ciudadanos, que la Navidad no pertenece sólo a los creyentes; que no es condición obligada que los artesanos de belenes crean en Dios; que no todos los padres que visten a sus niños de pastorcillos son meapilas; que no todos los que celebran la Nochebuena asisten luego a la misa del gallo; que los adultos que llevan a las criaturas a la Cabalgata no parecen estar asistiendo a un acto religioso sino a la representación teatral de una ilusión; que no todos los que les cantamos villancicos a los niños lo hacemos inspirados por Dios sino por la nostalgia; que montamos el Belén para concederle al niño una felicidad antigua, el río de papel de plata, la lucecilla en el castillo, la familia de cerditos; que un Belén no es para un niño lo mismo que un crucifijo o un santo, un Belén es un cuento al que uno puede darle el significado que desee porque pertenece a la cultura popular; que cuando el niño acerca la figura de los Reyes un pasito cada día hacia el portal no lo hace pensando en el Niño Dios sino, lógicamente, en sí mismo, en su carta, en esa vehemente manifestación de deseos; que ni tan siquiera el Corte Inglés, con su tradicional iluminación, está pensando sólo en los creyentes, porque económicamente no sería rentable. Hasta el que abomina de las Navidades procura no quedarse solo en Nochebuena. Para los niños son las fiestas de la presencia familiar, de la bulla, para los adultos la Navidad es esa fecha que se va llenando de ausencias. Y a esto sumémosle las cenas excesivas, las tensiones familiares, los regalos obligatorios y la preocupación por la vuelta a casa de los hijos el día de Nochevieja. Si esto sólo lo sufren los creyentes que venga Dios y lo vea.

Sobre la firma

Elvira Lindo

Es escritora y guionista. Trabajó en RNE toda la década de los 80. Ganó el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil por 'Los Trapos Sucios' y el Biblioteca Breve por 'Una palabra tuya'. Otras novelas suyas son: 'Lo que me queda por vivir' y 'A corazón abierto'. Colabora en EL PAÍS y la Cadena SER. Es presidenta del Patronato de la BNE.

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